Noticia del año: jefe de espionaje austro-húngaro era agente ruso

Centenario del inicio de la Primera Guerra Mundial

Por Jorge Wejebe Cobo*

Alfred El Coronel Redl fue un exitoso jefe del contraespionaje del imperio Austro Húngaro previo a la I Guerra Mundial, quien acostumbraba a revisar los expedientes de las investigaciones llevadas contra los espías capturados de Rusia, Francia o Inglaterra e, invariablemente, escribía al margen de los legajos recomendaciones que solo diferían en la forma del suplicio, la horca o el fusilamiento.

Introdujo en el servicio de seguridad a su responsabilidad en Praga, entonces bajo el imperio, novedosos métodos de organización y análisis de las informaciones y logró la autorización para la intercepción de la correspondencia  de los vigilados.

También creó una unidad de investigación criminalística, pero al parecer olvidó incluir dentro del equipo oficial, un cerrajero, lo que años después tendría un desenlace fatal para el honor y prestigio del ejército austrohúngaro y su servicio secreto.

Se sentía en la cúspide de su carrera, iniciada en una escuela de cadetes en la ciudad de Brno, antigua Checoslovaquia, donde impulsado por la ambición por librarse de una vida mediocre de oficial de línea, como su padre y hermanos, logró escalar en la jerarquía, por su dedicación y disciplina hasta ser destacado en la seguridad encargada de la vigilancia de las líneas de ferrocarril de uso militar y posteriormente promovido a jefe de la contrainteligencia militar de la región de Praga.

En aquellos años de inicio de siglo disfrutaba la vida a plenitud a sus 40 años. Visitaba por razones de trabajo la ciudad de San Sebastián, en España, y fue huésped de los más lujosos hoteles de moda, cuyas habitaciones estaban decoradas con cortinas de hilos de oro y baños con grifos de plata donde debió sentirse inmune a los mismos métodos que aplicaba sin remordimientos a sus víctimas.

 

San Sebastián, capital del espionaje

A San Sebastián, muy cercana de la frontera francesa, acudían los adinerados, la realeza y políticos importantes del viejo continente para dedicarse a actividades y placeres más inconfesables dentro del desenfrenado glamour de los años locos previos a la guerra de 1914.

En sus excesos muchos caían bajo la vigilancia de los servicios de inteligencia de las grandes potencias que según sus intereses, compraban o vendían las miserias humanas de amigos y enemigos de acuerdo con el implacable mercado de la venta del silencio a cambio de información y la traición a sus países, algo que poco ha cambiado hasta la actualidad.

Pero el infortunio de Redl comenzó a tramarse muy lejos, en el Kremlin de Moscú en una oficina de paredes contrachapadas de roble oscuro que contrastaban con un cuadro del Zar Nicolás II en traje de gala. Ante tal obra acostumbraba el coronel  Nikolai Stepanovitch  recrearse en los tonos de la pintura, mientras meditaba cómo perfeccionar el trabajo de inteligencia que dirigía contra el imperio Austro Húngaro, seguro adversario en la guerra que se avecinaba. Por tal motivo concibió enviar a Viena, capital austriaca, a su mejor espía bajo el seudónimo de Pratt con fachada de supuesto turista, algo poco usual para la época.

La misión del oficial ruso era diferente. No tendría que obtener directamente ninguna información comprándola, ni adquirirla directamente como era habitual y generalmente llevaba a los agentes al fracaso y la muerte.

Pratt debía explorar pacientemente en los lugares de la vida nocturna donde se entretenían los militares, conocer debilidades y características personales de los oficiales de la llamada Oficina de Evidencias del contraespionaje austro húngaro.

Entonces logró orientarse entre un extenso enredo de chismes, mentiras e informaciones incompletas obtenida de borrachos, prostitutas y empleados de baja monta de hoteles y casinos en Viena y Praga que fue depurando e integrando con profesionalidad, hasta llegar a una revelación que sobrepasó todas las expectativas de su misión e hizo historia en el siglo XX.

Comprobó que el entonces capitán Redl mantenía una relación homosexual con un joven oficial de caballería, lo que de acuerdo con los rígidos patrones morales de la sociedad austriaca y de su ejército significaba el fin de la carrera y hasta penas de cárcel y arrastrar por el resto de la vida una existencia sórdida y repudiada por la hipócrita sociedad de la época. Eso era mucho más de lo que el compromiso patriótico del joven capitán podía resistir.

