La necesidad de Martí. #Cuba

Por: El Manigüero Cubano*

Cada enero evoca el nacimiento en esta bella isla del cubano más universal, el que más hondo llevó las raíces de la patria y las multiplicó y diseminó hacia toda latitud, con sensibilidad y compromiso únicos hacia cada ser humano conocido y por conocer. Portador de un pensamiento y visión del mundo que sustentaron una labor política de altos quilates; por la agudeza de ver en lo oculto las esencias, de desentrañar las ambiciones y peligros sobre Cuba, América y el Mundo en los convites más sinuosos.

El forzoso peregrinaje por otras tierras, lejos de aquietar su rebeldía la avivó, y en cada una dejó su impronta de hombre bueno. Su vida siempre estuvo al servicio de los demás, en lo que advirtió la razón de su paz verdadera. Todas sus definiciones emergieron de una vida azarosa y triste, en gran parte alejada de lo que más quiso: la patria, sus familiares y en especial, su hijo. Quien ofrendó amor en todo lo que hizo llevaba en el cuerpo y en el alma dolores inmensos; y nunca logró odiar, ni maldecir siquiera al enemigo más enconado capaz de la más “refinada crueldad”, como dijera.

Creyó firmemente en “la noción del bien”, “la utilidad de la virtud”, en “el mejoramiento humano”; y personificó y desarrolló de tal modo estos preceptos que en su magisterio dotó para siempre a los revolucionarios de un arma política esencial para defender la causa revolucionaria y a su vez antídoto contra cualquier atisbo de vanidad, egoísmo o ambición personales; la ética martiana.

Como les he confesado a varios compañeros en estos días, me he convencido de la necesidad de estudiar la vida y la obra de este hombre y renunciar a verlo a través de frases y visiones estereotipadas que poco aportan. Apenas si empiezo y ya descubro cosas interesantes.

Sus primeras cartas de adolescente, de temprana juventud; cómo lo marcó para siempre las tensas relaciones con su padre, al que comprendió y quiso en grado sumo; la cercanía a su maestro Mendive a quien dedicó amor de hijo y definitivamente ensalzó sus primeras nociones de patriotismo. Avizoró que su vida sería corta. Conmueve su experiencia en las canteras de San Lázaro donde pretendieron acallar sus ideas al asumir la autoría de una carta que calificaba como apóstata a un estudiante que renegó de su deber como cubano en favor de la independencia para afiliarse a la sumisa condición de “voluntario” de España.

El texto donde dejó el testimonio del Presidio Político en Cuba, con solo 17 años y en el destierro merece ser estudiado por todos nuestros jóvenes. El calvario en que se veían convertidas las vidas de cubanos condenados por sus “ideas políticas”, en no pocos casos presuntas, ilustra para todos los tiempos el oscuro panorama en cuyo desmedro desde 1868 ya se luchaba en los campos insurrectos por la verdadera independencia. No muy lejana era la suerte de los compatriotas que en aparente libertad no sufrían tal reclusión.

Solo 17 años; él mismo relató cuánto pensaba mientras expiaba el injusto encarcelamiento, en lo que estaría haciendo en esos momentos fuera de aquel horrendo lugar. Recurrentemente pensaba en que días antes, meses antes del brutal encierro disfrutaba del regazo materno; pensaba en las lágrimas del padre severo al visitarlo en aquel infierno, en sus palabras más sombrío que el descrito por Dante; y su esfuerzo por disimular ante ese padre los dolores de las llagas producidas por los grilletes y los palos para no causarle más desventura.

