Las complejas problemáticas de la transición socialista.#Cuba

*Por Orlando Cruz Capote

Una introducción necesaria.

El tránsito o construcción socialista, del capitalismo al socialismo, rumbo estratégico hacia el comunismo, (1) es un prolongado proceso histórico, ético-político, ideológico, socioeconómico, estético y Cultural -con mayúsculas-, civilizatorio y de emancipación humana, de largo aliento estratégico (extendida temporalidad y espacialidad), antisistémico, contrahegemónico y contracultural al capital; de movimientos tácticos constantes, métodos democráticos de masas, aprendizajes y desaprendizajes, construcciones y deconstrucciones, en el que existen momentos de amplio consenso nacional, social – popular, y otros, en el que subsisten disensos, más o menos profundos, por diferentes causales y circunstancias históricas específicas en el decursar histórico.

Tal transición jamás acontece en línea recta, es decir, unilineal y progresivamente, sino que transcurre de forma zigzagueante, contradictoria y paradójica, con avances, superposiciones (a veces mezcladas y yuxtapuestas eclécticamente, no sintetizadas, sistemática y dialécticamente), estancamientos, retroacciones y retrocesos, y que también comprende la continuidad, la discontinuidad (2) y la superación crítica en su práctico devenir. Lo que no excluye su comprobada reversión, por causas endógenas y exógenas, o la combinación de ambas variables, (3) tal como aconteció en el mal llamado “socialismo real” de la Europa del Este y la Union de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), quienes se derrumbaron (implosionaron) con y tras la caída del ‘Muro de Berlín’, la destrucción del socialismo en conjunto con la desintegración del multinacional Estado soviético, entre 1989 y 1991, respectivamente. (4)

Ajeno a todos los dogmatismos y sectarismos, doctrinarismos e izquierdismos estériles, ya que tal pensamiento reformista-burocrático y tecnócrata conduce, inexorablemente, a la teoría revolucionaria, sin la cual no hay movimiento revolucionario, al “…anquilosamiento del Partido (subrayado nuestros), castigo ineludible por las trabas impuestas al pensamiento.” (5) Sin embargo, la historia pasada y reciente, da cuenta de que estas anomalías y distorsiones han estado presentes en el tránsito socialista.

Por lo que, el tránsito socialista constituye un camino inexplorado, ignoto, lleno de acertijos, enigmas y dudas, en el plano objetivo y subjetivo, por lo cual cada país debe construirlo de acuerdo a sus peculiaridades (particularidades y singularidades) específicas, aunque utilice algunas leyes y regularidades trazadas de forma general.

Algunas valoraciones e interpretaciones teóricas y prácticas ineludibles.

En los textos de Carlos Marx, Federico Engels y Vladimir Ilich Lenin, los clásicos del marxismo y leninismo fundacional, sus coterráneos, continuadores y contemporáneos, específicamente los originales y creativos, en plural, tal como son los marxismos y los marxistas auténticos, (6) nunca se pretendió presentar un cuerpo filosófico-político, teórico y práctico finiquitado, menos anquilosado y cerrado, tampoco de cómo construir el socialismo y el futuro comunista en cada detalle, ni elaboraron una economía política del socialismo, acaso esbozos inacabados, -déficits que se arrastran hasta nuestros días, no obstante, haberse avanzado en algún sentido- y, solamente, indicaron elementos e ideas generales, básicas y esenciales, pero no lo definieron como un proyecto único, metafísico, menos suprahistórico, descontextualizado de las realidades históricas concretas en que se despliega. (7)

Siempre proyectaron al marxismo, la hechura socialista y comunista, aunque su principal misión fue el estudio del capital, con una interrelación de acuse de recibo de la realidad hacia la teoría y viceversa, que tiene como punto de partida el análisis de lo teórico abstracto al concepto interpretativo pensado y, finalmente, al abstracto concreto teórico, intermediaciones expresadas y entendidas.

En el proceso ad infinitum de construcción / desconstrucción de conocimientos, teorizaciones y conceptualizaciones, tan necesarias, la práctica se constituye en el criterio de la verdad, siempre aproximada y nunca completamente captada, la esencia de la búsqueda teórica en un ejercicio permanente de la praxis. Por eso, la teoría debe esclarecer la realidad, interpretarla, siempre con limitaciones, pero nunca suplantarla y sustituirla. Porque está demostrado que sólo se lograrán aproximaciones a la(s) verdad(es), ya que esta no existe como única en absoluto, y porque la teoría de ningún modo podrá abarcar los matices de un proceso real en su variedad concreta, ya que en “…el mejor de los casos solo traza lo fundamental, lo general, solo abarca de un modo aproximado la complejidad de la vida”, (8) y “…porque nunca podemos conocer lo concreto completamente”. (9) Aunque, también es cierto, que la práctica equivocada no invalida a la sana teoría.

