#Cuba Mártires de la patria , asesinato de “El Curita”.

Por Israel Valdés Rodríguez*

Sergio González López “El Curita”, nació en Aguada de Pasajeros, el 29 de octubre de 1921. Sergio perteneció a una familia fervientemente católica. Mercedes, su hermana menor, fue monja, y su hermano Efraín estudió unos años en el seminario. Pero fue él quien estuvo a punto de hacer realidad el sueño de su progenitora, Victoriana López, de tener un hijo sacerdote. Solo que cuando llevaba más de 10 años en el seminario, conoció a la futura madre de sus hijos. Comprendió que no tenía vocación para el celibato y abandonó la intención sacerdotal.

En 1945 comenzó a trabajar como inspector secreto en el transporte urbano, primero en los tranvías y luego, cuando ellos desaparecieron, en la empresa Autobuses Modernos. Llegó con 23 años, aún con la huella latente de la educación religiosa, lo cual provocó que sus compañeros lo bautizaran con el sobrenombre que lo acompañó el resto de su existencia: “El Curita”.

En la Havana Electric Railway Company encontró un ambiente laboral beligerante. Tres tendencias sindicales se enfrentaban en confrontaciones que podían llegar a la máxima violencia. No obstante, ese Curita que algunos subvaloraron, resistió las tentaciones de la corrupción y el vértigo del peligro. Se hizo dirigente sindical y se enfrentó valientemente a los desmanes de los gánsteres sindicales. Ello motivó que al proponerse su candidatura para secretario general del sindicato, los trabajadores lo apoyaran calurosamente, y resultó electo por abrumadora mayoría. No obstante, los elementos gansteriles le arrebataron el triunfo, extrayendo de la urna los votos favorables. Posteriormente, estos grupos, valiéndose de las posiciones que detentaban, lograron que Sergio fuera separado de su cargo de inspector de tranvías.

Estando a cargo de una pequeña imprenta en la Plaza del Vapor, imprimió 40 mil volantes contentivos de un manifiesto con motivo del asalto al Cuartel Moncada y los distribuyó por toda la capital. En el texto se llamaba a la juventud cubana a apoyar la acción del 26 de julio. Con este documento se iniciaría en la propaganda revolucionaria.

En 1955, cuando los asaltantes salieron de la prisión, Sergio se entrevistó con Fidel, le comunicó su deseo de pertenecer al Movimiento recién fundado y puso su imprenta de Galiano y Reina al servicio de la causa revolucionaria. En ella se editaron clandestinamente manifiestos, boletines, bonos, periódicos, y todo tipo de propaganda contra el régimen opresor, incluyendo” La Historia me Absolverá”. La imprenta se convierte en un hervidero revolucionario y el 30 de noviembre de 1956 el SIM asalta y clausura el local.

El 13 de marzo de 1957, al conocer de la existencia de un camión abandonado con armas, que no había participado en el asalto al Palacio Presidencial, Sergio, en unión de Machaco Ameijeiras acudió a rescatar el vehículo, para enviar su cargamento a la Sierra Maestra.

En mayo de 1957 es apresado en la calle Sol y Egido, fue torturado y de ello quedó sordo del oído derecho, es encarcelado en el Castillo del Príncipe y organiza una huelga de hambre en protesta por los presos en la Isla de Pinos. Por el riesgo que ello significaba para su vida, su pequeño hijo le escribió una carta rogándole que suspendiera el ayuno, más la respuesta del padre fue concluyente: “si yo muriera por esta causa, tú tendrías que sentirte orgulloso de mi; pero si por cobarde la traicionara, cuando fueses grande tendrías vergüenza de decir que eres hijo mñio; pero a mi si me interesa, mucho, que ustedes sean valientes y honrados, que sepan exigir sus derechos aunque les cueste la vida, para que no sean esclavos en su patria. Si tuvieras unos cuantos años más estarías conmigo luchando por la paz soñada o estarías en la Sierra Maestra, con Fidel, empuñando el fusil, por la libertad de la patria, y si te negaras a eso no podrías decir que eres hijo mío.”

“El Curita” se fugo de la cárcel el 22 de octubre de 1957. El Movimiento 26 de Julio lo nombró Jefe de Acción y Sabotaje en La Habana.

Después de su audaz fuga de El Príncipe y bajo su mando como jefe de Acción,  procedió a seleccionar los objetivos económicos a golpear y dirigió el famoso sabotaje a los tanques de combustible de la refinería norteamericana de la Esso Standard Oil, asociada a la Shell británica Belot (hoy Ñico López), cuya negra humareda durante varios días mostró a los habaneros que la lucha se reactivaba.

También organizó el sabotaje a la conductora del acueducto de Vento, la destrucción de documentos financieros en la Cámara de Compensaciones, el boicot a unidades de la empresa eléctrica y otros lugares. Faustino Pérez, entonces jefe del M-26-7 en la capital, calificaba a Sergio como “el alma organizativa, el activista principal” de esas acciones. “Era un pilar fundamental del Movimiento -añadía- y comandaba una de las fuerzas más aguerridas y audaces.”

La famosa noche de Las Cien Bombas a fines de 1957 la organizó para demostrar que la tiranía no podía controlar la ciudad y exigió a todos que no podía provocar heridos, como no los causó, en la población.

