La verdadera piel de un centrista. #Cuba

El discurso centrista es el desfile del camuflaje que se presenta con una cara bonita para agradarle a muchos. Se vale de trozos de verdad para tocar a las puertas y ser bienvenido. Distrae, nos estrecha la mano y nos toma el café como el más amigable de los paisanos. Se afirma en nuestros dolores y reclamos para sensibilizarnos hasta la médula con sus planteamientos de fondo. Aparenta jugar a favor de  nuestra mano en el dominó del barrio, pero en el fondo, hondo y casi imposible de ver para quien no tenga filo en la mente y el corazón, lo que bien merece es la respuesta que popularmente se le da a quien para mal alude a la mujer que nos trajo al mundo.

Estas han sido las primeras ideas que asomaron a mi mente cuando leí el artículo de Yuri Nórido Que no les pongan un anuncio de Coca Cola publicado en On Cuba magazine, con fecha de ayer. Tomando supuestos criterios de varios amigos sobre el choque entre la Cuba que de repente rompe la inercia de mucho tiempo por el acercamiento con el poderoso vecino y un profundo proceso de cambios domésticos (a propósito de un collage fotográfico de la Habana Vieja, de cuyo contenido exacto en definitiva solo se detallan sus achaques, lo que da pie a un debate sobre su visualidad poética frente a los inobjetables dramas que suponen realmente para no pocas familias cubanas), parte de fijar una posición desde el título mismo al proclamarse  a favor de que no se atiborre la Habana (dígase el país) de la aparatosa propaganda comercial de los Estados Unidos en pos de preservar la cultura nacional. Quienes leen pueden creer que están ante las letras de un joven patriota, y en parte no se equivocan, solo que el patriota legible es apenas una vestidura de ocasión.

Cuando afirma que no duda de que quienes claman por una ciudad plagada de carteles de la Coca Cola extrañamente sopesen la eventual pérdida de su singularidad amaga pero no tira, no emplaza, no defiende la trinchera nacional si a pie juntillas, en vez de ambiguamente acuñar que el encanto actual citadino se aleja del bienestar no ahonda en las causas reales de la verdad que devela. La Habana según él es plástica- lo que para cualquier cubano significa falsa-; a la vez que dolorosa ¿por qué? No dice. Que la estética es lo de menos es cuestionable. No en balde frecuentemente se asocia a la ética. Una imagen dice más que cien palabras, comparten muchos. ¿Cuántas palabras comunica una imagen de baja factura estética? Dependiendo de la intención podría decirse que es casi un sonido silente. Adobemos esta simple idea con especias de política y sirvamos la mesa. Si no es así Ignacio Ramonet nos tima cuando nos invita a abrir los ojos y las mentes con su Propaganda Silenciosa.  Entre los optimistas que defienden la salvación de una buena parte de nuestra identidad y otros pesimistas que aseguran que nos hemos detenido en el tiempo, luego de 57 años de cruento enfrentamiento a penurias y obstáculos de diverso tipo enmudece, inexplicablemente. Digo inexplicablemente porque tiene credenciales para dirimir esa bronca desde su erudición cultural y vasta elocuencia. No creo que le falten respuestas más que el punto y aparte, por lo que deduzco que huele a intención ¿de qué? Más insólito en tanto él sabe de sobra que la identidad de un pueblo es mucho más que los valores patrimoniales y arquitectónicos de sus ciudades. Cualquier cubano medianamente consciente de su condición sabe eso. Prosigue acuñando a  Cuba como el país de las encrucijadas. Esperé ver reflejada ipso facto la simple e incuestionable idea de cuánta admiración ha ganado este pequeño país acertando, triunfando frente a esas encrucijadas de que habla. No voy a gastar balas tratando de hacer blanco en el porqué de ellas, en el quién o en quiénes han sido sus artífices. Eso pudo y debió hacerlo el joven patriota e intrépido crítico.

Las emociones más fuertes se reservan para el final, donde a las palabras, a su juicio ilustrativas de la naturaleza tremendista de una amiga que entre desconcertada y decepcionada a partir de sus vivencias al asistir al desfile por el bello Prado habanero de célebres modelos de la Chanel, con toda la parafernalia de la moda estirada y elitista de Europa, ante los ojos de una multitud que resultó aplastada por tanta pompa tras las barreras policiales, gente ninguneada – diría Galeano- ante el poder del dinero resumió que “Digan lo que digan, no hay peor dictadura que la del capitalismo salvaje”. El intelectual no se sube al último tren para anclar una postura basada en la razón, en la justeza cabal, si acaso esta puede no serlo; lo hace para amagar sin tirar dejando descubierta la parte principal del pecho. Tras la idea de la amiga se cuestiona si él también sería de los excluidos si tal dictadura triunfara y habla no solo de sí mismo, sino de “los tantos que al menos conservan cierta noción de orgullosa dignidad”. Se dice “no defensor enfático de ninguna causa”, y con ello se dice centrista. Mas llegado ese hipotético momento, que al parecer no desea, entonces da fe de que enarbolaría la bandera a favor de todos los cambios necesarios en la patria preservando “invaluables esencias de solidaridad y justicia”. Es decir que en lo que el palo va y viene estará así tranquilamente, aciagamente, disfrutando de los placeres de la vida mientras exhibe sus ropajes. Solo en la más grave de las horas tomaría cartas en el asunto, como si lo que estuviera en juego fuera cualquier cosa y no la patria que tanto sacrificio ha costado. Así lo veré cada día en el Noticiero Cultural de la TVC mientras balbucea sus animosos análisis críticos sobre nuestra cultura nacional, como el joven que bajo el camuflaje de erudito defensor de ella oculta al convencido soldado del centrismo antipatriótico. Y que conste que a mí tampoco me mueven las consignas, me mueven las ideas.

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