Merecido premio a “Nadie puede ser indiferente. Miradas a las guerras (1868-1898). #Cuba

Por: Dr. Roberto Pérez Rivero*.

Del 12 al 22 de febrero de 2015, se desarrolló en la Fortaleza San Carlos de de La Cabaña, la XXIV Feria Internacional del Libro de La Habana. En esta fiesta de la lectura y la cultura en general, se han presentado no pocos libros dedicados a temas históricos, dos de los cuales tuve el placer de presentar: El otro Escambray, de Nicolás Chaos Piedra, y Pancho general de las montañas, de Martha Reyes Noa.

Deseo compartir con los lectores las palabras que expresé al público asistente en estas dos oportunidades; pero, antes pondré a consideración de ustedes una presentación que hice en la edición de la Feria del pasado año. Se trata del libro Nadie puede ser indiferente. Miradas a las guerras (1868-1898), de la camagüeyana Elda Cento Gómez, ¿Por qué?; es que esta obra recibe en la Feria de 2015, el Premio de la Crítica Histórica Ramiro Guerra que otorga la Unión de Historiadores de Cuba (Unhic), al mejor libro de historia publicado por una editorial nacional el año anterior.

En artículos subsiguientes, comentaré sobre El otro Escambray y Pancho general de las montañas

Presentar Nadie puede ser indiferente. Miradas a las guerras (1868-1898), fue un privilegio.

Todavía está latente el jubileo de los camagüeyanos y de todos los cubanos por los 500 años de la Villa de Santa María del Puerto del Príncipe; y aún se sigue comentando entre los historiadores el protagonismo y el impacto que causó en la Mesa Redonda dedicada a tal celebración la presencia e intervenciones de la autora de este libro, la querida Elda Cento Gómez.

Quien para mi parecer es una lúcida y culta figura de nuestra comunidad de historiadores, y no son alabanzas formales dedicadas a una entrañable amiga. Es una modesta apreciación de quien en no pocos años ha podido valorar y disfrutar de sus vastos conocimientos sobre la historia de Cuba, los cuales con naturalidad, rigor científico y armonioso discurso expone.

La obra de esta historiadora está señaladamente enriquecida por su cultura, sus conocimientos de la música, su pasión por las artes plásticas o por su elegante y perspicaz lenguaje.

Varios colegas y amigos me han comentado, y coincido con ellos, que Elda está en plena madurez y desarrollo intelectual. El rigor y alcance de su ya importante obra es notable. Antes de este libro ya ha publicado varios y hace más de diez años creó y mantiene con éxito los reconocidos Cuadernos de historia principeña. La crítica especializada ha valorado la calidad de sus resultados científicos, muestra de ello son el Premio de la Crítica Histórica Ramiro Guerra y la Mención en el Premio de la Crítica Científico Técnica recibidos en el año 2010, por la obra Salvador Cisneros Betancourt. Entre la controversia y la Fe.[1]

Y para ser consecuente con la integralidad y multilateralidad de los estudios que ella desarrolla, debo añadir que si tenemos en cuenta que esta bella mujer, que también los es, realiza importantes aportes a la historiografía cubana sin abandonar su entrega como madre y abuela, e incluso dedicada con pasión y compromiso al trabajo de dirección de la Unión de Historiadores de Cuba, concluimos que su obra y personalidad se hacen más admirables.

Bueno, el libro… Un breve, pero certero análisis historiográfico nos abre las puertas a un resultado celosamente cultivado durante muchos años, cuya publicación no promovió hasta que no alcanzara todas las excelencias: la histórica, la científica y la literaria. Como ella apunta, algunas rutas preliminares del libro fueron recorridas en los Cuadernos de historia principeña. Las transitó sabiendo hasta dónde debía llegar una vez agotado todo el trabajo con las fuentes documentales, que aunque con abundante, rigurosa y oportuna presencia en el texto, solo pudieron ser descubiertas por el olfato y la maestría de una excelente investigadora.