En la historia cuando la teoría se aprecia “superior” a la realidad y la práctica, los equívocos serán (in)-esperados quizás (im)-previsibles, si pensamos, arbitrariamente, que poseemos el instrumental conceptual adecuado y “único” para cambiar el rumbo de la historia. Porque “(…) lo universal y general [expresó Lenin] deja de serlo cuando no abarca ni encarna la riqueza de lo particular, de lo individual, de lo genuino”. (10)

De tal manera, el marxismo y leninismo, constituye una teoría científica crítica, no cientificista; partidista, no panfletaria; sentenciosa, no concluyente, menos excluyente y exclusivista; hipotética, no relativista, tampoco indeterminista a ultranza; juiciosa, nunca justificativa y actuante como juez suprema de los hechos, procesos y personalidades; optimista, jamás apologética, que no debió, ni debe, ser simplificada y reducida (11) en sus principales tesis o “núcleos duros”, ni en ninguno de sus meandros explicativos, siempre tan complejos y complicados, con el objetivo de “satisfacer pedagógica y didácticamente” el aprendizaje y la asimilación por las masas populares, que no se aviene jamás en consciencia convincente, ya que no todo puede resolverse en el campo de la `teoría por la teoría´, asumiendo erróneamente un rol justificativo, teológico y teleológico, ideologizante in extremis.

Tampoco es un conjunto de normas rituales y sagradas, fórmulas y recetas preconcebidas y elaboradas a priori capaces de brindar todas las respuestas a las incesantes interrogantes, sino un complejo de tesis y propuestas comprobables o no, de interpelación, contraparte y complementación crítica ante cualquier tipo de poder, por lo que no debió ser sometida al capricho de interpretaciones espontáneas y voluntaristas por parte de los hombres y mujeres que la estudian y ejercitan en la mutante realidad, que, a su vez, es la ‘única ciencia de lo social-humano en el tiempo’, que aborda la indagación científica desde el ‘punto de vista de la totalidad’. (12)

Es ideología, la cual no conlleva per se a la “falsa ideología” -si bien no pueda eludirla totalmente-, más dañina aún si se convierte en una ideología seudoteórica “oficial” -oficialista- de “toda” la sociedad, sacrificando ‘el todo (que no es la totalidad) en el altar de las partes’ o viceversa. Las ideologías son, en todo caso, la consciencia de los conflictos de la estructura y de la necesidad de resolverlos, por lo que la crítica marxista se enfoca contra una realidad ideológicamente invertida, (13) en donde la “cadena” real y sus “flores imaginarias” debían ser arrancadas, destruidas, para capacitar a los revolucionarios del mundo en el cómo, por qué y para qué emanciparlos de la ‘cadena’ y recobrar las `flores vivas´. (14)

De tal manera, el tránsito socialista debe implicar, paulatinamente y con saltos audaces, una transformación vasta que conmueva de manera cardinal el carácter cualitativo de la sociedad, con un impacto relevante hacia el resto de los pueblos y países en las distintas latitudes geográficas. Esa mudanza fue concebida por Marx como el resultado de los procesos múltiples de producción y reproducción de los seres humanos y sus relaciones, tal como sucedió en otros tránsitos históricos de la (pre)-historia de la humanidad -como la puntualizara Marx-, cuando de una formación económica social se traspone a otra superior, ahora con un contenido diferente en el socialismo y su meta de partida – llegada: el comunismo.

En la victoria y el posterior tránsito socialista no sólo entran en simplista y automática contradicción el desarrollo de las fuerzas productivas y las relaciones sociales de producción -su ‘no obligada’ correspondencia-, sino que es el instante cuando cobra inusitada fuerza la subjetividad revolucionaria de los diversos sujetos socioclasistas e histórico-políticos del cambio, que se activan, dinamizan y concientizan revolucionariamente, materializándose en una masa crítica, que se empodera, sin imposiciones, articulan y co-dirigen el proceso al socialismo. La intervención estatal, nacionalización y estatización, pasos imprescindibles en el proceso de tránsito, no han conducido a la socialización de los medios de producción, por lo que se hace necesario una revisión de tales procesos en el que desempeñará un rol principal la participación, el control, la regulación y la codirección de los trabajadores en el proceso productivo, en la toma de decisiones a nivel micro y marco social.

La principal fuerza productiva en el socialismo son las fuerzas revolucionarias, los múltiples sujetos del cambio, aunque no se subestime la planificación centralizada -que no debe sobredimensionarse y ser flexible-; la educación y cultura integral incesante, incluida la ecológica; el uso acelerado de los adelantos científico-técnicos y la introducción de prácticas organizativas y conscientes de dirección avanzadas. Estas fuerzas hacen surgir, en un parto lento y difícil, nuevas relaciones sociales en el seno de las anteriormente existentes, estando caracterizadas, en consecuencia, por la relación de coexistencia y la lucha entre las viejas y las nuevas relaciones sociales, envueltas en una enconada batalla acerca de ‘quien vence a quien’, que será definitoria para que las nuevas formas de relaciones sociales logren el rol determinante.

