Magdalena Peñarredonda Doley, una heroína cubana de la clandestinidad. #Cuba

Por Israel Valdés Rodríguez*

En la historia de nuestras guerras de independencia y de liberación nacional hemos contado con más de un centenar de mujeres, que de una forma u otra ofrecieron su contribución. Sin embargo, la historiografía cubana no ha abordado de manera suficiente la participación de nuestras mujeres en la actividad clandestina y revolucionaria, antes y durante el desarrollo de la Guerra de 1895.

Como es conocido Martí tuvo conceptos muy elevados sobre la mujer cubana y muy especialmente valoró el protagonismo de nuestras heroínas en las contiendas por la lucha liberadora, por eso dijo: “…las campañas de los pueblos sólo son débiles, cuando en ellas no se alista el corazón de la mujer; pero cuando la mujer se estremece y ayuda, cuando la mujer, tímida y quieta de su natural, anima y aplaude, cuándo la mujer culta y virtuosa unge en la obra con la miel de su cariño _ la obra es invencible”.

Nuestra biografiada es una muestra evidente del papel trascendental de la mujer cubana en la lucha clandestina. Ella en su tiempo hizo lo que después hicieron Melba, Haydee, Celia, Vilma y otras extraordinarias mujeres, que constituyen paradigmas de nuestra historia.

Magdalena Peñarredonda Doley nació el 22 de julio de 1846 en la finca “El Pontón”, en Quiebra Hacha, en la entonces conocida tierra de Vuelta Abajo. Su padre Hilario Peñarredonda era considerado un hombre de carácter indomable, defensor de sus convicciones como capitán del ejército español al cual pertenecía, era un militar que sentía orgullo de su casta. Su madre Amelaida Doley era de descendencia francesa, mujer que desde la cuna había recibido una educación liberal y que llevaba en su sangre los gérmenes de rebeldía de los gestores de la revolución francesa.

Como es conocido el 12 de agosto de 1851 se realizó el fusilamiento del abolicionista Joaquín de Agüero Agüero, patriota camagüeyano que protagonizó el primer encuentro armado contra tropas del ejército español en la isla. Muchas camagüeyanas en gesto solidario hacia este patriota, al conocer la noticia del fusilamiento, decidieron cortarse las trenzas, y entonces, las mujeres de la finca “El Portón” las imitaron, una de estas fue la niña “Llellena”, como era conocida Magdalena entre sus allegados. Siendo aún una niña, su madre fallece. Entonces, Rosa la esclava se hizo cargo de ella y sus hermanas.

Muy pronto esta mezcla de intransigencia y de ansias de rebeldía se pusieron de manifiesto en la niña Magdalena, pues con sólo 15 años de edad, un día se atrevió a soltar un preso político retenido en el puesto militar de Quiebra Hacha, del cual era jefe su padre. El preso revolucionario creyó que esto era una celada para ultimarlo, por lo que se negó a salir de la celda.

Siendo aún una quinceañera, Llellena contrae matrimonio con José Covielles, español, natal de Asturias, quien era dueño de un importante establecimiento de víveres en la calle San Ignacio, en La Habana Vieja. Muy cerca de allí el matrimonio estableció su residencia. Dos años después, al conocer su incapacidad para procrear, se hizo cargo de una sobrina, hija de su hermana Matilde, a la que cuidó y crió cual si fuera propia.

Por aquel entonces, su casa de la calle San Isidro No. 5, se convirtió en centro de tertulias literarias a la que acudían Miguel Figueroa, Alfredo Zayas, José María Gálvez, Manuel Sanguily, Fernández de Castro, Julián del Casal, así como la flor y nata de escritores, artistas y oradores de Cuba.

Al arribar el año 1893, Magdalena se integra al grupo de los más destacados conspiradores, muchos de ellos fueron los mismos que asistían a su casa, con el pretexto de las tertulias. Apesadumbrada por el asesinato de su hermano, publicó un artículo en el periódico habanero “El Criollo”. Por el contenido revolucionario del mismo, y previo consejo de sus familiares y amigos que temieron por las consecuencias que podía acarrearle, se vio forzada a salir de la isla, trasladándose a New York, Estados Unidos, donde conoció e hizo amistad con José Martí. Una muestra evidente de esta relación amistosa, lo fue el hecho de que Martí le dedicó un ejemplar de sus versos sencillos, editado en aquella ciudad por la editorial Louis Weiss and Co. En la dedicatoria aparecen estas palabras:

“A la Sra. Magdalena Peñarredonda, modelo de paciencia y de patriotismo. Su amigo respetuoso, José Martí”.

De esta amistad nació su proyección e integración al Partido Revolucionario Cubano, razón por la cual en dos ocasiones más volvió a visitar los Estados Unidos, antes del estallido revolucionario el 24 de febrero de 1895. Entonces, Magdalena se había separado de su esposo, el español; sus actividades revolucionarias se habían intensificado y no podían existir obstáculos. La independencia de la patria era su deber supremo.

El 26 de agosto de 1895 Magdalena es nombrada Delegada del PRC en Vuelta Abajo. No obstante, desde antes ya venía realizando actividades conspirativas a favor del estallido independentista. Con la llegada del general Antonio Maceo a occidente en enero de 1896, ella se convierte en su más eficaz colaboradora clandestina y así se gana la confianza del Titán, que la consideró una valiosa auxiliar de la lucha insurrecta.

Llevaba su labor con peculiar pericia, bajo el pretexto de visitar familiares en Artemisa cruzó la trocha de Mariel a Majana en varias ocasiones, llevando consigo comprometedora correspondencia para Maceo ó de este hacia La Habana, a Perfecto Lacoste u otros jefes de la insurrección. Luego de caer Antonio Maceo y Grajales, continuó cooperando con su sustituto, el general Mayía Rodríguez. Sufrió prisión, pero su espíritu rebelde no claudicó jamás. Fue una de las patriotas más dinámicas de la Guerra de Independencia Entre 1912 y 1913 Magdalena colaboró con el periódico La Noche, donde enfocó sus campañas a favor del sufragio para la mujer y en defensa de la patria ultrajada. A partir de 1932 ocupa diferentes cargos en los distintos gobiernos, siempre criticando y denunciando los desmanes cometidos por cada uno.

Muere en su casa de Santos Suárez, La Habana, a los 91 años de edad, el 7 de septiembre de 1937.

¡Gloria eterna a esta ejemplar mujer!

* (San Antonio de los Baños, 1952) profesor e historiador, miembro del secretariado permanente de la Unión de Historiadores  de Cuba.

 

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