La Misión Militar de #EEUU en #Cuba durante la Guerra de Liberación Nacional, y el enfrentamiento a los movimientos guerrilleros en América Latina.

Por: Dr Roberto Pérez Rivero.*

 Es considerable la labor que la Misión Militar Norteamericana desarrolló en función de influir en el desempeño general del Ejército de Cuba[1] en la década del 50, como reflejo de la política de los Estados Unidos hacia Cuba, la que llegó a institucionalizar las relaciones entre los gobiernos en asuntos relacionados con la defensa y entre las fuerzas armadas de ambos países.

En los cambios que introdujeron los Estados Unidos en su política militar hacia América Latina después de la Segunda Guerra Mundial, Cuba ocupó un lugar relevante en sus planes estratégicos en el hemisferio Occidental.

Estas relaciones se comenzaron a materializar el 28 de agosto de 1951, con la firma del Tratado Bilateral de Ayuda Mutua entre los gobiernos de Cuba y los Estados Unidos, el cual, a su vez, permitió la firma, el 7 de marzo de 1952, del Convenio Bilateral de Ayuda Militar entre las dos naciones y el Plan de ambos gobiernos para su defensa común.

El convenio canalizaba el suministro de equipos, materiales, servicios y otros tipos de ayuda militar y establecía el compromiso del gobierno de Cuba de hacer uso eficaz de la ayuda que recibiera.

El 27 de mayo de 1952, el Decreto Presidencial No. 1644 aprobó en su artículo primero el Plan Militar para la Defensa del Continente Americano y lo declaró vigente para la República de Cuba en todas sus partes.

Estos mecanismos, junto a todos los resortes ya establecidos por el Sistema Interamericano de Defensa, sellaron la total dependencia de Cuba en la esfera militar al potencial militar de Estados Unidos.

En la Orden General No. 91 del 13 de mayo de 1952, se hizo saber a todo el ejército que desde el día 20 de noviembre de 1951 y en virtud del Convenio Bilateral entre los gobiernos de los Estados Unidos de América y Cuba, se hallaba prestando servicios en el ejército de la isla la Misión Militar del Ejército de aquel país. Además, se comunicaba que:

“Los objetivos principales de la referida Misión Militar son asesorar al JEMGE, en los asuntos siguientes:

  1. En el desarrollo de las tácticas y técnicas a emplear en las diferentes armas, campos, departamentos, Fuerzas y Servicios del Ejército, proponiendo las modalidades que correspondan a cada caso, según los métodos en uso en el Ejército norteamericano y su adaptación a nuestro Ejército.
  2. En las cuestiones de organización, entrenamiento y operaciones del Ejército, utilizando como base y adaptando en lo posible, la organización y experiencia militar norteamericana.
  3. En cualquier otro objetivo no previsto anteriormente y que se estime de interés para el Ejército de Cuba.

Esta misión militar, en su labor de asesoramiento, podrá llevar a cabo las visitas que estime pertinente a las diferentes instalaciones y Pto Mtar de la Repb, para captar aun mejor las adaptaciones que correspondan a determinado tipo de organización en nuestro Ejército, y por los jefes de mando respectivos habrá de brindarse las facilidades que para el caso se requiera”.[2]

Después de estos acuerdos, el suministro de armamento y técnica de combate, los cursos de perfeccionamiento para militares cubanos en escuelas estadounidenses, la visita de altos jefes militares de ese país a Cuba y la asesoría militar conformaron un sistema de influencias, reforzado en vísperas la Guerra de Liberación Nacional y durante ésta.

Se conservan documentos del Estado Mayor del Ejército (EME) que prueban, incluso, que la asesoría iba más allá de la ayuda, llegando a inmiscuirse en asuntos internos del Ejército de Cuba.

