#Cuba Dos mujeres, un ideal revolucionario #TenemosMemoria

Uno de los mayores hechos de crueldad de la dictadura de Batista fue el asesinato, después de horribles torturas, de las combatientes Lydia Doce y Clodomira Acosta.

El 12 de septiembre de 1958 fue un día tenebroso para estas dos humildes mujeres cubanas. Decenas de esbirros, montados en autos patrulleros, fueron conducidos por un delator, a un edificio de la calle Rita, en el reparto Juanelo, en La Habana.

Allí se escondían Lidia y Clodomira, revolucionarias vinculadas a la lucha en la Sierra Maestra. También se encontraban en aquel inmueble sus compañeros de ideales Alberto Álvarez, Reynaldo Cruz, Onelio Dampiel y Leonardo Valdés.

Los cuatro combatientes resultaron acribillados salvajemente ese propio día. Reynaldo recibió nada más y nada menos que 52 balazos, según se pudo comprobar luego en la morgue.

Mientras, las dos mujeres fueron sacadas a la fuerza y transportadas sucesivamente a dos estaciones de policía. A partir de ahí recibieron incontables torturas, imposibles de describir.

Lidia contaba al morir con 42 años de edad, cumplidos por aquellos días, y era mensajera y persona de total confianza del Comandante Ernesto Che Guevara.

Sobre ella escribiría más tarde el Che: “Cuando evoco su nombre hay algo más que una apreciación cariñosa hacia la revolucionaria sin tacha, pues tenía ella una devoción particular hacia mi persona (…) llevó a Santiago de Cuba y a La Habana los más comprometedores papeles, todas las comunicaciones de nuestra columna, los números del periódico El Cubano Libre, traía también el papel, traía medicinas, traía, en fin, lo que fuera necesario…”.

Clodomira solo tenía 22 años y se desempeñaba como eficaz mensajera del Jefe de la Revolución, Fidel Castro, al mando de la Columna No. Uno José Martí, con cuartel general en La Plata, Sierra Maestra.

Ambas habían nacido en la zona oriental del país, la primera era de Holguín y la segunda de Manzanillo. Cumplían las más riesgosas y difíciles misiones y eran reconocidas por ser valientes, audaces, de mucho temple y coraje, fieles a la causa que defendían con amor. Gozaban también de una total confianza de la dirección del Movimiento 26 de Julio, tanto en las lomas como en los llanos.

Después de tanto dolor, sin sacarles ni una sola palabra, en la madrugada del día 15, ya moribundas, metidas en sacos llenos de piedras las subieron a una lancha, en el puesto naval al fondo del Castillo de La Chorrera en el área de La Puntilla, y ya en mar afuera, a una milla de distancia de la desembocadura del río Almendares, las hundían en el agua y las sacaban, hasta que, al no obtener tampoco resultado alguno, en la madrugada del día 17 las dejaron caer al mar, donde desaparecieron sus cadáveres.

Su silencio y las torturas a las que ambas fueron sometidas las hermanaron, en el noble propósito del logro de la causa justa por la que habían brindado sus años de juventud y hasta su vida. Tres meses después triunfaba gloriosa la Revolución anhelada y por la que tanta sangre hermosa se había derramado.

El ejemplo y los nombres de Lidia Acosta Y Clodomira Ferrals no han sido olvidados. Los cubanos, en especial las mujeres, saben de su heroísmo y grandeza y por eso la sitúan en lo más alto del sitial heroico de la Patria.

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