Rubén Martínez Villena en la Feria del libro

Tomado del Blog: La pupila insomne

Por Iroel Sanchez.

Panel sobre Rubén Martínez Villena en la Feria del Libro. De izquierda a derecha: Caridad Massón, Iroel Sánchez, Felipe de Jesús Pérez, Cira Romero y Juana Rosales

Panel sobre Rubén Martínez Villena en Encuentro de historiadores de la Feria del libro. De izquierda a derecha: Caridad Massón, Iroel Sánchez, Felipe de Jesús Pérez, Cira Romero y Juana Rosales

Este 15 de febrero el Encuentro de historiadores que sesiona durante la Feria del libro de La Habana estuvo dedicado a indagar en la figura de Rubén Martínez Villena. Allí estuve como panelista junto a Felipe Pérez Cruz, presidente de la Unión de Historiadores en La Habana, las doctoras Caridad Massón Sena y Juana Rosales García, y Cira Romero, investigadora titular del Instituto de Literatura y Lingüística.

Solicité a Cira el excelente y abarcador texto que presentó sobre la obra literaria de Rubén para publicarlo en La pupila insomne.

Rubén Martínez Villena: Hombre-poeta

1934-2014 Octogésimo aniversario de su muerte

Cira Romero
De espaldas a la opinión vulgar; mirando más allá de los límites corrientes, resuelto el gesto y firme; la barba hacia adelante, cortando como quilla que taja el mar encrespado o plomizo, todo nervio y espíritu, como lo sorprendió el lápiz genial de Blanco, aparece ante sus amigos, cada vez más numerosos y decididos,  Rubén Martínez Villena, hombre-poeta. Un visitante extranjero, inspirado de sutil perspicacia, lo situó hace tiempo al frente de la juventud pensante de Cuba. E hizo bien. R. M. V. es el único a quien casi no se discute en nuestro mundillo literario. 
José Antonio Fernández de Castro.  Barraca de feria  (1933)                                                     

De “caso en verdad excepcional” juzgó Roberto Fernández Retamar la obra literaria y la actuación pública de Martínez Villena. Cintio Vitier afirmaba en 1952 que en su creación “encontramos versos de una agudeza lírica y metafísica tan actual en su sensación tensa de imposible como el hermoso soneto ‘Insuficiencia de la escala y el iris’, pero también las ardientes, directas, henchidas estrofas de ‘El gigante”, hermanas legítimas, por la inflexión y el fuego, de los Versos libres de José Martí”. Y en 1958, en Lo cubano en la poesía, remataba su apreciación anterior: “Hermoso y fúlgido joven, de arrebatado destino, a quien siempre recordamos con cariño y respeto”.

Por su parte Virgilio Piñera afirmaba en 1961 que su cuento “El automóvil” “se enlaza con grandes narraciones como El Supermacho (Jarry), El Heresiarca y Cía. (Apollinare), con Alphonse Allais, con Xavier Forneret y también con Villiers d’ Isle Adam, y, por qué no, con Poe”. Esta narración tiene la garra necesaria para, de inmediato, captar la atención del lector, lo cual constituye, precisamente, una de las cualidades imprescindibles de este género. Dice Martínez Villena en las primeras líneas:

Tengo un amigo farmacéutico en un pueblo próximo a La  Habana; a pesar de esto, la pasividad de su vida y el vértigo de la mía nos impide visitarnos y, aunque de tarde en tarde nos escribimos, son casi siempre cartas que necesitan franqueo extraordinario. Por mediación suya conocí a Arturo Vanderbaecker, el hombre cuyo recuerdo me hace escribir estas líneas.

El  consenso crítico prevaleciente sobre su obra, al que pueden sumarse además las opiniones afirmativas de Nicolás Guillén, Juan Marinello, José Antonio Portuondo, Ángel Augier y Pablo Armando Fernández, entre otros, subraya, si acaso fuera necesario reiterarlo, la valía literaria de quien advirtió en su “Mensaje lírico civil”: “nuestra Cuba, bien sabes cuán propicia a la caza / de naciones, y cómo soporta la amenaza / permanente del Norte que su ambición incuba:/ la Florida es un índice que señala hacia Cuba. / Tenemos el destino en nuestras propias manos/ y es lo triste que somos nosotros, los cubanos, / quienes conseguimos la probable desgracia, / adulterando, infames, la noble Democracia, / viviendo entre inquietudes de Caribdis y Scila, / e ignorando el peligro del Norte que vigila”.