El espía ruso no perdió tiempo y le escribió una carta donde le decía:

“Debo reunirme con usted para hablar acerca de un cierto teniente segunda XXX del 3er Regimiento de Dragones. Si ud. no se presenta, o me tiende una trampa, el Jefe de Estado Mayor recibirá mañana mismo un informe sobre sus relaciones con el teniente segundo XXX.”

Redl aceptó la exigencia, pero el servicio ruso fue atinado y no apretó demasiado el dogal del chantaje y recompensó ampliamente en dinero al nuevo agente, quien poco a poco se convirtió en un cliente bien pagado del Zar que desfalcó de secretos a un imperio para mantener un nivel de vida de excesos y lujos. Se le podía ver por Viena o Praga en algunos de sus dos automóviles acompañados de jóvenes amigos íntimos, algunos de los cuales también colaboraban con los rusos

En su propia trampa

El coronel Redl reveló los nombres de los oficiales rusos que eran espías de Austria y Hungría e inclusive envió personalmente agentes a Rusia para luego venderlos al contraespionaje ruso y las autoridades zaristas los enviaron al patíbulo. También informó de los planes de movilización, despliegue y ataque del ejército austro-húngaro contra ese país, planos de fortalezas y toda información que caía en sus manos, y en su afán de lucro y dinero pudo entregar información a los servicios ingleses y franceses. El dinero era enviado al colaborador por el correo ordinario y al parecer éste se distrajo en su vida muelle y olvidó que el propio sistema diseñado por él seguía funcionando y no tardó en interesar a la policía las gruesas sumas que eran enviadas por cartas.

Lo demás fue fácil. Los oficiales determinaron que era Redl el destinatario del dinero y cuatro altos oficiales lo visitaron en la noche del sábado 24 de mayo de 1913 en el hotel en Viena donde se hospedaba y le hicieron una propuesta que asombra por su hipocresía. Le dieron un arma para que se suicidara, tendría un funeral con banda de música y honores y su muerte se justificaría por estado de enajenación mental   debido a su agotadora labor.

De esta forma supuestamente se esperaba evitar el escándalo y preservar el prestigio del ejército. Pero también detrás del apresuramiento por liquidar al espía, sin un proceso de interrogatorio y una minuciosa investigación sobre sus actividades, para determinar posibles cómplices, todavía se especula sobre la existencia de otros espías al servicio de Rusia en los altos mandos del ejército imperial que estaban muy interesados en librarse de tan peligroso testigo. El coronel Reld se pegó un tiro como se le exigió.

Todo ocurrió como se había previsto y se comenzó a preparar un entierro de honor para el oficial. Pero un detalle salió de control. Era necesario abrir varias cerraduras en el apartamento de Reld y se tuvo que acudir apresuradamente a un cerrajero que cumplió con efectividad su tarea, pero conoció demasiado y no tardó en comentar lo que vio a la prensa, lo cual fue suficiente para que la verdad se publicara en Berlín por un corresponsal alemán radicado en Viena. Fue la noticia del año: el jefe de espionaje de Austria-Hungría, era agente ruso.

El coronel Reld no tuvo honores de ningún tipo y fue sepultado en una sencilla tumba y solo asistieron al sepelio familiares y algunos curiosos.

Un año después, el 28 de mayo de 1914 se desencadenaría la Primera Guerra Mundial, iniciada por el impero Austro Húngaro al atacar a Serbia, en respuesta al asesinato del archiduque de Austria y su esposa por nacionalistas serbios.

Increíblemente nada se cambió, teniendo en cuenta la traición del alto jefe y las fuerzas armadas de Austria-Hungría se ciñeron a los planes de operaciones informados por Reld a los rusos, los que desde hacía meses habían sido traducidos a su idioma y enviados a los estados mayores del ejército, en espera del ataque por lo cual los atacantes tuvieron aseguradas las primeras derrotas de la contienda y, a su vez, toda la desinformación sobre el poder del ejército ruso y sus aliados de Serbia aportados por el espía, llevaron a errores de cálculo estratégicos   a los jefes militares y políticos del Imperio austro-húngaro.

Según valoraciones de la época, las informaciones aportadas por Reld al espionaje zarista le costarían medio millón de muertos a su patria. No obstante, ambos imperios no sobrevivirían a la guerra. En 1917, la revolución bolchevique destronaría al zar y abriría paso a un tratado de paz con Alemania, la otra aliada de Austria-Hungría, y ese propio imperio también se desintegraría en esos dos países independientes y en las naciones de Checoslovaquia y Yugoslavia.

Fuente Cuba es Surtidor.

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