El amor de Ignacio Agramonte y Amalia Simoni #Cuba.

35623-fotografia-gIgnacio y Amalia, una de las más bellas y fascinantes historias de amor que transcendió a su época y a su espacio. Ni el tiempo ha podido borrar del alma de los camagüeyanos ese encantamiento amoroso, ese eterno y mágico amor, como música esparcida por el viento.

El amor de Ignacio Agramonte y Amalia Simoni, constituye paradigma para los cubanos, en esta fecha tan emblemática  recuerdan pasajes de sus vidas que alientan el sentimiento de AMOR.

Escritas en pleno siglo XIX, las cartas de Ignacio Agramonte a su novia y esposa Amalia Simoni, constituyen un preciado ejemplar de la literatura agramontina y de hecho, se le considera una de las cumbres de la literatura epistolar cubana, dotadas de un espíritu cultivado y sincero, donde prima la riqueza verbal aunque sencilla y la prosa fina y depurada.

Ángel mío, Amalia idolatrada:

(…)¡Qué honda amargura encierra el pecho, porque no te veo, y vivo lejos de ti! Y sin embargo me siento dichoso cuando pienso en que amas y que con frecuencia piensas en mí. Pancho Agramonte (hijo) me ha dado algunas noticias de ti y de la familia, pero insuficientes, y las cartas que traía se perdieron.

(…)Puedes estar tranquila, mi dulce bien, y confiemos en que nuestra dicha al volver a juntarnos, y la libertad de Cuba, compensen pronto todos los sacrificios (…)

“Yo te aseguro que vacilaría si alguna vez encuentro tu felicidad y mi deber frente a frente”, le dijo Ignacio Agramonte a Amalia Simoni.

“Tu deber antes que mi felicidad, es mi gusto, Ignacio mío, y cómo no amarte si  eres tan grande, si tan elevado es tu corazón”, así l le respondió ella.

“Sí, Amalia de mi vida, eres mi único delirio; a nadie, a nadie amo tanto como a ti, jamás lo dudes. ¡Me siento tan dichoso amándote y siendo el objeto de tu amor! No vuelves a quedar sola otra vez, como dices: allá te acompaña mi pensamiento que nunca te deja, mi amor está contigo; allí tienes mi alma. Nunca mientras viva tú estarás sola, que nunca dejaré de acompañarte…” , decían las cartas de Ignacio.

En La Matilde transcurrió la luna de miel… los paseos por la finca, los besos a la sombra de algún árbol, sus nombres grabados en cualquier tronco. Los preparativos de la Revolución avanzan y los sueños se interrumpen por los constantes viajes de Ignacio a la ciudad, corría el año 1868.

Tres meses de felicidad es poco. Pasan entre el amor, la Sala de Audiencia y las conspiraciones. El 11 de octubre amanece de manera inesperada para los camagüeyanos.

Corre la noticia de que Carlos Manuel de Céspedes comenzó el alzamiento en Oriente. Días después un telegrafista avisa a Ignacio: Agramonte hay una orden de detención contra usted.

La despedida es difícil, Ignacio regresa una y otra vez y Amalia lo vuelve a abrazar con todas sus fuerzas. La esposa, serena y firme por un amor que la alimenta no duda….el 1ro de diciembre  ya cercana la noche, una calesa burla la vigilancia  de la posta española en la ciudad … una idea fija domina a  Amalia, su madre y su hermana… No parar hasta la manigua.

En medio de las grandes arboledas de la Angostura, construyen los hombres una rústica casa de tres piezas. La llaman El Idilio. Entre combate y combate corre Ignacio a los brazos de Amalia y pasan las horas jugando con su mambisito, nacido entre los montes.

Detrás queda “El Idilio” en llamas y la joven, dominada por los mareos de un embarazo aún no descubierto. En el exilio nace Herminia, la hija que Ignacio no conoció.

De su gran amor, Amalia sólo tenía sus cartas: Idolatrada esposa mía: Mi pensamiento más constante en medio de tantos afanes es el de tu amor y el de mis hijos. Pensando en ti, bien mío, paso mis horas mejores, y toda mi dicha futura la cifro en volver a tu lado después de libre Cuba. ¡Cuántos sueños de amor y de ventura, Amalia mía! Los únicos días felices de mi vida pasaron rápidamente a tu lado embriagado de tus miradas y tus sonrisas. Hoy no te veo, no te escucho, y sufro con esta ausencia que el deber me impone. Por eso vivo en lo porvenir y cuento con afán las horas presentes que no pasan con tanta velocidad como yo quisiera…”

A Ernesto y Herminia háblales con frecuencia de su papá, educa y forma sus corazones tiernos a semejanza del tuyo, que cuando encuentre en ellos tu retrato y tu alma, mi cariño y mi satisfacción no tendrán límites. Dale un millón de besos. ¿Quién viera a nuestros Ángeles”?

Amalia, nunca dejó de mostrar su amor: Ignacio mío, la resignación por nuestras ausencias se agota y hace aumentar mi odio a los españoles. Cuba exige muchos sacrificios pero será libre a toda costa.

El eco de la voz del padre le da vuelta en la cabeza a Amalia. Fue en Jimaguayú el 11 de mayo y nadie sabe que pasó con su cadáver. Es un golpe demasiado fuerte del que no se recuperó jamás.

 

 

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