Gana el neofascismo y pierde #Brasil


Jair Messias Bolsonaro, militar de reserva y político de ultraderecha, ganó la presidencia de Brasil en segunda vuelta con un 55,24 % de los votos, en un significativo avance del neofascismo en esa nación suramericana, cuyas consecuencias se harán sentir en el resto de América Latina, el Caribe e, incluso, en varias naciones del orbe.

Bolsonaro, graduado de la Escuela de Educación Física del Ejército, donde obtuvo los grados de capitán, tiene como vice al general retirado Hamilton Mourao, quien mantiene un discurso similar al del mandatario electo, en el que predominan las expresiones racistas, xenófobas y machistas.

El izquierdista Fernando Haddad, del Partido de los Trabajadores (PT), con solo poco más de un mes de campaña, se alzó con el 44,76% de las boletas en el balotaje, lo cual indica la fortaleza que mantiene esa organización apoyada por los movimientos populares y sociales.

Poco después de conocerse los resultados, Haddad participó en una concentración de seguidores en la que confirmó su decisión de continuar en la lucha política «hasta dar la vida si es preciso» para evitar el surgimiento de una dictadura militar, y prometió hacer un recorrido por el país para explicar al pueblo la persecución de que es víctima el PT y el peligro de perder lo que queda de la deteriorada democracia brasileña.

El dirigente izquierdista de 45 años, académico, exministro de Educación de los dos gobiernos de Luiz Inácio Lula da Silva y exalcalde de Sao Paulo,  confirmó que siente el coraje del pueblo y que él estará junto a quienes se oponen al ultraderechista, y convocó a la lucha contra la represión.

Bolsonaro se apoyó en una juventud en especial evangelista, que no conoció el régimen militar (1964-1985) pero que declaran ante los medios que «en dictadura se vivía mejor» y que es necesario «sacrificar» algunas cosas para lograr un repunte económico, uno de los argumentos del presidente electo para defender, si fuera necesario, la intervención de los militares en el Estado.

Al contrario de lo que se espera de un electo presidente, Bolsonaro, padre de cinco hijos, tres de ellos políticos activos, no festejó la victoria con sus votantes, sino que desde su hogar hizo una corta intervención en la que enarboló el fundamentalismo religioso y el falso nacionalismo.

Este misógino neofascista, evangélico, viejo camaján político, conoce las conexiones internas de su país con Estados Unidos y el entreguismo de su predecesor Michel Temer, quien reinició la política neoliberal dejada atrás en el 2001 por Lula da Silva y Dilma Rousseff durante 13 años de gobiernos izquierdistas.

Quienes lo conocen dedujeron que sus palabras forman parte de una premeditada falsedad, pues él conoce que Brasil se ha convertido en una nación dependiente de EE.UU., interesado en que no se instalara de nuevo un gobierno progresista en el Palacio de Planalto, y buscando las hendijas para apoderarse de los grandes recursos naturales del gigante suramericano.

La mayor nación latinoamericana ratificó oficialmente sus vínculos con Washington durante el período gubernamental de Temer, quien permitió –algo insólito en la nación- operaciones militares conjuntas con tropas norteamericanas en la zona del Amazonas, un lugar sagrado para los nacionales, que siempre han impedido la presencia foránea en una región repleta de riquezas.

En sus palabras, transmitidas en redes sociales, alejado de su público, lo que también hizo en su campaña electoral  –por lo que se ganó el sobrenombre de Trump tropical–, Bolsonaro aseguró que hará un gobierno para todos, lo cual contradice sus intervenciones contra importantes grupos de la sociedad brasileña.

En opinión del analista político Betto Almeida, quien participó en un programa especial de Telesur sobre los comicios, el excapitán, diputado federal durante 28 años consecutivos y uno de los soportes del golpe de estado parlamentario de 2016, tendrá un gabinete en el que al menos pondrá tres altos cargos en manos de castrenses.

Para Almeida, como también para otros politólogos consultados por la cadena multinacional, Bolsonaro es un ultraderechista político aprovechado por la oligarquía nacional para enviar a la población un mensaje de mano dura, pero que carece de inteligencia y de un programa propio para enfrentarse a un candidato como Lula da Silva en presidenciales.

El golpe de estado a Rousseff forma parte de un plan urdido por los capitales nacionales en complicidad con Washington para darle continuidad a la reconversión hacia la derecha de gobiernos progresistas latinoamericanos.

De ahí que se acusara al expresidente Lula –que ganaría fácilmente las elecciones de este domingo, según indicaban las encuestas- de corrupción institucional, por lo que fue condenado en un fraudulento juicio a 12 años y un mes de prisión que cumple en Curitiba, estado de Paraná.

El pasado 5 de septiembre, y luego de una lucha incesante del PT, primero, para evitar el encarcelamiento y, luego, para obtener el permiso para inscribirlo en la boleta presidencial, el Supremo Tribunal Electoral decidió suprimirlo de la eventual candidatura que le llevaría de nuevo a la victoria.

A partir de esa fecha es que Haddad, quien hubiese sido su vicepresidente, puso en marcha su campaña, en un tiempo insuficiente para contrarrestar la poderosa maquinaria de Bolsonaro, quien se apoyó en programas de Internet pagados, como se comprobó, por el mundo empresarial y con el aparataje mediático a su favor.

El diario Folha de Sao Paulo reseñó hace unos días que empresarios financiaron ilegalmente la campaña del excapitán, enfocada en noticias falsas en redes sociales y WhatsApp, plataformas en las que tuvo electores en auge: los jóvenes.

Un futuro oscuro e impredecible aparece en Brasil, la mayor economía de América Latina y el Caribe, que posee compromisos internacionales de suma importancia para el equilibrio geopolítico, como el Grupo Brics, al que también pertenecen Rusia, India, China y Sudáfrica.

Bolsonaro tomará posesión del cargo el próximo 1 de enero, junto a su nuevo tren ministerial.

A las elecciones de este domingo fueron convocados 147 millones de ciudadanos, al igual que para la primera vuelta efectuada el pasado día 7.

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