La trayectoria lírica de Rubén Martínez Villena, donde figuran textos poéticos capitales, además del citado, como “Insuficiencia de la escala y el iris” y “Defensa del miocardio inocente”, no tuvo culminación en libro alguno sino hasta dos años después de su muerte, en 1936, cuando, gracias a la iniciativa de Raúl Roa, se reunieron bajo el título de La pupila insomne,   tomado de uno de sus poemas  del año 1923:

Tengo el impulso torvo y el anhelo sagrado
De atisbar en la vida mis ensueños de muerto.
¡Oh, la pupila insomne y el párpado cerrado!
(¡Ya dormiré mañana con el párpado abierto!).

En el poeta Martínez Villena coincidieron varias fuentes de influencia, tales el modernismo y el romanticismo del mejor gusto, este último “despojado de tono menor”, como ha apuntado Virgilio López Lemus; y, más adelante en el tiempo, la influencia del arte de vanguardia, en un intento por romper con las estéticas precedentes, verificable en su mencionado poema “Insuficiencia de la escala….”, donde escribió:

La luz es música en la garganta de la alondra;
mas tu voz ha de hacerse de la misma tiniebla;
el sabio ruiseñor descompone la sombra
y la traduce al iris sonoro de su endecha.

El espectro visible tiene siete colores,
la escala natural tiene siete sonidos:
puedes trenzarlos todos en diversas canciones
que tu mayor dolor quedará sin ser dicho.

Dominando la escala, dominador del iris,
callarás en tinieblas la canción imposible.
Ha de ser negra y muda. Que a tu verso le falta

para expresar la clave de tu angustia secreta,
una nota, inaudible, de otra octava más alta,
un color, de la oscura región ultravioleta.

Asimismo, en el plano temático prevalecieron aquellos temas  relacionados con la frustración y el desencanto, como se aprecia en “Peña arriba”, décima perteneciente a sus años de formación lírica, poseído de una amargura y tristeza incomparables:

La luz es música en la garganta de la alondra;
mas tu voz ha de hacerse de la misma tiniebla;
el sabio ruiseñor descompone la sombra
y la traduce al iris sonoro de su endecha.

El espectro visible tiene siete colores,
la escala natural tiene siete sonidos:
puedes trenzarlos todos en diversas canciones
que tu mayor dolor quedará sin ser dicho.

Dominando la escala, dominador del iris,
callarás en tinieblas la canción imposible.
Ha de ser negra y muda. Que a tu verso le falta

para expresar la clave de tu angustia secreta,
una nota, inaudible, de otra octava más alta,
un color, de la oscura región ultravioleta.

Una postura también cercana al vanguardismo, cediendo ya a la influencia modernista, aparece en composiciones como “Presagio de la burla final”, “Homenaje al monosílabo ilustre” y su muy difundida “Canción del sainete póstumo”, donde se posesionó de estrofas  donde el tono de prosa aparece en esquivo desafío a la de carácter modernista:

Yo moriré prosaicamente, de cualquier cosa,
(¿el estómago, el hígado, la garganta, ¡el pulmón!?)
y como buen cadáver descenderé a la fosa
envuelto en un sudario santo de compasión.

El tercer momento de su avance lírico —aproximadamente entre 1928 y 1934—  está marcado por su casi abandono de la poesía,  decisión que abordó, casi a modo de testimonio, en su respuesta a una carta de Jorge Mañach, mediante una rotunda afirmación, por demás muy conocida: “Yo destrozo mis versos, los desprecio, los regalo, los olvido: me interesan tanto como a la mayor parte de nuestros escritores interesa la justicia social”.

Acaso menos conocida es la labor en prosa que desarrolló Martínez Villena,  expresada a través de no muchos ensayos y algunos artículos, entre ellos varios de crítica literaria. Escribió sobre José Enrique Rodó, José Ingenieros, Manuel Sanguily, Fernando Ortiz,  y José Carlos Mariátegui; y en cuanto a la interpretación marxista de los acontecimientos históricos su enunciado más cabal se focaliza en “Cuba, factoría yanqui”, en cuyo “Preámbulo” declara que los artículos que la integran más que culpar a los verdaderos responsables [… ] se dirigen a desenvolver el complejo proceso de nuestra absorción, a señalar sus fases, sus medios de ataque, los sectores que ha ido ocupando, a poner en descubierto, en suma, el juego del imperialismo capitalista contra Cuba.

