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El humanismo marca la diferencia entre Cuba y Estados Unidos

Miles de médicos de más de 120 países se han formado en Cuba, como parte de uno de los programas más humanos y solidarios desarrollados en la Isla, la formación de profesionales de la Salud. Foto: Tomada de granma.cu

 Los enemigos de la Revolución han pensado muchas veces -erróneamente- de que Cuba se encuentra en un callejón sin salida y que en cualquier momento sucumbe. He ahí el error.

La nación caribeña vuelve a dar muestras de capacidad de resistencia, entre otras razones, por la renovada filosofía de que los tejidos del quehacer económico están basados en el enorme caudal de conocimiento creado por el país.

Desde luego, ese potencial bien orientado hacia las prioridades trazadas por el país puede aportar mucho, en medio de las privaciones que impone el bloqueo yanqui, el más brutal que haya sufrido país alguno en el mundo.

Son varios los momentos de aleccionadores ejemplos de Cuba para destruir la doctrina de Estados Unidos sobre el anunciado colapso del proyecto social, edificado en sus mismas narices.

La mayor potencia imperial anuló la cuota azucarera en los mismos albores del triunfo revolucionario y Cuba siguió en pie por la solidaridad internacional, encabezada por la extinta Unión Soviética y otros países socialistas de Europa del Este, a través del Consejo de Ayuda Mutua Económica (CAME)

El florecimiento de la economía en la década de los ochenta del pasado siglo se vio truncado por el descalabro y desunión de esos países, pero Cuba siguió en pie afrontando serias privaciones que impactaron en el pueblo.

Nuevos escenarios marcaron un giro, desde la prestación de servicios de salud a naciones que los necesitaban y el fomento de la industria turística que favorecieron, en cierta medida, el ingreso de moneda convertible, junto a otros proyectos de inversión extranjera en marcha.

El alocado presidente norteamericano Donald Trump, enfurecido por la realidad cubana y su influencia moral en el mundo, insiste en anular el ejemplo de Cuba, de ahogar económicamente a sus habitantes, con las medidas expansionistas y extraterritoriales hacia terceros países como si fuera el dueño y señor del planeta.

Un espaldarazo a la equivocada e irracional política norteamericana acaba de dar Cuba con las anunciadas medidas para fortalecer la economía, haciéndolas acompañar de incrementos salariales en el sector presupuestado.

Hace pocas horas, en el resumen de la visita del Consejo de Ministros a Pinar del Río, el presidente Miguel Díaz-Canel Bermúdez sostuvo: “Todo lo que podamos aportar para potenciar la producción nacional, disminuir las importaciones y tener más ingresos para el país va a ser muy importante”.

Gracias al cerebro colectivo de la Revolución, sintetizado en las ideas de los líderes históricos y de los rejuvenecidos dirigentes que los acompañan, es posible dar la nueva lección a favor del pueblo, robustecida durante las visitas a las provincias, tras escuchar el sentir de la nación a través de eventos obreros y otros congresos y de algo muy especial que Fidel siempre tuvo en cuenta: el estado de opinión de la población.

En las calles, al menos lo percibimos en Camagüey, la provincia de mayor extensión territorial en Cuba, el ambiente es de optimismo y de seguridad, de que lo que avancemos depende de todos, aunque siempre los habrá, los menos, aliados del sueño americano, que digan que las medidas están condenadas al fracaso.

Así no piensan el millón 470 mil 736 personas del sector presupuestado que recibirán el incremento salarial, con un costo estimado de 7 mil 50 millones de pesos anuales, como tampoco los hombres y mujeres en número de un millón 281 mil 523, acogidos a la seguridad social, quienes percibirán el incremento en el orden de 700 millones.

Previendo que estas medidas favorezcan el nivel de vida del pueblo se ha planteado que ni el sector estatal y el no estatal podrán aumentar los precios de los productos, y que en consecuencia, se aplicarán regulaciones de control.

En la medida que transcurren las horas y la población se adueña de conocimientos a través de los medios de difusión masiva, está clara de que este incremento no es una reforma salarial, proceso al que el país se encaminará más adelante, incluida una reforma de precios, la unificación monetaria y la eliminación de los subsidios.

Al fracaso están condenados todos los augurios imperiales, volverán a estrellarse con un pueblo que —en estos sesenta años de Revolución en el poder— ha dado muestra de fortaleza moral.

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