Más allá de él mismo, de su persona, le provocaban pena y dolor aún más insondables los padecimientos de sus compañeros y amigos de presidio: Nicolás del Castillo “una cabeza vestida de nieve”, un anciano de más de 70 años, del que se decía era mambí y fue hecho prisionero, haciéndole pagar con saña su vocación insurrecta; Lino Figueredo “lágrima encarnada del infierno”, un niño de 12 años sentenciado a presidio por sospechas de infidencia, apaleado a diario; Juan de Dios “ancha boca negra”, un “negro de nación” – se decía así de los negros nacidos en África y traídos por la trata esclava a nuestro país- de más de 100 años, que sufría incapacidad mental y también inmoral presidio; “el negrito Tomás”, un niño de 11 años; Ramón Rodríguez Álvarez, niño de 14 años múltiples veces golpeado y vejado con palos; “Delgado”, joven de 20 años que intentó suicidarse el primer día en presidio. Todos ellos evidencias fehacientes de la “refinada crueldad” de la culta, elevada, justa y magnánima España. Tales vivencias motivaron su denuncia a la inhumanidad de sus captores y la colonización de España en Cuba, fueron acicate para la lucha revolucionaria, fuego que alimentó su vocación de echar la suerte al lado de los pobres, como demostró hasta el último hálito de vida.

En la noche de ayer, una muchedumbre de jóvenes de la Cuba revolucionaria de hoy lo homenajearon con antorchas rebeldes hasta precisamente la Fragua Martiana, porción de lo que antaño fueran las Canteras de San Lázaro, donde ese joven sufrió presidio político y consolidó sus ideas de Revolución. Con solo 17 años ya penaba por soñar libre a su patria, sufría no ser comprendido por el padre y ocasionarle a este por las ideas que decidió defender, conflictos dado su origen español; no ver a la madre, a las hermanas, al maestro también exiliado.

De ese hombre nació definitivamente la patria nueva. Entrado el siglo XX, en su primera mitad, hombres dignos como Juan Gualberto Gómez, Rubén Martínez Villena, Julio Antonio Mella, Antonio Guiteras Holmes, Pablo de la Torriente Brau, Jesús Menéndez y otros tantos conocidos y anónimos mantuvieron la lucha que él desarrolló, sin dejarlo morir.

Con los jóvenes que por primera vez iluminaron desde la escalinata de la Universidad de la Habana una marcha de antorchas para recordar el centenario de su nacimiento, se iluminaban también las ansias de independencia del sufrido pueblo cubano, tomaban fuerza decisiva sus ideas. Era la generación del centenario, joven y briosa, dirigida por Fidel, el más fiel hijo de Martí. Con su obra, que es la de la Revolución, todos los cubanos hemos recibido e incorporado el ideario martiano. Todo cuanto ha hecho la Revolución es seguir la ruta por él hilvanada. Ello es componente medular de nuestra esencia, lo que nos ha permitido ser el pueblo que somos.

La Cuba de hoy, más nuestra que nunca, más plena, más viva nos llama a combatir, a no cejar, a no confiar en el imperio. Cada vez que los jóvenes recorren la ruta de la Universidad a la Fragua Martiana no deben olvidar que al hacerlo despiertan a ese joven, a ese hombre universal. Pero la Revolución nos pide algo más para contribuir a que sigan vivas sus ideas: estudiarlas, incorporarlas en la conducta propia, visualizarlo en los murales y en el corazón, no permitir que sea reducido a frases, algunas de las cuales, a veces, ni interpretamos ni sabemos el contexto que les dio origen; verlo en los “Versos Sencillos”, en la “Edad de Oro”, en su carta inconclusa pero también en todo lo demás que escribió y dijo, para no acudir a los mismos argumentos manidos de siempre al mencionarlo; buscar las esencias de este hombre, al ser humano con angustias, penas, dolores, aflicciones pero con una preclaridad, sensibilidad, humanismo, patriotismo, antimperialismo, sencillez y amor colosales hacia el género humano.

Martí es y será cada día más necesario para todos los cubanos dignos. Para que la patria hoy se salve, para que se reparta su legado en el imaginario colectivo, todos los que la queremos debemos hacerle un lugar en nuestros actos diarios a la obra humana y revolucionaria del más grande hombre que ha dado esta tierra, sin fanfarria, sencillamente, sin odios pero con firmeza.

*colaborador de Cuba por Siempre

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