Tal es el caso de un informe enviado al jefe de Estado Mayor del Ejército en junio de 1955 por el entonces jefe de la Misión Militar Norteamericana, coronel H.S.Isaacson. Después de visitar los regimientos de la Guardia Rural y sus puestos, comunicó a la jefatura del ejército que los elementos de la Guardia Rural estaban situados estratégicamente por todo el país y que desarrollaban eficientemente su misión de mantener el orden público. Sin embargo, señaló problemas como: inaptitud física de cierta porción de oficiales y alistados, falta de higiene en los puestos, apariencia personal y vestuario inadecuados, ausencia de adiestramiento de las tropas, y cantidad excesiva de caballos y mulos. En base a ello, recomendó la puesta en vigor de un perfil físico para el personal del ejército, producir cambios en las localizaciones de la Guardia Rural, partiendo de la sustitución de caballos y mulos por jeeps, y la modernización del sistema de comunicaciones, así como ampliar el adiestramiento de mecánicos y choferes y establecer de nuevo cursos de sanidad militar.[3]

La misión militar también realizó visitas a las unidades militares para influir en el entrenamiento y preparación del personal. Entre los meses de noviembre de 1954 y febrero de 1955, se realizaron los cursillos de Instrucción y Demostración de Armas Modernas de Infantería a razón de cinco días en cada Regimiento de la Guardia Rural, con la participación de la Misión Militar de los EE.UU.[4]

El apoyo norteamericano al ejército cubano fue reforzado durante 1956, sobre todo a finales del año, como lo demuestran las visitas al país del mayor general Thomás L. Harrold, jefe del ejército de los Estados Unidos en el Caribe y la de unidades navales norteamericanas, en francas demostraciones de fuerza y respaldo al gobierno cubano y su ejército, cuando era inminente el estallido de la guerra revolucionaria.[5]

Las influencias continuaron durante la guerra con visitas a unidades, ofrecimiento de entrenamientos, supervisión de ejercicios etcétera.

En febrero de 1958, el coronel Clark Lynn JR, jefe de la Misión Militar, comunicó al jefe de Estado Mayor del Ejército la oferta de un entrenamiento sobre guerra psicológica para oficiales latinoamericanos que se realizaría en la Escuela de Guerra Especial del Ejército de los Estados Unidos, ubicada en Fort Bragg, Carolina del Norte. Clark adelantaba que el curso “enseña el valor directo de las técnicas de propaganda de combate, no solamente para el combate, sino también para le erradicación de las actividades insurreccionales y revolucionarias […]”[6]

Antes de iniciarse la ofensiva de verano de la tiranía, exactamente el día 22 de abril de 1958, el jefe de la Misión Militar, propuso al director de la Dirección de Operaciones G-3 EME, un programa de entrenamiento de unidades pequeñas para el ejército cubano. En dicho documento apuntaba: “De acuerdo con sus instrucciones, le estoy adjuntando mis recomendaciones para un programa de entrenamiento de unidades pequeñas para el Ejército de Cuba, adaptado al tipo de unidades que usted nos informó deseaba utilizar […]”[7]

La propuesta consistió en un programa para pelotones-compañías de fusileros y blindados a cumplir en sólo 14 días de entrenamiento y recomendaba que el EME publicara una Directiva de Entrenamiento disponiendo que se efectuara el mismo. La misión se brindaba para preparar la directiva y para cualquier forma de asistencia que se deseara.

El programa incluía los objetivos de los entrenamientos, los contenidos, las estructuras y armamento que debían poseer esas pequeñas unidades, planes de instrucción y ejercicios, entre otros aspectos, en los que se reflejaron conceptos operacionales tenidos en cuenta en el planteamiento y ejecución del Plan FF. Esto demuestra que la Misión Militar estuvo al tanto de los preparativos de la ofensiva de verano de 1958 e influyó directamente en ellos.

En el mes de junio de 1958, la Misión Militar envió un informe al director de la Escuela de Cadetes en el que analizaba el planeamiento y ejecución de la marcha de cadetes realizada del 17 al 31 de marzo de 1958, basándose en observaciones de distintos asesores de la misión que fueron invitados a participar en ese ejercicio. En dicho documento se emitieron juicios de las clases impartidas cada día de marcha y al final se realizaron las recomendaciones que estimaron necesarias.[8]

Llama la atención que en los contenidos ejercitados en estas clases y en los propuestos en los programas de entrenamiento para las pequeñas unidades de fusileros no se aprecian temas relacionados con la guerra de guerrillas.