El socialismo no es, por tanto, un modo de producción, sino constituye una fase -o varios períodos, etapas y fases ininterrumpidas e interrelacionadas, no un etapismo evolucionista, mecánico y economicista- en la que pugnan las relaciones sociales de producción capitalistas con las futuras relaciones sociales de producción comunistas. Tampoco puede llamársele a ese tránsito, en su contenido y forma, como relaciones sociales de producción socialistas, sino la ruta temporal hacia el comunismo. (15) Marx y Engels, escribieron en su texto, “Feuerbach. La concepción materialista de historia”, que ‘…el comunismo no es un estado que debe implantarse, un ideal al que deba sujetarse la realidad. Nosotros llamamos comunismo al movimiento real que anula y supera al estado de cosas actual. Las condiciones de este movimiento se desprenden de la premisa actualmente existente.’

Por tales motivos, el objetivo final del socialismo, como etapa de transición, tal como lo concibieron Marx, Engels y después Lenin, consiste en la gradual extinción del Estado, gracias a la necesaria implantación de la dictadura del proletariado -Marx y Engels especificaron al proletariado industrial en el siglo decimonónico como la clase principal que emanciparía con ella al resto de la sociedad-, o en el poder de todo el pueblo trabajador, y, por supuesto, el tránsito hacia la abolición de todas las clases y una sociedad sin clases, que también conllevaría a la revocación de la propiedad privada. Ello conllevará a la formación de una sociedad comunista de ‘productores libres asociados’ y ‘surgirá una asociación en que el libre desenvolvimiento de cada uno será la condición del libre desenvolvimiento de todos’, tal como se expresa al final del capítulo segundo del Manifiesto del Partido Comunista, escrito por ellos en 1848.

Se trata que la clase proletaria, obrera y trabajadora tome el poder social, liberando de la explotación y la opresión al resto de la sociedad, y trate de imponer su modo de apropiación de la realidad, no como había ocurrido anteriormente, sino de abolir todo modo de apropiación existente hasta nuestros días y construir otro esencialmente nuevo. Lenin expresaría, al hallarse inmerso en la experiencia ruso-soviética que, “…quien espera la revolución social “pura” no la verá jamás. Será un revolucionario de palabra, que no comprende la verdadera revolución”. (16) Por su parte, el Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz, en su alegato de defensa “La historia me absolverá”, proclamaría, “…nosotros llamamos pueblo si de lucha se trata”, como concepto y artífice práctico de la Revolución Cubana. (17)

Lo que se perseveraba, en síntesis, era la consumación del ‘no-Estado’, que Engels (18) y luego Lenin, (19) percibieran en la Comuna de París de 1871, primera experiencia de destrucción de la vieja maquinaria estatal burguesa, y que gracias a la capacidad, autonomía e iniciativa democrática sustitutiva de un poder ejercido directa y orgánicamente por el pueblo – ‘la dictadura del proletariado’ -, ya no constituía propiamente un Estado, sino que establecía las bases de la transición hacia su ocaso.

La realidad y experiencia histórica impusieron un colosal desafío, durabilidad y ritmo diferente en los caminos para arribar a esta utopía realizable, donde hay que conjugar, en la política revolucionaria y comunista, el arte de lo posible, con el arte de hacer posible lo que parece imposible.

La realidad insoslayable que se impuso en el tránsito socialista.

Los senderos de la victoria y la construcción socialista, avizorados por Marx y Engels, que debían comenzar por su triunfo en los países capitalistas desarrollados, con un alto desarrollo de las fuerzas productivas y un proletariado concentrado y organizado conscientemente, no se cumplieron en la historia real. Al haber vencido el socialismo, históricamente, en ‘los eslabones más débiles de la cadena capitalista – imperialista’, o sea, en las naciones del hoy denominado Sur geopolítico, las zonas periféricas o tercermundistas versus los centros capitalistas de poder mundiales, toda la teoría de la conquista del poder y la construcción socialista, en su pauta ideal, tuvo de sufrir cambios importantes e indispensables.

En tales condiciones, la revolución social y política debe realizar, al unísono, una profunda y sumamente radical revolución nacional-liberadora y antimperialista, que destruya el aparato (máquina) estatal represivo del anterior régimen, liquide el sistema y orden capitalista vigente -incluso con rasgos precapitalistas- rompiendo, además, los múltiples lazos de dependencia (entre ellos, los coloniales, protectorales, semicoloniales y neocoloniales), que atan exteriormente a estas naciones y pueblos. Todo ello implicó, paralelamente, la construcción de un nuevo sistema político a lo interno, muchas veces muy original y el ordenamiento socialista de su sociedad tanto en el plano de la vida material como en la espiritual, con una proyección exterior solidaria e internacionalista.

