Propiedad, riqueza y socialismo #Cuba #HacemosCuba

https://i0.wp.com/razonesdecuba.cubadebate.cu/wp-content/uploads/2018/12/green-money.jpgPor Michel E. Torres Corona

Los artículos publicados sobre la concentración de la propiedad y de la riqueza han suscitado una polémica saludable y muestra de ellos son los comentarios que han dejado plasmado aquellos lectores que han concordado o no con lo escrito. Ya sea para hacer alguna recomendación, opinar o incluso para tildar de “absurdos” los argumentos del que suscribe, el cúmulo de observaciones y juicios llaman a volver sobre el tema.

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Contra la concentración de la propiedad

Y contra la concentración de la riqueza también

Cuando me refería, a manera de recurso retórico, al hipotético dueño de “quince barberías”, se hacía evidente la postura de favorecer no tanto a ese hipotético hombre de negocios sino a los barberos mismos. Pero la frase tuvo resonancias funestas. El ejemplo más claro lo brinda un comentarista cuando afirma: “El problema es que los barberos no van a tener donde trabajar si alguien no crea y administra las barberías, crea los empleos y paga impuestos para que el Estado los invierta en proyectos sociales.”[1]

Al parecer, no se confía en la capacidad de un barbero de abrir su barbería, en el más prístino afán cuentapropista. ¿No hay más lógica para la economía que la lógica empresarial? ¿No hay otra solución o recurso que la de apelar a la “visión” de los “hombres de negocios”?

Es preferible que las quince barberías sean propiedad de sus quince barberos (esto también es un recurso retórico, ¡ojo!), y no valoro como atinado que se pretenda sustituir los postulados del socialismo real sobre la propiedad estatal (“dentro del Estado todo”) con la filosofía neoliberal del capitalista dadivoso que crea empleos y conduce la economía de una nación.

Muchas veces se cita el principio de distribución socialista “de cada cual según su capacidad y a cada cual según su trabajo”, pero no se profundiza en su alcance y contenido. Se alude frecuentemente a la idea de que, si procede de “trabajo honrado”, la concentración sobre la propiedad y la riqueza es un estatus legítimo. Se agregan como excepciones las “violaciones legales” como la evasión fiscal y el lavado de dinero, e incluso se suele mentar a la corrupción.[2]

Pero, ¿no sería más lógico que se fomentara en el ámbito de los pequeños negocios la verdadera autonomía personal? Yo creo que los barberos estarían muy contentos si así fuera. Y con las barberías pasa lo mismo que con todos los “pequeños negocios”: ¿por qué no pueden ser los dueños del restaurante las mismas personas que trabajan en él, y que son los que producen los beneficios?

Otro comentarista concluye: “¿De dónde sale esa elite? Si es del trabajo honrado bienvenidos sean.” ¿Trabajo honrado? ¿Élites? ¿En serio?

Incluso en las formas de propiedad estatal se debe trabajar en pos de una mayor socialización. Que los trabajadores de una empresa participen en la elaboración de su presupuesto o que tomen parte en la toma de decisiones sobre el destino de la entidad a la que pertenecen son un comienzo atinado para estos propósitos, en concordancia con los principios de democracia socialista que se enarbolan en la vigente Constitución y en el proyecto de reforma constitucional a aprobarse en referendo popular el próximo 24 de febrero.

Puede ser, como dice otro forista, que “nadie se ha hecho millonario con un restaurante”. De lo que se trata en la Cuba de hoy es que no existan las condiciones objetivas para que esos dueños de negocios no concentren en sus manos propiedad y riquezas que les permitan ingresar en una élite plutocrática que ponga sus intereses por encima de los de la mayoría, y logre condicionar los destinos políticos de nuestro país.

La típica defensa de que “si lo hace según las leyes” es incoherente, porque cuando se trata de modificar esa legislación en beneficio de la mayoría esos paladines de la “legalidad” se muestran muy descontentos. Y es que es algo inevitable: el Derecho es un fenómeno de intereses contrapuestos. Como diría Adam Smith, a quien citábamos en un artículo anterior, los intereses de los acaudalados siempre abogarán porque el Estado proteja su estatus de confort, aun cuando sea en detrimento de los más.

En algunos comentarios se puede ver una reticencia con el término “prohibir”, al que se intenta suplantar con otros más “amigables” como “ajustar”, “controlar” y “regular”. Para fundamentar este eufemismo, se ejemplifica con Viet Nam y China: “Estados fuertes, que regulan y controlan, que ponen bien las reglas”.