Sólo en el mes de agosto, el teniente coronel de infantería, asesor de infantería Joseph Bell, hizo recomendaciones al director de la Escuela de Cadetes sobre el programa de entrenamiento táctico propuesto para la Escuela de Aspirantes a Oficiales que debía comenzar el 1 de septiembre de 1958, en las que hizo referencia a cómo debían emplearse las pequeñas fuerzas en las áreas amenazadas por la guerra de guerrillas.[9]

Los militares norteamericanos, representados por la Misión Militar en Cuba, acompañaron al ejército cubano en sus desventuras y derrota final con ideas desacertadas, conceptos no ajustados al caso cubano, subestimación de las posibilidades de la guerra de guerrillas y, después de cierto despertar, con la adopción de medidas tardías e ineficientes.

Todavía en diciembre de 1958 la Misión Militar Norteamericana no tenía suficiente conciencia del significado de la guerra revolucionaria desatada en Cuba y los aportes novedosos que esta incorporaba universalmente a los métodos y formas de lucha armada para llevar a cabo tales contiendas.

Un informe del jefe de la Sección de Inteligencia de la Dirección de Inteligencia (G-2) del EME, comandante Medel Fuentes, al jefe del Estado Mayor Conjunto (EMC) general en jefe Tabernilla Dolz, fechada el 19 de diciembre, evidencia que la Misión Militar Norteamericana ofreció la cooperación necesaria en un plan para elevar al máximo la moral de las tropas del ejército, contener el progreso enemigo y derrotarlo. El oficial de inteligencia advirtió a Tabernilla que era conveniente aprovechar tal colaboración, teniendo en cuenta que partía de seis jefes profesionales de las armas, especialistas en diversas materias y que tenían en su haber dos guerras y no menos de seis campañas, entre ellas la de Corea que, según el comandante Medel, era “muy similar a la de Cuba”.[10] Tal aseveración demuestra que ni él, ni los oficiales de la misión pudieron revelar el verdadero y específico carácter de la guerra revolucionaria cubana. Los últimos, cuando la guerra ya estaba decidida a favor del Ejército Rebelde, proponían un plan para revertir lo irreversible.

La dirección del régimen y la jefatura del ejército no comprendieron que sus conceptos, formas y métodos de conducir la guerra, amparados y guiados por el pensamiento militar norteamericano del momento, estaban siendo aventajados por un Arte Militar superior, novedoso y revolucionario que enriqueció las doctrinas sobre las guerras de liberación.

Después, con la evidencia del triunfo revolucionario del 1 de enero de 1959, los máximos responsables de ese colapso, tras huir del país temiendo la justicia revolucionaria, trataron de tergiversar la realidad, desconociendo intencionadamente la superioridad del Arte Militar del Ejército Rebelde.

En sus obras, el coronel Ramón Barquín culpó por el fracaso a Fulgencio Batista y al general Eulogio Cantillo. Tabernilla Dolz en varios documentos responsabilizó a Batista por el caos y el desorden que sembró en el ejército. Por su parte, Fulgencio Batista en sus libros achacó la derrota a las incapacidades de los generales Tabernilla Dolz, Alberto del Río Chaviano y otros.[11] Aunque inculpándose unos a los otros, todos trataron de atribuir la victoria rebelde no a sus propios esfuerzos y las virtudes de sus armas y Arte Militar, sino a factores ajenos a la épica rebelde, como la “desatención norteamericana”, “las pretensiones rusas” y los errores cometidos en las operaciones militares por el ejército regular de la dictadura; es decir, que éste perdió por sí mismo la guerra y porque la ganó el Ejército Rebelde.

Sin embargo, aunque sin reconocerlo abiertamente, los cambios que los Estados Unidos introdujeron en la elaboración de la política y la doctrina militares y en la teoría del empleo de las fuerzas armadas en el continente americano después del triunfo de la Revolución cubana, evidencian que la guerra de guerrillas en Cuba hizo caducar los conceptos de guerra contra guerrillas del imperialismo, que en definitiva fueron los aplicados en Cuba con la asesoría de la Misión Militar.

