Planeta en peligro.

Planeta en peligro

“La naturaleza agoniza. El índice planetario de agua dulce registra una disminución del 83 % en comparación con 1970, y en igual período desapareció el 60 % de las especies vertebradas. Especialmente en los trópicos y en particular en América del Sur y Central, con 89 % de pérdidas. El reino animal vive el peor momento de toda su existencia”. Tales certezas son fruto de estudios expuestos en el Informe Planeta Vivo 2018, publicado en los últimos días de octubre por World Wide Fund for Nature (WWW), ONG ambientalista con más de cinco millones de asociados y la correspondiente red de activismo global.

Con datos y consideraciones de este tipo en diferentes medios difusivos se aderezó Urban 20 (U20), evento que por primera vez reunió a los alcaldes de una treintena de ciudades del mundo. La sede fue Buenos Aires, donde por igual va efectuarse este noviembre la Cumbre de Jefes de Estado y Gobierno de los países con mayor desarrollo. Esa otra cita puede resultar influida por premuras como las que encabezan estas consideraciones. Se lo propongan o no, los imperativos de los problemas relacionados con el cambio climático aparecen con carácter de urgencia, relacionados con o por encima de otros asuntos importantes.

Se imponen contenidos como la integración social en el entramado urbano de cada localidad, particularmente de quienes peor la pasan, o cuestiones cada vez más influyentes en cualquier foro de importancia, si se respeta, como lo referido a la mujer, sus derechos y acceso a las esferas de poder, y los no menos itinerarios sobre el mundo del trabajo y la financiación para proyectos humanos impostergables.

“La agenda de conservación de la naturaleza no solo tiene que ver con el futuro de tigres, pandas, ballenas y toda la extraordinaria diversidad de la vida…” —afirma el análisis de la WWW, y aclara la imposibilidad de “un futuro saludable, feliz y próspero para las personas que habitan el Planeta si se desestabiliza el clima, se agotan los océanos y los ríos, se degradan los suelos y se acaban los bosques, todos despojados de su biodiversidad, la red de la vida que nos sustenta”. Los expertos exhortan a un pacto hombre-naturaleza, para impedir la inminente anulación recíproca, de mantenerse los patrones de consumo y sobreexplotación de los espacios terrestres y marítimos.

En el último medio siglo, y de forma crecientemente acelerada, fueron “sacados de los océanos casi seis mil millones de toneladas de pescados e invertebrados” y la contaminación a través de los desechos plásticos envenena los principales ambientes marinos, alertan los exponentes de Planeta Vivo.

Otro grupo, conformado por más de 35 expertos vinculados a instituciones científicas y ecologistas plasman en Missing Pathways to 1.5 (Caminos que faltan para 1.5 grados) lo imprescindible de garantizar la estabilidad y los derechos de campesinos e indígenas, garantes de la preservación unos y de restaurar los bosques naturales los otros. Ellos cultivan a través de la agroecología. Los aborígenes, por medio de acciones propias tienen un intercambio amistoso con la naturaleza.

Los incapaces de apreciar los vínculos de esta forma de vida con la actividad sana para las ciudades no se percatan de los peligros provocados por la comprobada e infeliz merma de la biodiversidad en nuestro planeta.

Algunas comunidades de investigación proponen evitar las emisiones perniciosas antes de que ocurran, modificando los actuales patrones de despilfarro (entre un 30 y un 40 % de cuanto se cosecha se desperdicia), fomentando los cultivos locales (órgano y agropónicos) de las urbes, reforestando, dándole a las comunidades y pueblos indígenas toda la jurisdicción sobre sus espacios originarios (apenas el 20 % en todo el mundo poseen ese ascendiente) y hasta con geoingeniería, puesta en función de ir eliminando la miasma acumulada.

Aludiendo a esos análisis y propuestas se puede pensar que hay un adecuado dispositivo en marcha hacia un manejo saludable de recursos y posibilidades. Pero no es así. Tanto la cita bonaerense que acaba de concluir, como la cercana decimotercera cumbre de las 20 economías más desarrolladas, o en tránsito de adquirir esa condición, proponen estos temas. Ya se verá si de forma práctica, con equivalencia entre palabras, actos y conclusiones.

De momento, la Urban 20 fue convocada a partir de propuestas de la alcaldesa de París y presidenta del grupo de ciudades C40, Anne Hidalgo, en concordancia con su similar en Argentina, Horacio Rodríguez Larreta. El pasado año, ambos se dispusieron a encauzar este tipo de encuentros, teniendo como base los acuerdos climáticos alcanzados en la capital francesa en el 2016.

Se piensa que aunando esfuerzos de esta escala será posible influir sobre los diferentes gobiernos del G20, en cuanto al modo de abordar los temas y realidades urbanas, a tono con los Objetivos de Desarrollo Sostenible, el Convenio sobre Diversidad Biológica o el propio Acuerdo de París, imprescindibles en cualquier inventario a evaluar en lo adelante.

El realismo se impone pues —de ello están convencidos los estudiosos— la crisis climática no anda sola. Le acompañan fenómenos sociales (empleo, salud, empoderamiento femenino) inductores de otras tantas perturbaciones en campos y metrópolis. La paulatina desaparición de las poblaciones de abejas, encargadas de polinizar las plantas, aparece en estos debates en condición de un dramático grito de alerta lanzado por la naturaleza. No escucharla resultaría suicida. Así de simple.

 

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