Trump y Clinton ante la doctrina #Obama. #EEUU #Cuba

Por Walter Goobar

En su serie de entrevistas con el mensuario The Atlantic, el presidente Barack Obama dejó entrever que Estados Unidos ha abandonado la doctrina de George W. Bush posterior al 11 de septiembre de 2001 —la de dominación global— para regresar a la doctrina de Bush padre: la de la excelencia comercial.

Washington tiene que hacer todo lo posible por evitar el surgimiento de un nuevo competidor en el terreno económico dentro de un sistema capitalista desregulado. Y ya lo está haciendo: EEUU necesita separar a la Unión Europea de Rusia, creando así una fractura en el continente europeo, dividir el Extremo Oriente separando a la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN) de China, y fracturar el BRICS y el Mercosur, instalando un gobierno neoliberal y librecambista en Brasil.

Este viraje de la política exterior estadounidense tiene un claro reflejo en la campaña electoral de ese país. Mientras Donald Trump se ha ganado —por mérito propio—, el mote del ‘Frankenstein republicano’, Hillary Clinton sigue siendo la favorita de Wall Street en la carrera presidencial. Pese a que sus históricos lazos con Goldman Sachs y otros poderosos bancos están muy bien documentados, su veneración por el libre comercio al servicio de las políticas de EEUU, es también muy conocida.

Es obvio que para Hillary Clinton, América Latina es una ficha más en el vasto tablero para ampliar la hegemonía tanto política como económica del eje Estados Unidos-Wall Street-Londres.

Es posible que las piezas centrales de este proyecto sean el controvertido Tratado Transpacífico (TTP) y el Tratado Transatlántico de Comercio e Inversión (TTIP), que podrían crear una infraestructura comercial corporativa de índole supranacional, que esencialmente subordinaría cada una de las naciones a la hegemonía de las corporaciones y al capital. Con el avance de los modelos neoliberales en el continente y con el juicio político a la presidenta brasileña Dilma Rousseff, los sectores que representa Clinton están de parabienes. Estos movimientos requerían la destitución del gobierno de Dilma Rousseff que, a pesar de estar dispuesta a dialogar sobre el TTIP, seguía apostando a la construcción de un bloque contra hegemónico a través del Mercosur y del BRICS, el grupo de países emergentes conformado por Brasil, Rusia, China, India y Sudáfrica.

“¿Sobrevivirá el mundo una presidencia de Hillary Clinton?”, se pregunta el analista político y económico de Sputnik, Paul Craig Roberts, quien se desempeñó como subsecretario del Tesoro durante la presidencia de Ronald Reagan y actualmente es columnista del Wall Street Journal.

Craig Roberts califica a Clinton como una candidata financiada por intereses bancarios, extranjeros y del complejo militar.

Hillary Clinton es una “candidata de teflón”, por su singular talento para ‘escurrirse’ de los problemas, escribe Craig Roberts. En su artículo, Craig señala que Clinton se encuentra bajo investigación por el mal uso de información clasificada y por el fallido proyecto de creación del nuevo Estado libio, actualmente la mayor fuente de terroristas de la región. “Delitos por los cuales muchos se encuentran ya en prisión”.

“Hillary Clinton representa los intereses de los bancos, del complejo militar, así como del grupo de presión israelí y no representa los intereses del pueblo norteamericano y de sus aliados europeos”.

Craig Roberts acusa a la exsecretaria de Estado de liderar los proyectos de desestabilización llevados a cabo en Libia, Siria, Honduras y Ucrania. Por todo esto, el analista resume que “como presidenta, Hillary nos garantiza que habrá guerras y más guerras”.

Por su parte, su contendiente Donald Trump ha sido bautizado como el ‘Frankenstein del Partido Republicano’ por Harry Reid, el líder demócrata del Senado, entre otros.

Insisten en que es un monstruo creado durante años, tal vez décadas, de políticas y retórica de republicanos, desde la ola antimigrante hasta la misoginia rampante, antiderechos civiles, racismo, y las respuestas bélicas a todo problema tanto interno como externo.

El analista Robert Kagan, columnista del Washington Post, lo define así: “Dejémoslo claro: Trump no es una rareza. Ni está secuestrando al Partido Republicano o al movimiento conservador, si existe tal cosa. Es, más bien, la creación del partido, su monstruo Frankenstein, llevado a la vida por el partido, alimentado por el partido y ahora lo suficientemente fuerte para destruir a su creador”.