En materia de la lucha contra la guerra de guerrillas; los procedimientos operacionales aplicados por el ejército al tratar de aniquilar a la guerrilla rebelde, fueron sin dudas los indicados en el folleto (manual) FM 31-20 de las fuerzas armadas de los Estados Unidos «Operaciones contra Guerra de Guerrillas»[12], traducido y editado por el Negociado de Ayudas de Instrucción de la Dirección de Operaciones G-3 EME. Fue publicado, según indicó el Negociado, para la información y guía del personal militar. Aunque no se ha podido precisar la fecha exacta en que vio la luz en Cuba, es presumible que haya sido en la segunda mitad de la década del 50. En ese documento se afirmaba que «Las operaciones de guerrillas son por sí mismas, usualmente incapaces de ganar una decisión militar […]»[13].

Tras el fin de la II Guerra Mundial y como parte de la llamada Guerra Fría, los Estados Unidos lograron conformar en América todo un sistema de penetración en los ejércitos latinoamericanos que generó una dependencia teórica, estratégica y material de estos a ese país. Controlando las fuerzas armadas de las naciones americanas garantizaban la hegemonía en la región.[14]

Pero ese equilibrio de dominación fue roto por el proceso revolucionario iniciado en Cuba con el asalto a los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes en julio de 1953. A pesar de los esfuerzos realizados, ni el Pentágono, ni la Agencia Central de Inteligencia (CIA), ni la Misión Militar pudieron evitar el triunfo revolucionario. Tras dos años de guerra, las decisiones de envergadura que en tal sentido tomaron no favorecieron la solución que buscaban al conflicto a pesar de que, la Misión Militar Norteamericana y la cúpula castrense de su país contaron con información de lo que ocurría en la guerra cubana, para lo cual se valieron no sólo del trabajo de la propia misión, sino también de los medios de la CIA.[15]

No pudieron apreciar la dinámica y el carácter de la guerra de guerrillas que libró el Ejército Rebelde con amplio apoyo y participación popular, entre otras razones, por limitaciones propias de sus concepciones de lucha. Ello indica, que no lograron tener reacción eficaz y acorde al tipo de guerra que se les impuso. Esta situación fue también reflejo de la subestimación que en el aspecto político mantuvo el gobierno norteamericano sobre las posibilidades de la Revolución cubana. Al apreciarlas, la reacción en este plano también fue desesperada e ineficiente.[16]

La agudización de la crisis interna en los países latinoamericanos durante la década del 60, la consolidación de la Revolución cubana y una situación favorable en la arena internacional, propiciaron que en estos años proliferaran en la región movimientos revolucionarios y guerrilleros[17], lo que en los círculos de poder estadounidenses fue denominado «fenómeno ideológico subversivo». Esta condición condujo a la aplicación de medidas encaminadas a frenar su extensión. Con el empleo de técnicas antisubversivas y la instauración de dictaduras militares, se conformó el núcleo de los esfuerzos norteamericanos.

Sobre esta circunstancia autores norteamericanos valoraron lo siguiente:

«La situación anticomunista en Iberoamérica se deterioró en la década de 1950, a pesar del poderío militar de los Estados Unidos. Cuando cayeron las dictaduras militares en Colombia y Venezuela, los comunistas no se beneficiaron inmediatamente, pero se unieron a otros radicales para mantener vivas la insurrección rural y el terrorismo. En Cuba, las guerrillas de Fidel Castro y Ernesto Che Guevara orquestaron sus ataques retóricos y militares con un movimiento de guerrilla urbana que no estaba bajo su control. La presión interna combinada, junto con la suspensión de la asistencia militar norteamericana, hicieron salir a Fulgencio Batista para el exilio en enero de 1959. Durante el año siguiente Castro enfocó su gobierno revolucionario hacia la Unión Soviética, galvanizando así a la administración Eisenhower para imponer sanciones económicas y ordenar a la CIA que montara una invasión por parte de exiliados anticastristas. El éxito de Castro a las puertas de Norteamérica parecía poner en bancarrota la represalia masiva como elemento disuasivo de la subversión comunista en el hemisferio occidental».[18]

Aunque esta reflexión intencionalmente tiene enfoques erróneos, da una idea del convencimiento a que llegó el sucesor de Eisenhower, John F. Kennedy, acerca de que los Estados Unidos no tenían la capacidad adecuada para detener la «subversión comunista».