No se trata, entonces, de alcanzar la liberación nacional para luego abrir paso al socialismo, sino de abrir paso a éste para, consecuentemente, alcanzar la liberación nacional. La implantación del poder y la política revolucionaria sobre toda la sociedad y el servicio de esta última dirigida a satisfacer lo más equitativamente las necesidades de la mayoría de la población, la proyección constante de nuevos planes socioeconómicos y políticos-culturales, el constante movimiento crítico, innovador-rectificador, etc., demuestran que la participación popular directa, masiva y organizada en el socialismo no puede ser un otorgamiento brindado desde el poder, sino un derecho creado por el poder de todo el pueblo.

Antonio Gramsci destacó que todo esfuerzo de liberación nacional y social tenía como base la nación, el nacionalismo patriótico y la justicia social, pero que este debía proyectarse de inmediato al plano internacional. Por su parte, el pensador revolucionario martiniqueño, Frantz Fanon, “…El nacionalismo, si no se hace explícito, si no se enriquece y se profundiza, si no se transforma muy rápidamente en conciencia política y social, en humanismo, conduce a un callejón sin salida (…) La expresión viva de la nación es la conciencia dinámica de todo el pueblo. Es la práctica coherente e inteligente de todo el pueblo.” (20)

Lenin que organizó, impulsó y vivió intensamente la experiencia insólita de la primera revolución proletaria y socialista victoriosa en la Rusia de los zares en 1917, encabezada, orientada y conducida por su partido bolchevique-comunista, introdujo algunos aportes esenciales y relativizaciones importantes a la teoría marxista en la época del imperialismo. Ya no sería únicamente el proletariado industrial la clase que debía llevar a cabo la revolución -aunque el elemento socioclasista del trabajador asalariado continuaría desempeñando un papel decisivo-, sino que se urgía de la alianza obrera – campesina, los marinos y soldados, con las clases subalternas, los intelectuales orgánicos (tal como los definió el marxista italiano Antonio Gramsci), y otros grupos y sectores de la población ruso-soviética, incluso algunos sectores de la burguesía dispuestos a colaborar con el proceso revolucionario y socialista.

A la consigna enarbolada en el ‘Manifiesto Comunista’ de “¡Proletarios de todos los países, uníos!”, (21) setenta años después Lenin y la III Internacional (Internacional Comunista, IC o Comintern, 1919-1943), por él fundada, añadió en su II Congreso de 1920, la consigna de: “¡Proletarios de todos los países y pueblos oprimidos, uníos!”, (22) al percatarse que el péndulo de la revolución se había desplazado geopolíticamente hacia el Oriente, y que era urgente ampliar el diapasón de los sujetos sociopolíticos participantes del cambio revolucionario. Con lo que se intentó poner fin al reduccionismo obrerista y el sectarismo, que tanto daño harían a las revoluciones socialistas en su tránsito futuro.

Sin embargo, la aspiración a que el Estado sea reabsorbido por la sociedad, legitimo concepto meta de los socialismos y cimiento básico de la construcción teórica-práctica de la lucha emancipadora humana, no puede suplantar el hecho de que el nuevo ‘no-Estado’, o Estado, deba aparecer como organización general de la propia sociedad, como (inter)-mediación política necesaria, (23) dadas las condiciones de las clases y sus luchas en la arena nacional, regional e internacional.

En numerosas ocasiones, quizás contra las indicaciones inconclusas y el razonamiento marxista y leninista de finales de la centuria decimonónica, de los siglos XX y XXI, así como el predominio del esquemático pensar y hacer de los métodos y estilos de dirección verticalistas, de comando y ordeno y mando excelsos, el Estado socialista se ha visto destinado a vigorizarse -lo que no significaba su reforzamiento ‘estadocrático’, ni asumir el modelo de ‘socialismo de Estado’-, sino el de constituirse en un Estado ampliado (concepto gramsciano), diáfanamente democrático, en el sentido de ser uno de los modos de ejercer la hegemonía política-cultural, popular socialista con métodos persuasivos, dialogadores y consensuales, de intervenir coercitivamente en el combate contra las clases opositoras y antagónicas, endógenas y exógenas, y de suplir las carencias y debilidades de las organizaciones políticas, de masas y sociales, así como las insuficiencias en la conformación y el accionar de la sociedad civil.

