Elección de #USA, una premonición imprecisa. #Cuba

El comentario político más generalizado en Estados Unidos, plantea que ninguno de los dos partidos tradicionales será capaz de “unir al país”. Lo pongo entre comillas porque esto de la “unidad” es una de las tantas falacias con las que los poderes de los Estados distraen a la ciudadanía, arrastrándolos a obediencias reverenciales ante el temor a la represión o creando limbos que impiden institucionalizar el hábito del compromiso para que las naturales diferencias de criterios y hábitos no se tornen irreconciliables.

 

No existe la unidad política. Una sociedad puede coincidir en metas generales pero sus criterios de cómo alcanzarlos, pueden ser variados y esto significa división, lo cual no excluye acuerdos, coincidencias, debates y compromisos para avanzar.

Los partidos políticos han sido la sinecura para tender un puente entre estas divisiones naturales que existe en los conglomerados sociales. Si el desarrollo político del país hubiese prescindido de los partidos como lo consideraba George Washington, esta diversidad no hubiese devenido en facciones, razón por la cual Washington se opuso a la creación de los partidos. Pero no fue así. En las circunstancias sociales que vienen acumulándose, es menos probable mitigar esta realidad. Por consiguiente, una era de compromisos políticos que permitan avances sólidos, no se vislumbra en el horizonte.

En las encuestas Hillary Clinton continúa aumentando sus márgenes como la candidata favorita y aunque esto puede cambiar, la actitud errática de Trump probablemente la continúe favoreciendo y termine ganando las elecciones de noviembre.

Lo mejor que tiene Hillary es el programa político, diseñado precisamente como compromiso con las propuestas del Senador Bernie Sanders durante las campañas primarias. Las críticas que le hacen los “especialistas de elecciones políticas” es que ha convertido sus discursos en toda una explicación detallada del mismo. No tiene consignas que quepan en una calcomanía para pegar en la defensa del auto. Su programa es realista, toca el sentimiento general de las grandes mayorías, enfocándose en el nódulo de problemas básicos que afectan a la población: la salud (para lo cual tiene detalles de cómo mejorar sustancialmente el alcance del plan de salud de Obama); el salario que, aunque menciona el mínimo de 15 dólares la hora, pone más énfasis en 12 dólares basándose que algunos estados tienen niveles de vida más bajo, menores rentas y diferentes precios en la alimentación, los seguros y demás; detalla la política exterior basada en la filosofía de Obama del compromiso y mayor margen de respeto hacia las determinaciones políticas de otros países. En ese punto tiene más cautela que Trump. Éste dice que no pretende dar lecciones políticas a otras naciones (al estilo chino), pero prácticamente excluye la cooperación, especialmente porque insiste en reducir jugosas contribuciones que los Estados aliados y otros menos aliados, requieren para ejecutar planes diversos que no son sólo de naturaleza militares. La retirada de fondos supone además que ninguno de esos Estados implementará políticas que perjudiquen los intereses de Estados Unidos o que parezcan estar metódicamente dirigidas a desestabilizar el territorio estadounidense. Planteamientos como este abren peligrosas puertas a la estabilidad internacional.

La desventaja del programa de Hillary, si lo comparamos con el de Trump, son sus consideraciones sobre el comercio y la manufactura. En este terreno Trump logra aproximarse más al sentir nacional que desearía convertir ambas actividades en elementos claves del país. Para lograr esto plantea cortar los privilegios a terceros países, como México, China y otros de Latinoamérica. También Hillary tiene como desventaja la utilización de un discurso demasiado tradicional. Le falta hasta ahora, darle el toque de “propaganda electoral” al que están acostumbrados los estadounidenses. Como dicen algunos analistas, se está presentando a un duelo de pistola con una cuchilla de afeitar. Precisamente ha sido el desenfado de Trump, su renuncia a lo “políticamente correcto” a la hora de expresarse, lo que resalta su figura, no sólo entre los simpatizantes, sino también en los adversarios e incluso entre quienes lo detestan.

Sin dudas el programa político de Hillary es más preciso y cuenta con hojas de ruta diseñadas sobre bases reales. Incluso el radicalismo de Trump, planteando cortar vínculos con la manufactura y el comercio exterior, el cual le ha servido para apuntalarse como candidato a la presidencia, no dice con claridad cómo instrumentarlo. Hasta los días de hoy, han sido su desfachatez y desenfado su mayor ventaja. Pero tiene en su contra dispararse al pie con mucha frecuencia cuando saca la pistola de sus desafíos verbales. Por estos días, haberse mofado de los padres de origen afgano de un héroe estadounidense, quien prácticamente se suicidó para salvar un centenar de soldados de su brigada, ha motivado que le retiren su apoyo algunos de los pocos republicanos notables que lo han secundado.

Pero el problema mayor de Hillary en todo esto, es su linaje político. La ciudadanía repudia cada vez más las élites. El estilo de vida del país desde su nacimiento estableció bases para erradicar las aristocracias tradicionales. Esta fue una de las cosas que llamó la atención de Alexis de Tocqueville, cuando visitó Estados Unidos en 1831. Incluso las leyes sobre ganancias de capital y herencias, aprobadas en la primera mitad del siglo XX, tenían como propósito eliminar la “aristocracia del dinero”. Esto, a diferencia de Europa, ha sido una característica del “modo de vida” en Estados Unidos

En la actualidad figuras como Warren Buffet, (tercer hombre con mayor capital acumulado en el mundo) insiste en impulsar leyes que limiten la herencia. De hecho, muchos de ellos han comunicado a sus hijos que sólo heredarán una fracción reducida de sus fortunas. Luego de la trayectoria de Bill Clinton como Presidente y el papel de Hillary en la vida pública, su imagen ha quedado grabada como representante de una de las tantas nuevas dinastías que inauguró la era de los Kennedy. Esto reduce sus márgenes políticos en una sociedad que comienza a mostrar cansancio ante las promesas y una mayor disposición al activismo político, reclamando espacios de participación. Su integridad y su sinceridad han sido puesta en duda muchas veces durante ese período, pero además tiene en contra un carácter que no la hace confiable para muchos cuando habla. Por ahí creo que vienen las cosas.

Si bien dijimos que la suerte está echada para el desarrollo de un “nuevo movimiento político” en Estados Unidos, aún es temprano para pronosticar si la ciudadanía se inclinará por la racionalidad del programa de gobierno de Hillary o “El Paraje Obscuro” que nos depara un gobierno presidido por Trump. El “Twilight Zone”, como diría una persona de habla inglesa que guste de los sinos desconocido.

Ante la realidad política que vive Estados Unidos, toda premonición es imprecisa.

Así lo veo y así lo digo.

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