Ya en junio de 1962, durante un discurso de graduación en la academia militar de West Point, el presidente Kennedy había señalado que el tipo de guerra a lo Mao Tse Tung (en referencia a la guerra de guerrillas de los movimientos de liberación nacional), era insidioso, nuevo y diferente, y que los preparativos para hacerle frente debían seguir nuevos lineamientos:

«Este es otro tipo de guerra, nuevo en relación a su intensidad, antiguo en cuanto a sus orígenes –guerra de guerrillas, de subversión, de insurgentes, de asesinos, guerra de emboscadas y no de combates, de infiltración en lugar de agresión-, que busca la victoria a través del desgaste y la extenuación del enemigo y no a través del combate frontal con él. Requiere en aquellas ocasiones en las que debamos enfrentarla una estrategia completamente nueva, un tipo de fuerza totalmente diferente y por tanto, un tipo de entrenamiento militar nuevo y totalmente distinto».[19]

De esta forma, a la actividad de los órganos del Sistema Interamericano de Defensa,[20] al conjunto de políticas de guerra fría y al sistema de iniciativas de ayuda económica, se sumó el actuar de las Fuerzas de Operaciones Especiales (FOE) de las fuerzas armadas de los Estados Unidos, del Pentágono y la CIA, y se propició el apoyo a las dictaduras militares.

En estos años se creó el Octavo Grupo de Fuerzas Especiales, destacado en la Zona del Canal de Panamá, el cual operó durante diez años en casi todos los países miembros de la Alianza para el Progreso.

Entre 1963 y 1970, casi 500 grupos de las FOE fueron enviados a 19 países, donde organizaron y dirigieron la realización de operaciones de contrainsurgencia. El libro Los boinas verdes por dentro. Los primeros 30 años, incluye entre esas operaciones la ejecutada en Bolivia, donde un equipo «rangers» de los Estados Unidos, en misión de instrucción y asesoría, trasmitió al ejército boliviano «las técnicas y métodos antisubversivos». Dicho equipo preparó varias compañías «rangers» bolivianas, una de las cuales –según el autor de esta obra- tras culminar su entrenamiento participó en la operación que permitió la derrota militar de la guerrilla del Che.

El año pico fue 1966, cuando operaron en territorio latinoamericano cerca de 100 misiones de las FOE y el fondo fiscal norteamericano para esas operaciones en América Latina ascendió a 81 millones de dólares.[21]

Las acciones referidas, la proliferación de bloques militares con bases en territorios de América Latina, las misiones y tratados militares, conformaron un sistema de enfrentamiento a los movimientos guerrilleros y revolucionarios, al que se agregó el funcionamiento de las escuelas antiguerrilleras y de lucha contrarrevolucionaria. [22]

Al valorar los resultados de la política norteamericana hacia Latinoamérica, J. Howard Wiarda, director del Centro de Estudios Hemisféricos del Instituto Norteamericano de Investigación de Política Pública, consideró que en la década del 60 los Estados Unidos controlaron la situación en América:

«A fines de la década del 60, en especial con la muerte del Che en Bolivia, los movimientos guerrilleros semejantes al cubano habían sido eliminados por completo en la mayoría de los países […]».[23] Pero lamenta que después en la década del 70, preocupados por Vietnam y Watergate, ignoraron a Latinoamérica y perdieron así la oportunidad de influir en el curso de los acontecimientos en El Salvador, Guatemala y Nicaragua.

Lo explicado indica que, después del fracaso del Ejército de Cuba en su enfrentamiento con el Ejército Rebelde, en el que primó como método el empleo del ejército regular contra las guerrillas, los Estados Unidos desarrollaron para la lucha armada contra las guerrillas que proliferaron en América, nuevos métodos de guerra irregular con el empleo de Fuerzas de Operaciones Especiales, combinadas con todo un sistema de medidas económicas, políticas, sociales, militares y psicológicas.