Tal ejercicio teórico-práctico coadyuva, en determinados momentos, a limitar y superar las brechas entre el Estado socialista y la sociedad civil -inversa aspiración del pensamiento burgués liberal y neoliberal-, y brinda un cierto margen, además, para que éste decida algunas políticas de carácter urgente para la resistencia activa y constructiva, así como la supervivencia del socialismo, la autodeterminación, independencia, soberanía y seguridad nacionales, con agilidad, prontitud y operatividad en beneficio de la sociedad en general.

Sin embargo, es necesario rescatar y restaurar la importancia del papel rector, orientador, educador ético, ideopolítico-cultural y conductor del partido político de la clase trabajadora y de todo el pueblo, el partido comunista, que es factor principal del sistema político del socialismo, en la integración, articulación, cohesión y unidad social, nacional e internacional, y, paralelamente, constituye un soporte fundamental en el proceso de concientizar y dirigir a la sociedad en el tránsito socialista, pero que no puede sustituir a la clase proletaria-trabajadora, como tampoco asumir tareas administrativas excesivas, menos confundir sus funciones con la del Estado, lo que dio lugar en un ‘rejuego’ retorcido y burócrata, erróneo, a una dictadura de las élites del partido-estatales bajo la concepción estalinista del ‘socialismo de Estado’, la ‘estadolatría’ sobredimensionada centralizadamente, en vez de la real dictadura del proletariado, o el poder de todo el pueblo trabajador. Porque sería trivial, al decir de Lenin, que sea posible “(…) construir la sociedad solo con las manos de los comunistas (…) [pensamiento totalmente falso porque los comunistas son sólo una mínima parte de la sociedad] una gota en el mar de pueblo. [Por lo que ellos] Sabrán conducir al pueblo por su camino únicamente si saben determinar con exactitud ese camino, no solo en el sentido del desarrollo de la historia universal”. (24)

Asimismo, resulta imprescindible resaltar las diversas experiencias prácticas revolucionarias de las masas populares desde abajo -que no es un antipoder o un contrapoder-, en que la auto-organización, el autogobierno, la autonomía, la cooperativización, la gestión, cogestión y autogestión de las masas obreras-campesinas, clases subalternas, diferentes capas, grupos, sectores, segmentos y estratos sociales, que, constituidos en comunas, soviets, consejos obreros, comités de fábrica, rurales y barriales, poderes populares, entre otras experiencias, desarrollaron y despliegan una importantísima labor teórica – práctica en la construcción socialista. Esta regularidad está acorde con la máxima leninista de que “…la propaganda y la agitación, por si solas son insuficientes. Para ello se precisa [es imprescindible] la propia experiencia política [revolucionaria] de las masas. Tal es la ley fundamental de todas las grandes revoluciones”. (25)

Entonces, el tránsito socialista sólo comienza a mitigar y superar, a veces parcialmente, las consecuencias de esa multidimensional herencia negativa, la cual suele reproducirse y reconstruirse en las nuevas condiciones históricas socialistas, intentando reforzar las viejas y recrear las nuevas formas de explotación y opresión, porque subyace en su seno las relaciones de poder, dominación y el autoritarismo. Al final, toda dominación bien estructura y establecida, moderna, es cultural, (26) por sobre todas las demás esferas de la vida social.

Lo que determina al bloque histórico trabajador – popular, que asume el poder político y ejerce su dominio y hegemonía política-cultural en el tránsito socialista, tener que enfrentarse a características económica-sociales, políticas y culturales determinadas genéticamente por el anterior régimen, y presentes en la injerencia constante, por tanto, en el interés de mantener, a toda costa, el dominio y hegemonía, sometimiento y control de los capitales imperialistas al interior y exterior del país, en contubernio con la derrotada clientelista, servil y lacayuna oligarquía burguesa interna o doméstica, más los grupos y sectores que se oponen al proceso socialista, que intentan perennizar esa condición de dependencia colonial, semicolonial y neocolonial para beneficio del capital extranjero y apropiarse del remanente para sus propios intereses, transcurriendo una intensa lucha de clases que no cesa hasta que el Estado desaparezca y con él las clases y sus luchas.

En el tránsito socialista coexisten y superviven por un extenso período, las clases y la lucha de clases, más o menos, pacíficas, agudas y violentas, según las circunstancias históricas en que se despliega el proceso endógeno y exógeno. No obstante, prosigue manifestándose ciertos grados de explotación y la enajenación del ser humano en el proceso de producción material y reproducción de la vida, ya que continua conservándose la compra-venta de la fuerza de trabajo; así como persisten, paradójicamente, el racismo, la discriminación, el patriarcalismo, el machismo, la xenofobia, la homofobia; el derroche in crescendo de los recursos naturales, minerales y humanos; la depredación excesiva de la naturaleza; permaneciendo, al unísono, la marginación y la exclusión de sectores del cuerpo societario.

