MACEO EN LA HABANA.

maceoAutor: Israel Valdés Rodríguez

Antonio Maceo llegó a Cuba el 30 de enero de 1890, con el pretexto de solucionar algunos problemas de carácter familiar y previa autorización del régimen español. No obstante, es conocido que durante su estancia en La Habana y en Santiago de Cuba organizó clandestinamente un plan de alzamiento, que debía realizarse el 8 de septiembre de ese año.

A las once de la mañana del 5 de febrero de 1890 el Titán de Bronce visita por primera vez la capital de su patria; venía a bordo del “Manuelita”, barco de cabotaje que lo trasladó de Santiago de Cuba hasta la bahía habanera.

Sobre sus impresiones del viaje anotó: “De allí nos fuimos al Hotel Inglaterra, lugar que por su situación topográfica, ocupa el centro principal de la población, y principal centro de recreo, desde donde pude observar de cerca y con detenimiento el carácter y las condiciones de nuestros eternos opresores, Vi en ellos representada la altanería más grotesca y chocante; dibujada en todos sus actos y movimientos, la insolencia del bruto con mando. El habanero, por el contrario, es de semblante afable y cariñoso, culto y agradable en su trato, es fino y generoso.” Mas adelante añadía: “Mi llegada a La Habana despertó la curiosidad de todo el mundo y se le dio la importancia de un hecho notable.”

La presencia de Maceo en La Habana tuvo una extraordinaria connotación, por tal motivo el Hotel Inglaterra fue visitado por infinidad de personas, sobre todo la juventud habanera, desde los aristocráticos y burgueses jóvenes de la famosa “Acera del Louvre”, así como patriotas y veteranos de la Guerra Grande, como Julio Sanguily y José María Aguirre; hombres ilustres de letras y ciencias y otros tantos curiosos y apasionados que querían conocer al ejemplar guerrero.

El propio Maceo en sus anotaciones destaca: “Durante mi permanencia en ella (en La Habana) fui objeto de curiosidad pública, recibiendo constantemente las visitas de mis amigos y compañeros de armas y de muchas respetabilísimas personas, que tuvieron la bondad de honrarme con su presencia, proporcionándome el doble placer de conocer sus principios y sus deseos de ver realizado nuestro ideal político.”

Las autoridades coloniales temerosas por las muestras de simpatías a Maceo y recelosas de su labor revolucionaria, le situaron un grupo de vigilancia o chequeo compuesto por dos oficiales y cuatro soldados vestidos de civil, los que ocupaban la habituación contigua a fin de conocer sus movimientos. Esto lo conoció Maceo, por un antiguo oficial español a quien había hecho prisionero en la Guerra de los Diez Años y al cual puso en libertad, acorde con el comportamiento ético habitual en estos casos con los prisioneros de guerra, por parte de nuestro ejército libertador. Dicho español fue hasta la habitación del general Maceo, para revelarle la noticia como muestra de gratitud.

Inmediatamente Maceo se dirigió al Palacio de la Plaza de Armas siendo recibido por el capitán general Felipe Fernández Cavada, al que entre otras cuestiones le expresó: “Que el se había enterado, de manera cierta, que se le vigilaba estrechamente y que hasta el Hotel donde residía se le había montado una guardia.” Ante tales argumentos, al general Fernández Cavada no le quedó otra alternativa que la de suprimir el chequeo montado en el hotel.

Durante su estancia en La Habana también fue objeto de numerosas invitaciones a almuerzos en las lujosas residencias de los sectores más progresistas de la burguesía habanera; salía a excursiones y diferentes lugares de las provincias de La Habana y Pinar del Río, siempre bajo el pretexto de fiestas y diversiones, pero el objetivo fundamental fue forjar planes, para el inicio de la insurrección armada.

El 24 de julio de 1890, Maceo toma de nuevo el barco que lo condujera a Santiago de Cuba a reunirse con su esposa. En su diario apunta: “Aprobados mis planes e instrucciones, que dejé a todos mis amigos y compañeros, de ejecutar cuanto ordenara para el pronunciamiento revolucionario, me retiré de aquel pueblo, dejando pocas horas después el Puerto con la alegría y la esperanza que embarga el espíritu de la libertad que domina mis sentimientos y la fe en el triunfo de nuestra causa, entusiasmado con la decisión de aquellos mártires del sacrificio de vivir en Cuba esclava, sin más porvenir y garantía que el ocaso de la fortuna.”

Estamos convencidos de que esos cinco meses y medio de permanencia de Maceo en la capital habanera, donde fue huésped ilustre del Hotel Inglaterra, constituye una hermosa página para la historia de nuestra bella Habana.

El 30 de agosto, las autoridades españolas deciden expulsar a Maceo al tener constancias de sus planes conspirativos en aquel evento histórico conocido como La Paz del Manganeso.

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