Ello no quiere decir que la causa del fracaso de muchas de esas guerrillas fuera el uso de las FOE y sus métodos de lucha; en ese proceso influyeron muchos factores de índole muy variada.[24] Lo cierto es que, generalmente, este tema ha sido apenas considerado entre esos factores.

[1] Tal era la denominación oficial del ejército que al amparo de sus armas sostenía la dictadura de   Fulgencio Batista.

[2]Orden General No 91, Órdenes Generales del Ejército, año 1952, Archivo, IHC, pp. 955-956. (El subrayado es del autor de la ponencia).

[3] Reproducción textual del documento en: Uralde Cancio, Marilú y Luis Rosado Eiró: El Ejército soy yo. Las fuerzas armadas de Cuba (1952-1956). Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2006, pp. 105-109.

[4] Orden General No 130, Órdenes Generales del Ejército, año 1954, Archivo, IHC, p. 1427.

[5]Ver: Ferrera Herrera, Alberto: El Granma: La aventura del siglo. Ed. Capitán San Luis, La Habana, 1990.

[6] Fondo Ejército: Sección 3. 1er Nivel. General en Jefe y Jefe EMC. Serie 1, Carpeta 6, Archivo IHC, Misión militar de EEUU en Cuba y relación con el ejército, enero – diciembre 1958, pp. 2 – 3.

[7] Ibídem. pp. 8-27.

[8] Ibídem. pp. 34-39.

[9] Ibídem. pp. 47-50.

[10] Fondo Ejército: Sub-Sección. 4 3er Nivel. Dirección de Inteligencia (G-2). Serie 1, Carpeta 1. Informe al JEMC del 19 de diciembre de 1958, Archivo, IHC.

[11] Sobre el tema ver: Cartas de Francisco Tabernilla Dolz, citadas por: Uralde Cancio, Marilú y Luis Rosado Eiró. Ob. cit., pp. 181-182; los libros de Ramón Barquín y de Fulgencio Batista, citados.

[12] Folleto 2-20 Guerra de Guerrillas (FM 31-20). Sección de Instrucción G-3, EME, Archivo personal del autor.

[13] Ibídem. p. 6. Para ampliar sobre el tema consultar: Roberto Pérez Rivero: Desventura de un ejército. Editorial Oriente, Santiago de Cuba, 2003, pp. 97-104.

[14] Ver: Abreu Rivera, Luis E. y otros: El águila contra el cóndor, Ed. Verde Olivo, La Habana, 1999, pp. 63-73.

[15] La CIA fue la creadora y/o asesora de los aparatos de «inteligencia» (represión), entre los que sobresale el BRAC. El propio Limon Kirkpatrick, inspector general de la agencia, viajó a la isla en tres ocasiones en plena lucha insurreccional (1956, 1957 y por último en septiembre de 1958). Con la información recopilada llegó a la conclusión de que el gobierno de Cuba había perdido el control de la situación, tras lo cual se desencadenaron las gestiones del embajador Earl Smith para buscar un sucesor para Batista.

Antes de iniciarse la guerra, cuando los futuros expedicionarios del Granma realizaban su preparación en México, ya agentes de la CIA merodeaban el movimiento revolucionario para explorar su orientación ideológica y propósitos políticos. Después, en plena guerra, sembraron agentes en las filas revolucionarias; son conocidos los casos de William Morgan y John Spirito en el Segundo Frente Nacional del Escambray, y el de Frank Sturgis en el oriente del país. Al respecto véase: Escalante Font, Fabian: Cuba: la guerra secreta de la CIA, Ed. Capitán San Luis, La Habana, 1993.

[16]El gobierno norteamericano ejerció un injerencismo e intervencionismo político muy fuerte respecto al régimen de Batista. El vehículo más directo que utilizó fiueron sus embajadores, primero A. Gardner y después mediante Earl Smith. Este último vino a la isla en julio de 1957 para tratar de convencer a Batista de la necesidad de mejorar su propia situación en Cuba. Ya el Departamento de Estado veía la poca viabilidad de su gobierno y por eso el señor Smith realizó un doble juego: mientras por un lado garantizaba apoyo al tirano, por el otro contactaba con la oposición burguesa para buscar una salida en la instauración de una farsa democrática y asi tratar de neutralizar el posible triunfo revolucionario.

