#Cuba Las enseñanzas de aquel 4 de marzo, hace 60 años

Esto que cuento, tal película de terror o trágica ficción, se convertía en la realidad de un pueblo que avizoraba así cuán difícil seria defender y construir el camino elegido, entre todos, con todos y para todos.

Una explosión estremece el puerto de La Habana. Cientos de personas corren de forma desordenada, como aterrorizadas. Otras toman aliento y van hacia el lugar de los hechos y se prestan a ayudar tras haber comprobado que se trataba de un acto mortal del que salían ya heridos caminando, otros en brazos de quien más cerca estaba, mientras comenzaban a recuperarse trozos de personas que habían volado hacia la nada.

Una segunda explosión resuena entonces y refuerza el desespero, el llanto, aumentan las víctimas, se confirma lo que ya se imaginaba: un acto despiadado, un crimen se gesto y tras el, la indignación y el dolor, el humo y las cenizas, la sangre y la furia de lo inevitable: 101 inocentes perecían, la cifra de herido era incontable.

Cuba entera se unió como una sola aquel 4 de marzo y los días posteriores. Y esto que cuento, tal película de terror o trágica ficción, se convertía en la realidad de un pueblo que avizoraba así cuan difícil seria defender y construir el camino elegido, entre todos, con todos y para todos.

La explosión del buque la Coubre llegó hasta las propias entrañas de la nación soberana que emergía, antimperialista como nunca antes, y transmitió al mundo muchos mensajes: Cuba exigía su derecho a comprar armas y apertrecharse para defenderse donde y cuando lo creyese pertinente, sobre todo si se tenía tan cerca al país más poderoso del mundo con unas ansias insatisfechas por seguir siendo dueño – al costo que fuera necesario – de la fruta que siempre apeteció y que perdió.
Pero también de aquellos días surgieron las Milicias, hombres y mujeres de pueblo que desde entonces se prepararían en todos los órdenes de la vida militar para estar dispuestos a defender la Revolución que apenas había triunfado, que daba sus primeros y que en los días y meses posteriores al siniestro tomó las medidas más radicales que se habían dictado en la historia del país desde que se inició la guerra de liberación en 1868, aquellas que iban poco a poco tejiendo y fortaleciendo nuestra libertad como nación.

La Coubre, incluso para los que sabemos de lo que allí ocurrió desde la distancia temporal de décadas, dejo tantas alertas y enseñanzas, que hoy los historiadores, los milicianos y hasta los abuelos – como el mío – hablan siempre de aquel hecho con un nudo en la garganta, con una mezcla de valentía y dolor incalculable, con un raro orgullo de la unidad de un pueblo que respondía con dignidad y justicia a la barbarie.

La guerra de aquellos días contra Cuba – como la de los años posteriores – salvando las distancias y diferenciando los métodos, es la misma que nos hacen hoy: la del terror, la asfixia económica, las amenazas y manipulación, la del desprecio y el irrespeto a nuestros símbolos, la sicológica, en fin, es contra la vida misma de un pueblo que no sabe lo que es arrodillarse.

No nos engañemos. Quienes la promueven, la pagan y la organizan hoy lo han demostrado: estarían dispuestos para pisotearnos, a perpetrar tantos hechos como los de aquel 4 de marzo terrible, hace ya 60 años.

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