“La guerra -fenómeno histórico social- tiene muchos rostros. Siempre me han llamado la atención (apunta Elda) las imágenes de los cuatro jinetes del Apocalipsis, en especial porque pienso que, aunque cada uno tiene su senda particular, el caballo rojo –la guerra- en determinadas coyunturas cobija bajo sus cascos los restantes males. A veces velados por clamores épicos del campo de batalla se encuentran un sinnúmero de infortunios: la muerte, el hambre, las enfermedades, el dolor, el miedo…”

Con ese acercamiento tan singular a la guerra y que desde el mismo comienzo del libro nos anuncia cuan atrayente será la lectura de toda la obra, se inicia el primer capítulo “…no dejan perro ni gato que no prenden” en el cual analiza una de las expresiones más estremecedoras de la violencia, la represión.

Las intimidaciones personales, las presiones psicológicas, las limitaciones, prohibiciones, censuras y otras vertientes de la represión que enrarecieron la vida de los cubanos y sobre todo de los principeños durante la Guerra Grande y la Guerra de 1895, son suspicazmente examinadas por la autora. Los ejemplos que ofrece son muy elocuentes como lo fue la ocupación de los templos religiosos por las tropas colonialistas con fines militares; el irrespeto de registrar a la entrada del cementerio de la ciudad los ataúdes, sin consideración al dolor de las personas que acompañaban los cadáveres de sus seres queridos; la censura contra la prensa, las instituciones culturales y sociales; o las numerosas ejecuciones y fusilamientos.

Desde que leí borradores de estas páginas entendí el horizonte que Elda nos está mostrando a los historiadores que nos ocupamos de la Historia Militar. Tuve la satisfacción de presentar en esta misma Feria un libro en coautoría con el colega y amigo José Abreu Cardet. Elda y él han influido en mí para comprender y apreciar la necesidad de ampliar el alcance de los estudios de Historia Militar más allá de la construcción de los cuerpos armados, su técnica y armamento, o los métodos y las formas de conducir el combate.

Aunque estos estudios específicos son igualmente importantes por las singularidades de ese complejo y extremo fenómeno social que es la guerra, ambos han demostrado con sus estudios que la comprensión de los hechos bélicos en Cuba estaría incompleta sin apreciar en toda su magnitud la interrelación guerra-entramado social.

En el caso del libro que Abreu Cardet y yo presentamos, hacemos énfasis en el impacto que causa el entramado social en la conducción de la lucha armada; pero, en Nadie puede ser indiferente… Elda aborda la relación en la otra dirección, el impacto que la guerra causa en la población civil, sobre todo en el ambiente urbano. Así, narra por ejemplo, en el capítulo “Cuando la guerra llegó a las cacerolas” cuál fue uno de los principales rostros del conflicto bélico: Las afectaciones a la alimentación, la falta de agua, los desabastecimientos y el alza desproporcionada de los precios de los alimentos.

En “¿Reconcentrados en Puerto Príncipe?” Elda se pregunta y responde si tuvo la reconcentración en el Camagüey la misma efectividad que en otras zonas de la Isla para lo cual considera factores como la influencia de la economía, la baja densidad poblacional o las razones propiamente militares.

“Por los senderos del amor: mujer y familia”, es uno de los capítulos en el que la investigadora se formula y dilucida más interrogantes. Su propósito es muy evidente: Establecer el papel de la familia y sobre todo de las mujeres en el proceso insurreccional que condujo a la independencia de España.

Las mismas mujeres camagüeyanas de aquel momento histórico con sus leyendas, sus recuerdos o sus cartas ofrecen a Elda la información sobre sus terribles padecimientos; pero también, acerca de los inmensos servicios que prestaron a la patria. Ellas no solo cuidaron heridos y enfermos, trabajaron en el campo, y obtuvieron información sobre el enemigo; también pelaron con el machete en la mano.

“Todos los habitantes de la República son enteramente libres”, es la parte de la obra en que se trata la relación entre la guerra y la principal contradicción social de la Cuba colonial. La visión general que la autora nos ofrece sobre la esclavitud en Cuba, y particularmente en el marco de la guerra; evidencia que ella también debe ser incluida en la lista que nos propone de aquellos historiadores cubanos que incorporan visones renovadoras acerca de este importante y actual tema.

“El Gran Ciudadano”, es el capítulo que se dedica a evaluar la impronta de aquel patriota que fue el único que participó en todas las asambleas constituyentes mambisas celebradas en el Camagüey, y después también en la de 1901: Salvador Cisneros Betancourt. A partir de la valoración que hace del desempeño y el pensamiento de quien siempre estuvo al servicio de Cuba, examina con mucho tino las contradicciones entre el civilismo y el militarismo en las fuerzas de la Revolución.

