¿Por qué Carlos Manuel de Céspedes es el Padre de la Patria? #Cuba #DíaDeLosPadres #HistoriaDeCuba

La progenitura de Céspedes, muchas veces vulgarizada por una tradición escolar que se ha dictado, radica, únicamente, en el sacrificio de su hijo Amado Oscar y en aquellas famosas frases de hombre público; o en la liberación de sus esclavos, constituyen el centro de estas líneas.

Esos argumentos, si bien devinieron los de mayor importancia para granjearle el merecido epíteto, distan mucho de explicar de forma cabal la significación del primer presidente de la República de Cuba en Armas para la historia nacional.

Y es que en la figura de Céspedes convergen no solo el hombre liberal, el abolicionista o el poeta, sino también encontramos al masón, a quien rinde tributo a la matrona de Cuba, al civilista, al estratega, al político. Facetas que lejos de dividir al ser, lo complementan, y que resultan parte esencial y enriquecedora del porqué es, y por derecho tiene que ser, el Padre de la Patria cubana.

Válido resulta comentar, para adentrarnos en la cuestión, que el alzamiento del 10 de Octubre no fue resultado del ímpetu irracional de un grupo de hombres comandados por Carlos Manuel de Céspedes. Este, heredero de una tradición independentista que se extiende desde las ideas precoces de Félix Varela, la poesía patriótica de José María Heredia, hasta las liturgias masónicas de Vicente Antonio de Castro, ante el temor del descubrimiento de la insurrección, no se detuvo a pensar cómo desenredar el nudo de los problemas de Cuba y, cual Alejandro Magno, lo cortó de un tajo.

En este sentido, el Dr. Cs. Rafael Acosta de Arriba ha llamado la atención a que nos referimos a un “rebelde en potencia que 17 años antes del 10 de Octubre de 1868 consideró y maduró permanentemente la idea de la ruptura con España a través de una rebelión” [1](p. 24). Un hombre que, como muchos otros, no necesitaba la revolución, pero que se alzó por amor al decoro y la virtud.

De esclarecedores calificaríamos aquellos versos de su poema “Contestación”, publicado en un periódico habanero en fecha tan temprana como 1852: Somos los minadores que una brecha abren pausados en la noche oscura.

Por otra parte, la cuestión de la abolición de la esclavitud y el tratamiento del presidente al tema racial formó parte de su agenda y reflexiones. Con respecto a ello, baste decir que la liberación de sus propios esclavos y el acto romántico de llamarlos hermanos muestran a la historia la que devendría condición sine qua non de la independencia: la abolición de la esclavitud, porque Cuba libre es incompatible con Cuba esclavista.

No puede verse en la liberación de sus esclavos un hecho meramente simbólico. La tradición oral dicta que, si bien Céspedes fue propietario esclavista, estos recibían tratamiento muy humano en todas las propiedades del bayamés. Además, su defensa de los esclavos mientras se desempeñaba como Síndico por Ayuntamiento de su ciudad natal, le mereció el epíteto de abogado de los negros.

Ahora bien, sin restarle la debida importancia, no se ha hecho el necesario énfasis sobre la tragicidad del acto del que nació, en definitiva, el Padre de la Patria. De aquel funesto acontecimiento quedan sus palabras de hombre público:

Todos son mis hijos, señor, y menguado sería ante mi corazón y mi conciencia si por salvar la vida de uno de ellos, comprometiera la de los restantes.

 

Por su parte, la reivindicación del humano la encontramos en la intrépida novela de Evelio Traba, El camino de la desobediencia. En esta, se rasga el fino velo de lo conveniente para confrontar el sentir del “Presidente” y el sentir del hombre, del padre, del amigo; confrontación que a mi parecer alcanza la cúspide en las ideas que se exponen cuando Céspedes conoce de la muerte de su hijo Oscar, por lo que cito in extenso:

“(…) El Presidente debe convertir este siniestro en un episodio digno de la memoria (…). Sabes que toda proyección del hombre público es pura falacia, puro alarde ante la Historia. Tú ahora deseas no haber sido nunca el Presidente, sino un patriota de oscuros y medianos servicios (…) Tu corazón ansía otro camino, otro camino apartado de lo predecible y lo heroicamente correcto. Tú pondrías por encima de cualquier cosa el hecho de que se te permitiese llorarlo y sepultarlo con tus propias manos; el resto es mentira, el resto es diplomacia” [2].

Finalmente, nos referiremos a los símbolos encontrados en la figura histórica. De no menos relevancia resulta el hecho de que Carlos Manuel ostentaba, cuando se alzó en armas, el grado más alto de la escala jerárquica de la masonería del Gran Oriente de Cuba y las Antillas (GOCA), serie de logias que se sustentaban sobre “todo un sistema ideológico elaborado por un hombre de vasta cultura política (Vicente Antonio de Castro) que propugnaba abiertamente en sus liturgias la independencia absoluta del poder colonial” [3] (p. 97). Esto fortalece la idea ya defendida al inicio de estas palabras.

Es útil también conocer que Céspedes inició las luchas independentistas postrado a los pies de la Virgen de la Caridad del Cobre, matrona de todos los cubanos. Por otro lado, no escapó a la inteligencia de José Martí el respeto cespedista a la ley, pues entendió (y parafraseo) que quien llegó a ser primero en la guerra fue, por lo demás, el primero en el respeto a la ley; fundador, a juicio de Rafael Acosta de Arriba, de nuestra tradición civilista.

Así, con una imagen de la virgen en el pecho, tolerante ante los cultos de sus exesclavos (les permite que toquen la tumba francesa), masón, liberal, abolicionista y aristócrata de refinadísimos modales, el bayamés muestra una convergencia única de símbolos forjadores que fecundan la historia de Cuba. De la misma Cuba que, personificada en la tumba de aquel, le agradece y extiende al busto marmóreo, una hoja de laurel [4].

[1] “Estamos hablando de un hombre que desde 1851 estuvo pensando en un levantamiento armado contra España, y que en 1885 diseñó la toma de Bayamo y Manzanillo por medio de una insurrección” (p. 24).

Acosta de Arriba, R. (2018). Carlos Manuel de Céspedes revisitado, en vísperas de su bicentenario. Honda 52 (enero-abril, 2018), pp. 17–27.

[2] Traba, E. (2018). El camino de la desobediencia. La Habana: Ediciones Boloña.

[3] Acosta de Arriba, R. (2018). Los silencios quebrados de San Lorenzo. La Habana: Casa Editorial Abril.

[4] Se refiere a la escultura de la tumba de Carlos Manuel de Céspedes, en el Cementerio de Santa Ifigenia.

Tomado de Cubadebate

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