Las viejas relaciones de producción capitalista concurren en el nuevo tránsito socioeconómico, político y cultural socialista, con una cuota significante de dependencia y subdesarrollo / subdesarrollante sistémico -el subdesarrollo reproduce la lógica metabólica del subdesarrollo con las reminiscencias precapitalistas y las capitalistas, tanto en la esfera material como la espiritual, intelectual y cultural-, que les hace padecer una endémica crisis estructural socioeconómica, casi siempre de manera integral, extremadamente difícil de superar por la estructuración-conformación de economías deformadas, atrasadas y desarmónicas; con una limitada e insuficiente dimensión de las fuerzas productivas materiales que se traduce en una baja productividad del trabajo y un insignificante excedente económico (aunque la explotación sea intensa, no existe una distribución equitativa de las riquezas); la pequeñez del mercado endógeno; incapacidad objetiva para desplegar un básico y significativo ahorro interno.

Igualmente, la existencia de un desbalance interno en la balanza fiscal y de pagos, además, de una deuda externa que debe pagarse con leoninos intereses a la banca capitalista internacional; una incipiente, débil y escasa diversificación agrícola (se hace necesaria una reforma agraria radical y profunda que destruya la tenencia de la tierra en manos de los latifundistas y terratenientes), como también artesanal, manufacturera e industrial, estas últimas casi siempre ubicadas en el sector I, o primario, productor de bienes de capital; sumamente dependientes del comercio exterior porque son economías abiertas y exportadoras, esencialmente, de materias primas (‘commodities’) cuyos precios tienden a comportarse a la baja en el mercado internacional, además, de pagar caros aranceles a los países que envían sus producciones y, a la vez, grandes importadoras de productos-mercancías con alto valor agregado los cuales son más costosos y con menos impuestos arancelarios, debido a las desigualdades en el intercambio económico, comercial y financiero con el resto del mundo y, principalmente, con las metrópolis del Norte capitalista desarrollado.

Equivalentemente, se hereda altos niveles de pobreza, precariedad, desempleo, subempleo y una economía de la escasez propiciada por la manquedad del Producto Interno Bruto (PIB), la baja productividad y el asedio hostil de las fuerzas del capital endógenas y exógenas; añadiéndose un espíritu y mentalidad colonizada -colonialidad del saber, el poder, el valor, entre otros- en amplias franjas de su población, incluso en aquellos revolucionarios de vanguardia que luchan por desprenderse de tales ataduras colonizantes.

Todo ello conlleva efectos negativos en la esfera política, social y cultural, dados por los elevados por cientos de analfabetismo total y analfabetismo funcional presente en la sociedad; las carencias de un sistema educativo apropiado que potencie los saberes y conocimientos elementales y científicos humanos; el casi ningún acceso a los adelantos científico-técnicos en curso, tampoco a las inversiones de capital foráneos, los créditos y una apertura muy limitada a los competitivos mercados regionales y mundiales.

Algunas decisiones arriesgadas e imprescindibles.

En tal panorama sociohistórico concreto, Lenin y otros marxistas soviéticos e internacionales, previeron y confirmaron la cohabitación imprescindible del mercado, la ley del valor y las relaciones monetarias mercantiles junto a las inconclusas y nuevas formas socialistas de producción de la vida material y espiritual de la sociedad. Un ejercicio complicado que pone en máxima tensión a las fuerzas favorables de la construcción socialistas ante un experimento en que se desconocían, aún son imprecisos, sus resultados.

La concepción leninista sobre la Nueva Política Económica (NEP, 1921-1929) en Rusia, la URSS o la Unión Soviética, incluyó necesariamente a un ‘capitalismo de Estado’ en la primera etapa de construcción socialista, para sustituir al coyuntural, ya obsoleto y contraproducente sistema de ‘contingentación’ del ‘comunismo de guerra’ -impuesto en las complicadas condiciones de la Guerra Civil y agresión de más 14 potencias extranjeras (1918-1923)- con el fin de superar el atraso secular ruso y convertir al país en industrialmente desarrollado, lo que desató desde entonces colosales y duraderas discusiones, incomprensiones e interpretaciones diferentes por parte de muchos dirigentes políticos y cientistas sociales que no percibieron la complejidad del alcance y magnitud de la propuesta.