En otros comentarios se puede ver, a su vez, la lógica de eliminar el artículo 22 del proyecto de Constitución, en el que se plantea que “el Estado regula que no exista concentración de la propiedad”. Uno de los foristas incluso planteó: “intentar regular la concentración de la riqueza (…) se convertiría en la práctica en un absurdo de hecho y de Derecho que derive en una innumerable cantidad de violaciones, ilegalidades y corrupción en cualquier nivel y lugar.”

Así, olímpicamente. No se puede regular la concentración de la riqueza ni tampoco de la propiedad, porque si se intenta regular todo se va a pique. Para fundamentar esta lógica, se ejemplifica también con Viet Nam y China.

¿Incoherencia? ¿Falta de información? ¿Influjo de la subjetividad? ¿Cómo puede ser que se ejemplifique con los dos mismos países ejemplos tan dispares? ¿Por qué se nombran las mismas naciones para defender la “regulación” y la desregulación?

Haría falta un estudio pormenorizado de los modelos económicos de estas dos naciones asiáticas que aún se llaman socialistas. No es el objetivo de este artículo ni se cuenta con el espacio para ello. Pero se pueden dar algunos datos. En 2015 el número de habitantes de China que vivían sumidos en la pobreza extrema representaba el 7% de la población pobre del mundo, más de 400 millones de personas. Actualmente, en las zonas rurales aún hay más de 70 millones de personas que viven por debajo de la línea de la pobreza nacional. Según Oxfam, el crecimiento de la riqueza y la desigualdad de ingresos, especialmente entre las zonas rurales y las urbanas, también ha contribuido a agravar la situación.

Y todo esto, en la que se considera por muchos la primera economía del mundo.

¿Quiénes elogian las políticas públicas de China? Pues los discípulos de la “doctrina del shock”, los alumnos y adoradores de Milton Friedman, los modernos Chicago Boys. Para ellos, la clave del éxito chino está en la reducción del peso del Estado en la economía y la entrada de nuevos “competidores” en el escenario nacional. La situación de los trabajadores en las fábricas de Nike, radicadas en territorio chino, puede ilustrar al respecto.

No es menos cierto que el gobierno chino se ha trazado estrategias para eliminar, al menos, la pobreza extrema. Pero esas estrategias no han tenido un impacto en lo que se conoce como el coeficiente de Gini, que mide la desigualdad. Aunque la Oficina del Grupo Dirigente de Reducción de Pobreza y Desarrollo del Consejo de Estado de China informó sobre la reducción anual de la pobreza, que se ubica en al menos 13 millones de personas, persiste el deplorable estado de muchos millones de personas y el enriquecimiento ostensibles de otros. Se calcula que en China hay, al menos, doce millones de millonarios.

Napoleón solía decir de China: “Cuando este gigante despierte, el mundo temblará”. Y lo dejamos ahí.

Vietnam, por su parte se encuentra clasificado como un país de renta media baja por el Banco Mundial. De la población total vietnamita, al menos 13 millones aún viven en la pobreza y muchas otras permanecen cerca de la línea de la pobreza. La reducción de la pobreza, que en los años ´90 fue ostensible, ha comenzado a desacelerarse. Y la brecha entre ricos y pobres se  sigue agrandando.

Según un estudio de la consultora inmobiliaria británica Knight Frank, 200 vietnamitas ostentan el estatus de ultrarricos (con un patrimonio superior a los 30 millones de dólares), cuatro veces más que en 2006, cuando solo eran 50 los que pertenecían a este selecto club.

El propio secretario general del Partido Comunista y futuro Presidente de Viet Nam, Nguyen Phu Trong, ha reconocido en varias ocasiones que las diferencias sociales se agrandan mientras muchos miembros del partido llevan un estilo de vida lujoso.

Martí dijo en 1875, en una frase poco conocida y poco citada, que “(…) la ciudad donde hay muchos ricos es, sin embargo, miserable, y son en ella, el comercio débil, los cambios difíciles, la atmósfera densa, e inextinguible el odio que despierta en los cuerpos vestidos de harapos, la presencia continua de los desocupados vestidos de riquezas”. Años más tarde, en 1892, afirmaría: “El necio desdeña la riqueza pública, o pretende mantener la riqueza de unos sobre la miseria de los más”.

