Ignacio Agramonte y Loynaz (III). #Cuba #TenemosMemoria

Por: Dr Roberto Pérez Rivero.*

Humanismo, deber y responsabilidad en el joven letrado

Su disposición a la actividad noble y a forjar el bien para los demás, continuó desarrollándose al concluir los estudios como licenciado. En la misma Habana desempeñó la función de juez de paz en el barrio de Guadalupe, y ejerció como abogado en el bufete de Antonio González de Mendoza, en un estudio ubicado en Aguiar no. 33[1].

Aunque de su actividad profesional se conserva poca documentación, es posible presuponer que Agramonte no fue un letrado que pretendió lucrar con su desempeño como defensor o acusador según fuera el caso. Prueba de ello, son sus propios testimonios acerca de sus inicios como abogado, reflejados en cartas que le enviara a Amalia Simoni Argilagos, quien era ya su novia en ese entonces:

“Apenas llegué, al vapor mismo fueron á decirme que había muerto un Juez de paz á quien debo suplir, y que tenía que presentarme para hacer­me cargo del Juzgado, y ya en este me he encontrado con trabajo atra­sado que debo despachar pronto. También me ha tenido muy ocupado una causa bastante complicada de un pobre hombre que está en la cárcel de esa ciudad hace tres años, y que siempre que voy al Príncipe me manda á buscar para suplicarme que no lo deje ir al presidio, como si sólo estu­viera en mis manos impedirlo. Al cabo han sido hoy los estrados: he he­cho cuanto á mi alcance está, en favor de él, y ya sólo tengo que esperar la suerte que le depare el Tribunal.”[2]

Otros fragmentos de sus misivas a su prometida demuestran con cuanta responsabilidad se entregaba a su trabajo:

“Hasta antes de ayer no perdí la esperanza de verte en la próxima fiesta, mas las dificultades crecian mas cada dia. Tengo sobre todo dos negocios delicados de una tia el uno, y de un tio el otro, que no me permiten alejarme mucho de la Habª: si se señala la vista de alguno pª un dia en que estuviera yo en el Príncipe, ó en las mismas circunstan­cias pasa el término pa establecer cualquier recurso que sea necesario, se ocasionarían perjuicios irreparables de que yo seria el culpable. Para ir necesitaría estar de vuelta el tercer dia de Pascuas, y ni los vapores tienen su salida arreglada pa eso, ni sería regular que no esperara al­gunos dias el matrimonio de Matilde y Eduardo estando en el Camagüey”.[3]

“Se acerca ya la fiesta de la Caridad y es tiempo de que resolvamos si en ella voy ó no al Príncipe. Para mí es cuestión desagradable, porque preveo que la solucion mas probable será la menos grata. El deseo de ver­te y de pasar á tu lado algunos dias, al mismo tiempo que el de procu­rar hacerte mas alegre la fiesta, porque para lograrlo haría todo lo posi­ble, me inclinan casi irresistiblemente á realizar el viaje; pero esa corta ausencia de la Habana me es perjudicial, y no tanto por el tiempo que pierda para los negocios y lo que deje de trabajar durante ella, sino que da lugar á que se paralicen en su curso regular los que me están confia­dos; y sobre todo abandonarlos en dias hábiles para ir á pasear al Prín­cipe, como se diría, es cosa que desconceptúa.

Podia me ser indiferente esto último y lo desatendia cuando sólo me fijaba en el presente; trabajaba unos meses para divertirme otros al la­do de la familia, y entre mis amigos y amigas del Camagüey; y ¿porqué había de afanarme entonces? Pero después, Amalia mía; desde que sé que me amas con delirio y que ese amor te lleva á consagrarte á mí, como yo entusiasta te consagro toda mi alma y mi vida entera, no puede dejar de tener para mí una gran importancia semejante consideracion.

Tu amor me ofrece en lo porvenir una ventura incomparable en un paraíso, el cual tú me has persuadido tambien lo será para tí; y mi amor exige de mí que luche, y que luche infatigablemente por aproximarlo, has­ta encontrarnos en él: detenerme en medio de la cuesta halagado por el placer efímero de una nueva entrevista, olvidando que en la cumbre nos aguarda una unión sin ausencias, sería una debilidad.

Creo, pues, Amalia mía, que no deba ir ahora al Príncipe: que de­bo permanecer aquí sin interrupción hasta Diciembre, en cuyo mes por la vacación de los tribunales podré ir á verte sin detrimento y sin pro­pender á dilatar nuestra unión anhelada, que no quisiera demorar un só­lo minuto. El corazon sabe bien cuanto le cuesta este nuevo esfuerzo; pe­ro lo que mas duele es que no sea el mío el único que sufra, que el pro­pio dolor no le abate como el que tú puedas experimentar.”[4]

“Mi adorada y bella Amalia: mas ocupado que nunca en estos dias por reunirse á mi trabajo ordinario el despacho de alguno asuntos de un abogado amigo y antiguo catedrático, que ocupado con otra cosa ha tenido qe encomendármelos, ni he tenido tiempo para escribirte antes, haciendo seis dias que te escribí la última que si no me equivoco fué la que llevó Simoni, ni podré hoy estenderme mucho.”[5]

En el tiempo que Ignacio se desarrolla como abogado, también se va enrolando en las actividades conspirativas contra el poder colonial español. Unos meses antes de su incorporación definitiva a la lucha por la independencia, ya está establecido en su natal Puerto Príncipe; también ejerciendo justicia en su propio bufete (San Juan no. 18). El biógrafo Juan J. E. Casasús, señala en su libro Vida de Ignacio Agramonte, que se hablaba de un informe forense defendido por Agramonte con tanta elocuencia, que fue aprobado unánimemente por el tribunal de la Audiencia, y que mereció además felicitaciones.

[1] Aunque ejerce como abogado, continuó estudios correspondientes al doctorado. En 1867 interrumpe esta actividad, su mente y fuerzas dan prioridad a otras otras demandas de la patria.

[2] Eugenio Betancourt Agramonte: Ignacio Agramonte y la Revolución cubana, pp. 298-299.

[3] Ibídem, pp. 302-303.

[4] Ibídem, pp. 335-336.

[5] Ibídem, p. 353.

* Presidente de la Unión Nacional de Historiadores de Cuba (UNHIC)

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