Su crítica literaria, expresada generalmente en breves textos periodísticos, fue más dada a la impresión que al análisis exhaustivo, en trabajos generalmente dedicados a sus coetáneos: Regino Pedroso, José Zacarías Tallet, Agustín Acosta, Enrique Serpa y Regino E. Boti; aunque también escribió sobre los de mayor edad, como Manuel Sanguily y Fernando Ortiz. En todos dejó como común denominador, según ha hecho notar la crítica, el sabor de la simpatía hacia cada uno de los escogidos. Para mí, que pude conocer a Regino Pedroso, la “Semblanza crítica”  que le dedica, a propósito de la aparición de su poema vanguardista “Salutación fraterna al taller mecánico”, me trae de nuevo la presencia de este hombre sencillo, del cual emanaba  una falsa apariencia de timorato. Dice Villena:

Quien observa al hombre atildado, pulcro, elegante, con la mirada, de asiática profundidad, atrincherada en los cristales, no supone fácilmente —bajo el indumento del dandy — la musculatura del obrero explotado en el tremendo trabajo sobre el hierro. Quien viera al trabajador en el taller resonante, doblado, sudoroso e imperativo sobre el recio material resistente, idéntico a tantos otros compañeros de labor, no sospecharía de fijo, bajo su traza noble y ruda, la maligna y sutil fiebre de belleza que enciende al artista.

En su aproximación advierte en Regino Pedroso al

artista de florentino refinamiento, narrador de bellas fantasías y amante como un primitivo de los símbolos, las supersticiones y las gemas [que] entrega hoy a su instrumento, ya sin secretos para el panida, su angustia de hombre de la época, el ritmo de su trabajo de herrero y la sorda cólera y vidente esperanza de su clase, hasta la cual llega hoy el llamado de la fatalidad histórica.

El artículo “Apunte sobre el ritmo poético”, dedicado a comentar Tres temas sobre la nueva poesía, de Regino E. Boti, aporta importantes elementos de valor teórico relacionados con el entonces debatido tema de la “liberación del verso”, lograda por el guantanamero al despojarse de metros y rima y reduciendo el ritmo, con lo cual el autor de Arabescos mentales llegó a la conclusión, según Villena, de que “la prosa también tiene ritmo. Ella está integrada por palabras, tal como el verso: por asociaciones o series de palabras con su propio valor rítmico, modificado, asimismo, por la acentuación y algún otro factor también común a la poesía…”. Análisis riguroso en defensa del metrolibrismo, no aposta Martínez Villena, sin embargo, por “la arritmia poética o la poesía arrítmica. Despojar al verso del ritmo poético  no es liberarlo de nada, sino suprimirlo en sí, al suprimir su específica condición, su esencial carácter”.

Su crónica “La lluvia en las calles”, recogida por Roberto Fernández Retamar en la en 1972 en la Colección Órbita de la UNEAC es, como el propio Martínez Villena  denominó a estos escritos suyos, una “crónica benigna”. Es expresión y sabor de La Habana que tan bien conocía y recorría, solo o en compañía de sus inseparables amigos, con muchos de los cuales integró el Grupo Minorista: Enrique Serpa, Regino Pedroso, Tallet, entre otros. Aunque es una crónica breve, no puedo reproducirla enteramente, pero, al menos, comparto con ustedes sus dos primeros párrafos, donde se puede apreciar su voluntad descriptiva:

Estos días se arrastran sobre la capital, lentos, monótonos, húmedos. El leve y continuo castigo de las nubes pasa sobre los edificios, sobre los transeúntes, sobre las almas. Nada más desolador que este espectáculo de penumbra, de llanto inacabable, de angustiosa inminencia.

Allá, el mar del sur, las corrientes aéreas se solicitan, se agrupan, se concentran. Los vientos tienen conciliábulos de conjura. Y luego, el ciclón embrionario, se desorganiza, se desintegra, lanza un heraldo satélite y lo recoge luego, mientras las veletas indecisas piden instrucciones a los Observatorios para saber adónde apuntar y la columna mercurial de los barómetros se encoge atemorizada ante las miradas de inspección. Así mientras el huracán se entretiene en jugar al escondite, amagando su temible ataque, las calles de la capital, bajo la lluvia persistente, se alfombran de lodo suave y simbólico.

Hombre de firme ideario político y estético, su vida, tronchada por la tuberculosis hace ahora ochenta años, amén de quedar como ejemplo, permanece también como reclamo, porque hundido en la esencia misma del pueblo, es figura esencial de nuestra historia, una clave más en el transcurrir del tiempo revolucionario que se inició en octubre de 1868. Leer su obra y repasar su vida, “en donde se adivinan angustias y querellas”, para decirlo con verso de su “Sinfonía urbana”, representa buscar y encontrar en ambas la aspiración máxima de un ideario que defendió con su propia vida y a la muerte se entregó convencido de que

Hace falta una carga para matar bribones,
para acabar la obra de las revoluciones.

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