La NEP significaba un novedoso contenido-procedimiento de y desde la POLÍTICA, en su amplio significado espectral, que incluía las diversas formas de Propiedad, por supuesto lo Económico, lo Jurídico-Constitucional, la Ideología y la Cultura, todas con mayúsculas, en la dirección económica socialista, a través de la participación democrática esencial de los Soviets [Estado y Gobierno], el Partido de vanguardia, y los Sindicatos, (27) que junto a todo el pueblo consciente, debían planificar, participar, codirigir, regular y controlar el proceso de las relaciones mercantiles (entiéndase el insustituible mercado, las inversiones de capital foráneo, los variadas modos de propiedad -la fundamental era la estatal-, y la ley de valor) (28) y hacerlo trascendiendo más allá de la lógica reproductiva del metabolismo social del capital, lo que constituía de por sí una difícil pero posible ‘hoja de ruta’ hacia la construcción, jamás finiquitada, de una Economía Política del y para el socialismo, vía la transformación comunista, tarea aún pendiente de elaboración. Por eso, el líder comunista soviético afirmó que “(…) el desarrollo del capitalismo controlado y regulado por el Estado proletario (…) es capitalismo de Estado proletario”, “(…) ‘de Estado’ en este sentido de la palabra”. (29)

Ante la original teorización y práctica estratégica leninista -que no sólo era una táctica temporal- muchos se opusieron de manera rotunda por considerarla una concesión a la burguesía y el capitalismo, mientras otros la apoyaron a medias, con titubeos, por no valorarla en su integralidad y totalidad. Los debates se acrecentaron con otras ideas acerca de cómo construir el socialismo, por ejemplo, el logro de una acumulación originaria, luego ampliada, para la obtención de ganancias-beneficios del Estado proletario y ponerlos a disposición del pueblo. (30)

En 1929, Iosif Stalin, Secretario General del partido desde 1922, quien en vida de Lenin la ‘apoyó’ sin demostrar su abierta aversión a la misma, determinó darle un fin abrupto, en realidad eliminándola de la agenda socialista soviética, liquidando de paso, a través, del silencio, la prisión y la muerte a gran parte de sus seguidores y simpatizantes, imponiendo al pueblo soviético un sacrificio enorme en aras del acelerado proceso de colectivización forzosa en la agricultura y la también obligada industrialización del país, ambas totalmente estatalizantes que, paradójicamente, fueron decisivas en la victoria militar del Ejército Rojo y la sociedad multinacional soviética en su lucha liberadora contra el nazismo y el fascismo en la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), que liberaron, además, a otros países y pueblos del continente europeo, con una repercusión global trascendente.

En 1936, al aprobarse la ‘Constitución’ de la Unión Soviética, la máxima dirección del país, bajo la tutela de Iósif Stalin, también decidió voluntaristamente que se había dado por concluida la construcción socialista, sin comprender que era una abstracción y especulación ideologizante que no se correspondía con la realidad.

Porque las vías de la consolidación del tránsito socialista en un solo país o un número reducido de estos, en concordancia con la ley del desarrollo desigual, (31) tiene que salvar enormes distancias para propiciar el crecimiento y desarrollo de las fuerzas productivas, pero no con el objetivismo historicista y determinista (“la inviolabilidad de las leyes objetivas e inexorables de la historia”), que, paralelamente, practica un pragmatismo-utilitarismo que está presente en la razón instrumental burguesa, ni puede ser jamás el resultado automático de procesos y decisiones de carácter económico, sino que requiere de una consciencia ideológica, política y cultural, materializadas hegemónicamente en las masas populares, como masa crítica y sujeto revolucionario de la transformación social e individual.

Es sumamente dañina la visión unilateral de la complejidad de la transformación revolucionaria de la sociedad, colocando en un plano secundario y olvidando la dimensión político-cultural de la misma, que constituyó un grave error estratégico que se cometió en la Unión Soviética y el resto del campo socialista.

No significa que el socialismo venza, que por si es una necesidad histórica de profunda connotación política, sino que se mantenga en el poder por un tiempo prudencial, fortaleciéndose incluso, pero que, a la larga, tiene que ser apoyado solidaria e internacionalistamente por las victorias socialistas en otros países, a nivel regional y mundial, y si estas naciones pertenecen al mundo desarrollado mejor.

Esa percepción es correcta y no menoscaba los enormes esfuerzos en los intentos de construirlo en un país o grupo de ellos, pero aún es insuficiente para su éxito pleno como proceso emancipatorio humano y de justicia social. La «construcción del socialismo» en un solo país es, por tanto, un imposible, y sólo se hará factible cuando el proceso histórico hacia el comunismo tienda a ser un proceso universal.

De tal manera, se pusieron en evidencia, junto a la introducción escolástica del materialismo dialéctico y el materialismo histórico, el diamat y el hismat, (32) división artificial y simplista de la teoría de la praxis marxista que, los presupuestos dogmáticos, burocráticos y doctrinarios, obcecados y solipsistas en resumen, que se enarbolaron históricamente en nombre del marxismo, a través, de enfoques rígidos, vulgares, manualescos, miméticos, mecanicistas y escolásticos rancios, obstruyeron realmente los intentos de abarcar original, creadora y dialécticamente las dinámicas y conflictos en la construcción contextual específica de los diversos socialismos y condujeron, a mediano y largo plazo, a graves errores teóricos y prácticos que devinieron en rotundos fracasos y derrotas en muchos procesos de transición socialista.