Frases tan desafortunadas (y repetidas, casi que de forma mecánica) como “evitar la concentración de la pobreza, más que de la riqueza” o “si el gobierno se dedicara a combatir la pobreza con tanto ahínco como combate la riqueza” ilustran sobre la necedad de algunos, que intentan esbozar la idea del “capital infinito”, en la que los ricos seguirán siendo ricos, y los pobres se irán enriqueciendo con el tiempo. Toda una novela romántica en la que al final, la sociedad en su conjunto disfruta feliz de un banquete en la que cada ciudadano es millonario y vive según las reglas del “american dream”: con casa, auto, personal doméstico, trabajo de oficina, fines de semana en la playa…

¿Será que puede haber millonarios sin que existan pobres?

Se nos acusa de “absurdos” porque no se cree que en nuestro sistema se pueda llegar a concentrar tanta propiedad y riqueza. Pero es que nuestro sistema no es una entelequia política, es la expresión concentrada de determinadas relaciones de producción. Si no atajamos a tiempo el problema, perfectamente podremos enrumbarnos en el ominoso camino de otras naciones tan pobres como la nuestra pero en la que viven con todos los lujos ciertos “emprendedores” y señores con mucha “visión de futuro”.

Y no es que se niegue la generación de riqueza en función de la no concentración. Al contrario, apoyo el proyecto de Constitución aun cuando admita formas de explotación inherentes a la propiedad privada, porque se entiende que es imposible forjar un modelo económico a espaldas del panorama mundial. Cuba no es una ínsula que flota en el espacio. Pero eso no puede ser la excusa para que se admita que nuestro país se convierta en otra república bananera de millonarios felices y mayorías empobrecidas.

Tampoco se trata de la vieja fórmula del “igualitarismo”. No estamos propugnando ese maniqueo “todos somos iguales” que tanto se le endilga a los proyectos socialistas. Queremos un país sin paternalismos pero con políticas de equidad.

Para algunos comentaristas existen otras soluciones. Se llegan incluso a considerar variantes tremendamente idealistas, como la “buena educación escolar y familiar” o de que “la pobreza no está en lo material, no está en el dinero: la pobreza está en la persona, en su capacidad para crear riqueza e intercambio a beneficio mutuo.” Estas consideraciones, que discriminan a los pobres por una supuesta “incapacidad” no son más que viejas fórmulas de validar a los ricos como esa clase elegida, esa aristocracia selecta que se ha construido un estatus superior a fuerza de “inteligencia, talento y perseverancia”. Los pobres somos pobres porque somos tontos u holgazanes. El mundo le debe todo a Bill Gates, a Jeff Bezos, a Zuckerberg y a Larry Page, porque sin ellos no habría Microsoft, ni Amazon, ni Facebook, ni Google.

La filosofía del objetivismo de Ayn Raynd campea a sus anchas, y hay mucho explotado que idolatra al explotador.

En el ámbito de las ciencias y la innovación, un comentario que llamaba la atención decía: “Se imaginan una persona que crea un invento, algo novedoso que aumenta la productividad en una esfera cualquiera y que por supuesto le va a dar ganancias pero cuidado: mejor te la guardas no vaya a ser que te acusen en el futuro de ´´pasarte´´ en ganancias.” Para estas personas, científicos como Jorge Berlanga son incompatibles con sus apreciaciones sobre la realidad.

La mejor respuesta la dio Jonas Salk, cuando le preguntaron quién poseía la patenta sobre su vacuna contra la polio: “No hay patente. ¿Se puede patentar el sol?”. Hay un mundo más allá de la lógica liberal y de esa realidad construida a la medida de las necesidades mercantiles de una selecta élite.

Concluyo con el comentario de Visorcubano: “Los que viven del sudor ajeno se preocupan porque les limitan sus ansias capitalistas y los que antes y ahora no tenemos más que el diario vivir, sólo nos queda trabajar y exigir nuestros derechos, para eso se perfecciona la Constitución.”

[1] A los comentarios que se citan se le han hecho correcciones ortográficas y gramaticales, para mejor comprensión del lector.

[2] Al respecto, encontramos interesante un comentario de Tahimí Hernández Juárez, que apunta a una propuesta de adición al proyecto de reforma constitucional: “Todo el que vaya a ocupar un cargo público o que dirija una empresa estatal, particular o mixta, una asociación o entidad de capital nacional o extranjero, hará una declaración real de su capital inicial y su origen, y anualmente, así como al término de su mandato, exponiendo un informe sobre su patrimonio, fuente, ingresos y erogaciones legales lo cual será fiscalizado por la Contraloría Estatal, la que determinará lo que en derecho proceda.”

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