Los medios de prensa estadounidenses no han logrado explicar qué es lo que motiva a los seguidores de este joven Frankenstein. Y mientras más lo demonizan por las barbaridades que plantea en cada una de sus apariciones, menos se entiende. Los puntos de vista de la clase trabajadora son tan ajenos al universo de los medios del ‘establishment’, que cuando el columnista de The New York Times Nick Kristof quiso incluir una conversación con un seguidor de Trump, lo tuvo que inventar, así como las respuestas que esta persona imaginaria daba a sus preguntas.

Nadie duda que este bufón enchapado en oro sea un racista, pero hay otra manera de interpretar el fenómeno Trump. El mapa de sus apoyos combinado con búsquedas racistas también se puede entender mejor con la desindustrialización y la desesperación, con zonas de miseria económica provocadas por 30 años de un libre mercado dictado por Washington.

Muchos de sus seguidores son fanáticos, no hay duda, pero muchos más, probablemente, estén entusiasmados con la perspectiva de un presidente que parece decir lo que piensa cuando critica los acuerdos comerciales y promete acabar con el empresario que los despidió y que destrozó ciudades como Detroit, que había sido la cuna de la industria automotriz y hoy está en la bancarrota.

Un estudio publicado por Working America, una organización política dependiente de la Federación Estadounidense del Trabajo y del Congreso de Organizaciones Industriales (AFL-CIO) que entrevistó a 1.600 votantes blancos de clase trabajadora de los suburbios de Cleveland y Pittsburgh en diciembre y enero, reveló que el apoyo a Donald Trump es alto entre esas personas, incluso en los que se identificaban a sí mismos como demócratas, y no porque todos deseen que un racista ocupe la Casa Blanca. Lo que hace que Trump se convierta en el líder favorito es ‘su actitud’, su contundencia y su forma directa de hablar. En cuanto a las cuestiones que suele referirse, ‘la inmigración’ se sitúa en el tercer puesto de sus preocupaciones, muy por detrás de la preocupación número uno de estos estadounidenses: ‘buenos puestos de trabajo y economía’.

“La gente tiene más miedo que odio”, es la descripción del estudio que hace Karen Nussbaum, directora de Working America. La encuesta “confirma lo que escuchamos siempre. La gente está harta, la gente sufre, están descontentos por el hecho de que sus hijos no tienen futuro” y “porque no ha habido una recuperación tras la recesión, porque todas las familias sufren de una manera u otra”.

En cada uno de sus discursos, Trump dedica una buena parte de su tiempo a hablar de una preocupación que podría calificarse de izquierda: Trump parece estar obsesionado con los tratados de libre comercio, las numerosas empresas que han trasladado sus centros de producción a otros lugares, las llamadas que hará a los presidentes de esas empresas para amenazarlos con elevar los aranceles si no vuelven a Estados Unidos.

Trump adorna esta visión con otra de sus ideas progresistas: bajo su dirección, el Gobierno podría “empezar a hacer una oferta competitiva en la industria farmacéutica” (para reducir el precio de los fármacos). “¡No tenemos una oferta competitiva!”, exclamaba asombrado y habla de otro asunto real, el despilfarro legendario que se produjo bajo el Gobierno de George W. Bush. Trump extiende sus críticas al ámbito militar, describiendo cómo el Gobierno está obligado a comprar aviones pésimos pero muy caros, gracias a la influencia que ejercen los grupos de presión de la industria.

El comercio es un tema que divide a los estadounidenses en función de su estatus económico. Para la clase media, que incluye a la amplia mayoría de las estrellas mediáticas, los economistas, los altos cargos federales y los demócratas poderosos, lo que denominan ‘libre comercio’ es algo tan bueno que no requiere explicación o consulta, ni siquiera que se piense mucho en ello. Los líderes republicanos y demócratas están de acuerdo en esto, y nada puede hacerles salir de su modelo económico.

Para el resto, el 80% o el 90% de Estados Unidos, el comercio significa algo muy diferente. Hay un video que recorre Internet en los últimos días que muestra una sala llena de trabajadores en una fábrica de aparatos de aire acondicionado en Indiana a los que informan de que la empresa se va a trasladar a Monterrey, México, y que todos van a perder sus puestos de trabajo. Ese video es la mejor explicación del fenómeno Trump.

 

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