En 1968, Fidel Castro Ruz, arremetió contra los manuales soviéticos, declarándolos de “anacrónicos” y, por separar, en un enorme abismo “las concepciones generales y la práctica, entre la filosofía y la realidad”, y proveer representaciones equivocadas sobre “cómo se debe construir el comunismo”. Tal apreciación del líder cubano, contra el antimanualismo no se refería a la práctica de usar textos pedagógicos para la enseñanza, “sino a una manera de pensar el socialismo, por la cual se suscitaban desavenencias con algunos países que “tienden a mirar como oveja descarriada al pueblo que no siga el caminito trillado”. (33)

Al mismo tiempo, Fidel, un antidogmático y antisectarista convencido, criticó en innumerables de ocasiones cómo los revolucionarios, principalmente las izquierdas latinoamericanas, proseguían su eterna lucha a lo interno contra las tradicionales políticas de los apóstoles vanguardistas, las capillas sectarias y dogmáticas, las ideologías de agrupaciones políticas y sociales portadoras de teorías y accionares que pretendían interpretar y, por ende, poseer la “verdad” única y absoluta acerca del desenvolvimiento de la historia real de la sociedad.

Así, el 10 de octubre de 1991, expresó: “…Nos percatamos de que una parte de los problemas que teníamos era como consecuencia de la copia de experiencias de los países socialistas, puesto que fueron los primeros y los que alcanzaron un enorme prestigio, no todo malo ni mucho menos, sería injusto decir eso. Siempre hay experiencias útiles en muchos campos que pueden utilizarse, pero desgraciadamente en nuestro país se cayó en una tendencia a la copia mecánica; todo lo que de allí venía era sagrado, todo lo que venía de allí era incuestionable, todo lo que estaba en un librito era indiscutible. Esa tendencia se desarrolló con notable fuerza y lo digo sinceramente no con poco desagrado por parte de algunos de nuestros compatriotas”. (34)

Estas equívocas perspectivas doctrinarias ahogaron, además, los debates contradictorios y enriquecedores, alrededor de los disímiles textos polémicos, algunos con sus lógicas limitaciones, así como los distintos criterios críticos y autocríticos, que eran capaces de propiciar la autosuperación conceptual y praxiológica de la propia concepción materialista de la historia, teoría de la praxis o brújula para la acción marxista y leninista.

El poco conocido y extenso tránsito o construcción socialista hacia el comunismo que requiere de una certera y combinada estructuración entre los elementos de la participación, eficiencia, autonomía y la equidad no ha podido, laboriosa e ingeniosamente, ser construido hasta hoy desde una nueva hegemonía ética política, civilizatoria y cultural. Mostrándose fehacientemente los déficits democráticos, porque si bien la libertad de pensamiento fue un “(…) tema heredado de la burguesía (…) El marxismo dogmático retrocedió asustado ante el tema. Careció de imaginación democrática, y sin ella se pierde la condición revolucionaria”, (35) y también por la corta de miras estratégicas política-culturales, el empobrecimiento teórico, carencias éticas, la ineptitud de los dirigentes saturados por el dogmatismo, el burocratismo tecnócrata y el divorcio con el pueblo.

Por tales motivos, el tránsito socialista urge, permanentemente, de rectificaciones, innovaciones, actualizaciones, hasta reinvenciones, que conduzcan a enrrumbamientos más acertados, según los probables yerros en su concepción y aplicación práctica, acaecidas en los disímiles cambios históricos políticos coyunturales de la vida real; la restauración del consenso y la hegemonía popular, que recorre perpendicularmente la reconstrucción y el fortalecimiento, estudio riguroso mediante, de las añejas, nuevas e imperativas alianzas socioclasistas y entre las diferentes estratificaciones sociales, y, por ende, la recomposición del consenso nacional – popular, con el objetivo de recuperar y resignificar al unísono, la hegemonía marxista y leninista socialista/comunista; así como el restablecimiento, en el seno societario, de la comprensión de la articulación ad infinitum del ideario y accionar marxista y leninista, en plural, con lo mejor de las tradiciones revolucionarias históricas, políticas y culturales de cada nación, región e internacionalmente, la síntesis crítica de los aportes de otras escuelas y corrientes de pensamiento y praxis, -hoy podemos apropiarnos de algunas visiones positivas de la Teología de la Liberación, la Pedagogía Popular, la Filosofía de la Liberación, al Pensamiento Crítico, los saberes de los pueblos ancestrales y de los movimientos populares, sociales y políticos, etc.-, junto a los legados de las revoluciones acontecidas y los pensadores comunistas de todos los tiempos.

 *Dr. en Ciencias Históricas Orlando Cruz Capote, Investigador Auxiliar del Instituto de  Filosofía, Citma – Cuba.

Tomado de: La Pupila Insomne

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