Y, finalmente, desarrolla un último segmento dedicado a abordar el bando hispano, casi nunca adecuadamente descrito y valorado. Sin embargo, Elda en su libro nos revela el complicado drama social que afectó severamente a los sectores más pobres de la sociedad hispana en general, y en Cuba a la soldadesca fundamentalmente.

Motivos personales la compulsaron a escribir este capítulo “Hijo quinto y sorteado, hijo muerto y no enterrado”. Su segundo abuelo, Leopoldo Cento Esperanza, fue uno de los militares españoles que prestó servicios en la Isla de Cuba. Por cierto, el otro abuelo, el Gómez, fue mambí.

Antes de presentar el libro en la Fortaleza de la Cabaña, conversé con nuestra común amiga la doctora Mildred de la Torre, y ella jocosamente me expresó: “yo voy a ver lo que vas a decir sobre el libro de Elda”. A la propia Elda le comunicó que se lo había leído de un tirón. Sobre este texto digo, lo que la misma Mildred me afirmó: ¡Este es un libro fabuloso!

A esa conclusión llegará todo el que lo lea, sea un avezado investigador o simplemente un amante de la buena lectura.

Reitero, en este libro, Elda Cento demuestra fehacientemente que frente a la guerra no existe la posibilidad de ser indiferente, ni material, ni éticamente como ella sentenció.

Nos indica que la guerra no tiene rostros ocultos, sino poco conocidos u olvidados por quienes la estudiamos.

Por ello, opino que su estudio no solo es un aporte a la historiografía cubana, lo considero igualmente útil para la Ciencia Militar, para otras Ciencias Sociales, la política y la cultura en general.

En nuestra doctrina militar no solo está concebida la organización de la lucha armada en cada zona de defensa, en cada consejo de defensa municipal y provincial; del mismo modo, se prevé la organización de la economía, el orden público y la actividad social. Esas concepciones deben ser nutridas por las experiencias de los 30 años de lucha que Elda evalúa en su libro. Los caminos de la supervivencia y la resistencia en el día a día ya han sido transitados por el pueblo cubano. Sobre este asunto ella nos da una magistral lección.

Los cubanos de hoy, aunque no como resultado de los bombardeos y los asaltos armados, también vivimos dramáticos y drásticos años de resistencia y supervivencia durante el Período Especial en Tiempo de Paz.

La ironía uno de los agudos cronistas de la vida principeña durante la guerra de 1895, que la autora utiliza para ilustrar sus juicios, me hizo rememorar lo vivido por nosotros durante la década del 90 del pasado siglo. Si el Gacetillero, como se hacía llamar ese columnista, para referirse con singular sentido del humor a la creciente ausencia en la mesa diaria de los camagüeyanos de la carne de cerdo, publicó para sus lectores una supuesta receta maestra de Morcilla de Cangrejos, ¿qué no hubiera escrito si hubiera convivido con nosotros sobre los “bistec” de toronja que no pocos consumieron?

Las más de 300 páginas de Nadie puede ser indiferente… son conmovedoras. Nos hacen sentir el dolor de la ruda realidad vivida por aquellos cubanos; pero, también nos hacen sonreír o admirar las ocurrencias y la capacidad de los cubanos para adaptarse a las circunstancias más complejas.

En su epílogo “Un día de la ciudad de 1895”, una especie de bella modelación de la vida principeña en un día cualquiera del año, Elda nos reafirma lo que se percibe en toda la obra, que los cubanos ni en las más difíciles y graves condiciones, doblegaron su voluntad de lucha, ni aún a riesgo de sus propias vidas.

Ni en las más penosas situaciones los camagüeyanos perdieron la esperanza del mañana que debía sobrevenir después de la agónica resistencia y la lucha tenaz.

[1] Ya anuncié que este año recibe otra vez el Premio Ramiro Guerra, y además el también Premio de la Crítica Histórica José Luciano Franco, otorgado por la Unhic al mejor libro publicado el año anterior en el sistema de ediciones territoriales; en este caso, por su libro Del látigo y el jornal. Apuntes sobre la esclavitud de Camagüey.

* Presidente de la Unión Nacional de Historiadores de Cuba (UNHIC)

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