11 de marzo de 1949: Profanación de la estatua de Martí.

Por: Israel Valdés Rodríguez*

En medio de la podredumbre política que sufría el gobierno de ese entonces, la noche del 11 de marzo de 1949 ocurrió la profanación al Monumento del Apóstol, José Martí, por parte de tres marines norteamericanos.

El día antes, arribaron al puerto de La Habana varias unidades de la Marina de Guerra de Estados Unidos. La noche del viernes 11, como era costumbre, los tripulantes de las embarcaciones se lanzaron a las calles capitalinas e inundaron los bares, garitos y prostíbulos que proliferaban por doquier.

Luego de escenificar una escandalosa juerga a todo lo largo del Paseo del Prado, tres de los marines yanquis totalmente borrachos se aproximaron a la estatua del Maestro, José Martí, ubicada en el Parque Central y, entre gritos y burlas, comenzaron a trepar por el monumento.

En un artículo del periodista Julio García Luis, en el periódico Granma, de fecha 12 de marzo de 1973, se narra el acontecimiento de la siguiente manera:

“Uno de los salvajes, Richard Choinsgy _ agilidad y mente de primate _ logró encaramarse en los hombros de la efigie de Martí, utilizándola como urinario público.

La afrenta parecía condensar todas las humillaciones, desvergüenzas y frustraciones causadas por los imperialistas yanquis a nuestra patria en el transcurso de más de cinco décadas.

La reacción del pueblo fue enérgica e inmediata. Decenas de ciudadanos que se encontraban en los alrededores se movilizaron al instante contra los vándalos, tratando de ajustarles cuentas en el propio escenario de la fechoría. Pero simultáneamente arribó al lugar la policía, que al instante tomó bajo su protección a los “marines” emprendiéndola a “gomazos” contra el indignado público.

Mientras la ira popular iba en aumento, y la noticia de lo ocurrido se propagaba como un reguero de pólvora bajo la cálida noche habanera.

Al llegar a la estación de policía, ya eran cientos los ciudadanos que se agolpaban frente a la gendarmería, exigiendo un ejemplar castigo contra los energúmenos yanquis, Sus protectores, uniformados de azul, tuvieron que tender un cordón policiaco, a fin de introducirlos en el edificio. Bajo la tremenda tensión que agitaba a las enfurecidas masas, estallaron nuevos incidentes. Botellas y vasos volaron contra la estación en señal de protesta, y nuevamente se desató la represión contra el pueblo, agrediéndolo a palos, culatazos y con disparos al aire para que se dispersara.”

Al día siguiente muchos periódicos burgueses ni siquiera decían una palabra acerca de los hechos; otros reducían su alcance. La burguesía y el gobierno de Carlos Prío temían a la reacción de las masas populares, que podía disgustar al amo imperialista. Su servilismo era ilimitado.

Y continúa García Luis su narración: “Mas sucedió lo imprevisible: un fotógrafo había logrado captar el instante exacto en que los marines yanquis cometían las depredaciones en el monumento del Parque Central, y ese día, en su edición, el periódico HOY y otro rotativo desplegaron la imagen insultante, que fue como una bofetada en pleno rostro del Pueblo.

Aquella imagen recorrió el país de una punta a otra, como una descarga eléctrica. De la ciudad de La Habana se apoderó un estado de agitación e indignación que se respiraba en todas partes. Viejos sentimientos afloraban en una mezcla de odio, asco, impotencia y deseos de hacerles pagar bien caro a los yanquis la salvajada cometida”.

El movimiento estudiantil y su organización de combate, la FEU, dio inicio a las acciones de repudio popular. En horas de la mañana, un numeroso grupo de estudiantes realizó un acto de protesta frente al edificio de la Embajada de los Estados Unidos. Entre los jóvenes allí presentes estaba el estudiante de Derecho, Fidel Castro Ruz.

Posteriormente, los estudiantes universitarios publicaron una declaración condenatoria por la indignante ofensa de los marines yanquis al Héroe Nacional, José Martí.

Mientras, el gobierno de Estados Unidos se limitó a tratar de presentar “excusas” ante las autoridades cubanas por intermedio de su embajador, quien además patentizó la hipocresía yanqui cuando en la tarde del día 12, junto al Ministro de Estado, Carlos Hevia, depositó una corona de flores en la estatua del Parque Central a manera de “desagravio”. Dicha corona fue retirada y hecha pedazos por el pueblo que no aceptaba aquellas “comedias dramáticas” montadas por la oligarquía dominante y el imperialismo.

El colmo de la sumisión se evidenció cuando el Senado de la República, verdadera plaga de politiqueros corruptos, desaprobó una moción de protesta presentada por ofensa a Martí, con la bochornosa votación de 29 votos en contra y 1 a favor.

Días después se daba a conocer la noticia de que la sanción impuesta por los tribunales yanquis al marino Richard Choinsgy, el principal culpable en los hachos del 11 de marzo, había sido de: ¡Quince días de confinamiento en su buque! Una burla más hacia el pueblo cubano.

No obstante, esta indignante ofensa sirvió para demostrar los profundos sentimientos patrióticos y antimperialistas de la juventud cubana y el pueblo en general.

 

 

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