Los órganos represivos lo buscaban con ferocidad para asesinarlo. El 11 de marzo, en vísperas de su asesinato, sostuvo una reunión en el parque próximo al cine Mónaco, con Moisés Sio Wong, enviado entonces desde la Sierra Maestra por el Comandante en Jefe, para ordenarle que debiera abandonar la capital e incorporarse al Ejército Rebelde.

En las montañas orientales Fidel percibía el gran riesgo que corría y conociendo sus méritos, su lealtad y firmeza a toda prueba, trataba de preservarlo para los aún más complejos periodos y batallas que vinieron después.

Sergio, le pidió a Sio Wong, que transmitiera a Fidel, que respetaba sus órdenes pero que aún percatándose del peligro que lo amenazaba, de la difícil situación existente, consideraba que su deber y su lugar de combatir estaban en la ciudad que conocía. Se sentía entusiasmando por el auge que había cobrado la lucha en La Habana en los pocos meses que llevaba al frente de los Grupos de Acción del MR-26-7 y pensaba que su presencia era necesaria en vísperas de la huelga general que se preparaba, imbuido que iba a ser un golpe mortal para la tiranía y no creía que debía abandonar a sus compañeros.

Así se quedó y continuó preparando y organizando a los combatientes. Era sumamente desconfiado con los lugares de reunión clandestinos. Tomaba las precauciones requeridas e insistía y exigía a que todos lo secundaran en esas prevenciones. Sabía lo que dañaba una casa clandestina tomada por la policía a donde podían acudir compañeros confiados y caer prisioneros. Se había fugado meses antes espectacularmente de la prisión de El Príncipe y escapó fracturándose un pie al lanzarse por una ventana de un segundo piso en una casa del Vedado huyendo de un cerco policial.

Cuando le enyesaron el pie y le advirtieron que no podía caminar en varias semanas pues podía correr el riesgo de cojear, con las consecuencias de una ulterior intervención quirúrgica si no tenía paciencia, ordenó al médico ponerle un tacón a la bota y dijo tajante que la Revolución no podía esperar y deambuló así a todos lados. Con su bota, cojeando, preparó en la casa de la doctora Isabel Rico Arango, los artefactos explosivos que estremecieron la ciudad la famosa noche de las cien bombas.

Tenía todo preparado para que el 19 de marzo comenzara la cadena de acciones, con el objetivo de alcanzar el clima de insurrección en la ciudad y después llamar a la huelga general. Una contraorden obligó a posponer la fecha. Toda la mañana del día siguiente la invirtió en moverse entre las casas donde aguardaban los diferentes grupos para informarles de la suspensión.

Era poco más del mediodía, Sergio le había dicho a Maño que tenía una reunión a la una en el bar Primavera, en la calle Carlos III y Perseverancia. Pero cuando avanzaban por la calle 21, en el Vedado, llegando a K, exclamó de pronto: “Para ahí, voy a ver a esta gente un momento”.

No aceptó que Maño lo acompañara, salió desarmado y dijo que no se demoraba más de media hora.

La imagen de El Curita alejándose con su traje de paño azul fue lo último que de él vio Manuel Blanco. La casa “había volado”. Desde la noche anterior el apartamento 7 del número 420 de la calle K, estaba tomado por el Buró de Investigaciones y todo el que llegaba era detenido.

Ni con las vejaciones, golpes y mutilaciones lograron arrancarle la más mínima información. Violando medidas de seguridad, ninguno de sus subordinados cambió de escondite: confiaban en que no había fuerza humana capaz de hacer hablar a El Curita. Por uno de sus victimarios se supo después que en la madrugada del día 19 de marzo, cuando lo bajaron del auto en un lugar apartado del Reparto Altahabana, ante la inminencia de su fin, se abrió la camisa ensangrentada y los retó: “Tiren, tiren que aquí hay un hombre”. Así murió este ejemplar combatiente.

Otros inmolados.

En la noche del 19 de marzo de 1958, Arístides Viera González conducía un automóvil; a su lado iba Elpidio Aguilar Bravo, y en el asiento trasero Pedro Gutiérrez Hernández y Rogelio Perea (Rogito). Los cuatro con la misma intención de atacar a alguna perseguidora o ejecutar a algún esbirro para demostrar la indignación producida por el asesinato de Sergio González López (El Curita). Al llegar a Quinta Avenida y 42, se encontraron con una perseguidora a la que de inmediato atacaron disparándole con sus pistolas; se inició la persecución, que muy pronto se realizó con varios autos policíacos. Al llegar a la rotonda del Coney Island chocaron contra un contén, viéndose forzados a abandonar el auto. Rogito y Pedro disparando sus armas, corrieron en una dirección, mientras Elpidio y Arístides lo hicieron hacia otra, logrando llegar hasta un almacén donde intentaron inútilmente refugiarse, pero fueron detectados, por lo que tuvieron que seguir combatiendo hasta agotar las municiones, ya llegada la madrugada del 20 de marzo, cuando fueron acribillados ambos a balazos. Dos jóvenes más que sacrificaron sus vidas en aras de la libertad de su patria. Elpidio tenia al morir, 33 años, y Arístides, 31 años.

 

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