#Cuba Máximo Gómez: guerrero de la libertad

El capitán general español Arsenio Martínez Campos lo llamó «el primer guerrillero de América» y el brigadier Armiñán, «el que más valía de nuestros enemigos». Mientras nuestro José Martí, quien le conociera el alma y junto a él desembarcaría por Playitas de Cajobabo, afirmaba que de una mirada se bebía un campamento.

Nació Máximo Gómez Báez en Baní, Santo Domingo, el 18 de noviembre de 1836. Con 29 años, en 1865, se trasladó a Cuba, a la finca El Dátil. El 16 de octubre de 1868, seis días después del grito de Independencia o Muerte de Carlos Manuel de Céspedes, en Demajagua, se incorporó a las huestes insurrectas con el grado de sargento. Ya el 18 de octubre era mayor general, y el 4 de noviembre dio la primera carga al machete en Ventas de Pino de Baire, enseñando a los cubanos a utilizar el machete como arma de combate.

Guerrillero audaz, aplicó de manera brillante la guerra irregular y supo utilizar el conocimiento del terreno y el clima cubano para enfrentar y derrotar a fuerzas enemigas que le superaba en número y pertrechos de guerra: «Mis mejores generales: junio, julio y agosto», afirmaba el Generalísimo.

Soldado austero y jefe exigente, tuvo Gómez un valor a toda prueba. Uno de sus discípulos, el joven general mambí Enrique Loynaz del Castillo, muchas veces testigo de ese valor, dijo elocuente: «Sus cabellos, más blancos que la humareda de los fusiles, a vanguardia siempre, nos señalaban en el combate el camino del honor».

No fue hombre de estudios, pero escribía con soltura. Su carta de pésame a María Cabrales por la muerte de Antonio Maceo es de una belleza extraordinaria; como hermosa y marcial es la arenga que hace en el potrero de Lázaro López, cuando la Invasión a Occidente.

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A María le escribe: «Con la desaparición de ese hombre extraordinario, pierde usted el dulce compañero de su vida, pierdo yo al más ilustre y al más bravo de mis amigos y pierde en fin el Ejército Libertador a la figura más excelsa de la revolución. Usted que puede -sin sonrojarse ni sonrojar a nadie-, entregarse a los inefables desbordes del dolor, llore, llore, María, por ambos, por usted y por mí»

Y en Lázaro López, el 30 de noviembre de 1895, arenga así al contingente invasor: «Soldados libertadores de Cuba, hasta ahora nada hemos hecho, si se compara con lo que vamos a hacer. Es ahora que la guerra va a empezar; en sus filas que veo tan nutridas la muerte abrirá grandes claros. No os esperen recompensas, sino sufrimientos y trabajos. El día que no haya combate será un día perdido, o mal empleado…»

Al producirse la intervención militar norteamericana en Cuba y los sucesos nefastos que lleva a su destitución como General en Jefe del Ejército Libertador, escribe Gómez a los asambleístas: «…Extranjero como soy, no he venido a servir a este pueblo, ayudándole a defender su causa de justicia, como un soldado mercenario; y por eso desde que el poder opresor abandonó esta tierra y dejó libre al cubano, volví la espada a la vaina, creyendo desde entonces terminada la misión que voluntariamente me impuse. Nada se me debe y me retiro contento y satisfecho de haber hecho cuanto he podido en beneficio de mis hermanos. Prometo a los cubanos que, donde quiera que plante mi tienda, siempre podrían contar con un amigo».

Ese desprendimiento suyo. Esa lucha sin vanidad ni aspiraciones personales, le llevaron a apartarse de la vida política cubana cuando más falta le hacía a la Revolución: «Yo luché para liberar a Cuba no para gobernarla», dijo el banilejo ilustre al negar su aspiración a la presidencia de la República.

Fidel Castro, el 26 de julio de 1985, destacó a Máximo Gómez, como «[…] una de las figuras internacionalistas más prestigiosa de la historia de América Latina». Una conceptualización acertada que cobra mayor actualidad en los tiempos convulsos que corren, donde el internacionalismo altruista, entendido como el darse a los demás a cambio de nada, está siendo vilipendiado y calumniado por los elementos más extremistas de la derecha fascista latinoamericana.

José Martí lo consideró «Dominicano de nacimiento, cubano de corazón», y Eusebio Leal, en ocasión del aniversario 104 de su fallecimiento, dijo del Generalísimo: «Es realmente Gómez un paradigma del servicio a la nación, al pueblo. Como ha exclamado Fidel: combatiente internacionalista, hombre que cuando llegó a Cuba, a esta isla minúscula, creyó que lo hacía por la humanidad. Ese sentido de humanidad estaba en su corazón».

Hoy, cuando se cumple otro aniversario del natalicio de este grande latinoamericano, conviene resaltar sus cualidades de hombre íntegro, que lo dio todo por su Patria de adopción, esta Cuba que le acogió como a un hijo y en cuya tierra descansa en paz.

Paradigma de internacionalismo y entrega a la causa de la independencia cubana y latinoamericana, Máximo Gómez, como Bolívar, Martí, Fidel y Chávez, nos sigue siendo necesario.

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