Este rejuego político se materializó en maniobras como el conocido «Pacto de Miami», firmado a finales de 1957 por varias organizaciones opositoras, que pretendió maniatar al Movimiento 26 de Julio; pero Fidel Castro se encargó de denunciar la maniobra, ponerle freno y aclarar la posición independiente del Movimiento 26 de Julio.

Cuando a finales de 1958 se convencieron de la necesidad de sacar a Batista y tratar de sabotear el triunfo revolucionario con la farsa electoral primero y el golpe de la junta militar después, era bien tarde.

[17] Estos movimientos recibieron la ayuda solidaria de la Revolución Cubana. En la isla se contribuyó a la preparación de sus cuadros dirigentes y jefes; por ejemplo, Luís de la Puente Uceda (Perú), Fabio Vázquez (Colombia), Carlos Fonseca Amador y Tomás Borges (Nicaragua), Luis Augusto Turcios Lima (Guatemala), y Roque Dalton y Farabundo Martí (El Salvador). También se envió ayuda material, fundamentalmente, algún armamento del que se les ocupaba a las bandas contrarrevolucionarias en Cuba que eran financiadas por la CIA y el gobierno norteamericano.

En diversas ocasiones la expresión de la solidaridad cubana con estos movimientos alcanzó la participación directa de combatientes cubanos. Entre esas misiones se pueden destacar: En República Dominicana, las expediciones que arribaron a ese país por Constanza, Maimón y Estero Hondo, en junio de 1959; de veinte cubanos que se involucraron en esa misión, solo dos sobrevivieron, uno de ellos el comandante Delio Gómez Ochoa. Ese mismo año, varios cubanos junto a revolucionarios nicaragüenses participaron en la formación de una guerrilla, que fue dispersada por el ejército de Nicaragua tempranamente. En Argentina, la Guerrilla de Salta, en 1963 comienza a organizarse el Ejército Guerrillero del Pueblo, encabezado por Jorge Ricardo Massetti; junto a él participaron 4 cubanos; en 1964, la guerrilla fue aniquilada. De 1966 a 1967, se desarrolla en Venezuela la lucha guerrillera por comunistas venezolanos encabezados por Douglas Bravo; en este movimiento participaron combatientes cubanos entre ellos, Raúl Menéndez Tomassevich y Ulises Rosales del Toro. El caso más significativo, y bien conocido mundialmente, es le de la Guerrilla del Che en Bolivia, en la que además de Ernesto Guevara, se involucraron 16 cubanos.

[18] Millet, Allan R. y Peter Maslowski: Historia Militar de los Estados Unidos. Por la defensa común, Ed. San Martín, S. L., Madrid, 1986, p.588.

[19] Simpson III, Charles M.: Los boinas verdes por dentro. Los primeros 30 años – Una historia de las fuerzas especiales del ejército de los Estados Unidos. Versión traducida por SIT-FAR, Traducción No 6019-6023, p. 4.

[20] Ver: El Sistema Interamericano de Defensa, BIS-SEE, (3), SIT-FAR, La Habana, 1989, pp. 3-7.

[21] Ibídem.

[22] Conferencia OLAS, La Habana, Alianza para el Progreso y gorilismo. Bloques, bases y pactos militares en América Latina. La Habana, 1967.

[23] Wiarda, J. Howard: Para modernizar la estrategia política norteamericana: La contención en la Cuenca del Caribe, en Terryl Deibel y John L. Gaddis (Comp.), La contención: Concepto y política, Ed. Grupo Editor Latinoamericano, Buenos Aires, 1992, p. 360.

[24] Ver: Prieto Rozos, Alberto: Guerrillas Contemporáneas en América Latina, Ed. Ciencias Sociales, La Habana, 1990.

* Presidente de la Unión Nacional de Historiadores de Cuba (UNHIC)
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