Julio Antonio Mella, el faro sereno #Cuba

Se alude mucho a su última frase, ya en el umbral de la muerte, en México, pero acaso una variante de ella serviría también para definir el sentido de su primer día: ¡Vivo por la Revolución!, bien parece sugerirnos aquel niño que alumbraba La Habana el 25 de marzo de 1903. Había nacido Julio Antonio Mella.

Era mucho más que el carisma que aún precede su nombre. El conversador agradable, el deportista exitoso, el galán admirado… supeditó esos atributos no a frivolidades transitorias, sino al trazado de profundos emblemas que todavía honran la nación cubana: la creación de la FEU y la fundación del Partido Comunista. ¡Qué manera que enamorar/se, por generaciones, de la causa de un pueblo!

Entonces, Mella fue el más alto líder estudiantil con que contáramos no porque encestara, como pocos, las pelotas, sino porque nos plantó en las universidades la semilla de la lucha y porque supo, con Martí al centro, encontrar el espacio de distantes marxistas barbudos en las ansias de Cuba. Él les dio a Carlos, Federico y Vladimir machetes mambises para nuestra causa.

«Cuando hablo de José Martí siento la misma emoción, el mismo temor, que se siente ante las cosas sobrenaturales», dijo una vez evocando el rugir de sensaciones que le provocaba el Maestro pero, al cabo, él terminaría inspirando en los jóvenes emociones similares.

Llegó hace 117 marzos y aún parece un faro sereno bajo su sombrero. Los muchachos del Alma Mater pueden cosechar, bajo los escalones, letras de sus manifiestos contra la injerencia yanqui, anécdotas de congresos, pasajes de la Universidad Popular, historias de amor y respeto con el viejo Baliño, secretos del «ligar» a esa novia extraordinaria. A nadie extrañe que alguno de ellos vaya al busto de enfrente, a pedirle: ¡Cuenta, Julio!

Marinello lo dijo por nosotros: Conocerlo era creer en él. Así que, cuando del brazo de Tina lo mataron en México con 26 años por cumplir y él dijo aquello de «¡Muero por la Revolución!», todos supieron que la Revolución estaba asegurada. Volvió a Cuba, hecho la ceniza de un patriota y el pueblo, que lo conocía, creyó en el vaticinio caliente de ese polvo. ¡Es imparable una Revolución con tal fertilizante! (Enrique Milanés León)

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