#Cuba El tiempo de los ojos

¿Acabaremos perdiendo la chismosa manía de leer las bocas? Por estos días difíciles, nada resultan los labios –ocultos tras mascarillas y pañuelos– ante los ojos: ese arcaico medio de comunicación que ahora se roba todo el protagonismo de cuanto existe de histriónico y mudo en un semblante.

Hablar con ellos pocas veces fue más que un complemento, una tilde, un vocativo, en ocasiones gerundio y en determinadas caras sarcásticas podría haber significado multiplicar por menos uno a cuanto se formulase con las cuerdas vocales y la lengua. También podía asumirse como gesto de aprobación, de convite zalamero, silenciamiento, decepción, confianza…

Sin embargo, en esta hora y encrucijada, los ojos se subordinan a causas más sublimes. Tropiezan en guaguas, paradas, aceras, elevadores, oficinas… y esgrimen preguntas desgarradoras como “¿Eres tú?” “¿Me reconoces?” “¿Cómo vas llevando esto?”. También se sumen en el penoso “Perdón, te confundí con otro par igual de pardos y comunes, de alguien que, como tú, tenía las cejas felizmente abandonadas”.

Habrá quienes se sientan perdidos en un mundo de rostros mutilados. Vagarán con la incertidumbre de si “acaso son estos, esos, aquellos…” los ojos de quienes conocieron. Se lamentarán hasta la jaqueca de no haber dado atención en su momento, por unos segundos más, al diámetro de cada pupila, a los matices irrepetibles del iris, a los patológicos nistagmos o a los pequeños derrames.

Maldecirán haber aprendido a reconocer a los suyos por la prominencia del mentón, alguna cicatriz en la barbilla, el grado de refinamiento de la nariz, los orificios nasales, los cachetes, las muecas y otros tantos detalles que a estas alturas simplemente ya no se suelen ver.

Y si bien el cabello podría ayudar en eso de la identificación, no nos engañemos y aceptemos de una vez que cualquiera se hace una cola de caballo, se rapa, se peina extraño, se plancha o tiñe.

Con la mirada no corremos el riesgo de lo artificial aunque se aventuren al uso de lentes de contacto, capaces de ampliar la dimensión de los aros o modificar su color. Ningún artilugio lograría que alguien mute la frecuencia de sus parpadeos, moldeada por costumbres nerviosas, o el ritmo con que se desplazan las pupilas antes de posarse.

De algo estamos seguros: tanto en el mercado nacional como en el foráneo, se disparará el valor de los ojos. Cada día valdrá más como ser humano quien sepa dibujar una sonrisa de solo apretar los párpados o pedir disculpas cerrándolos de forma suave. De mayor coste quizás resulten los capaces de confesar a alguien: “eres único en tu especie”, sin mucho más que aplicar el nivel de brillo y agudeza precisos.

Por otra parte, se medirá el grado de sabiduría de cada cual por su capacidad de lectura en ojo ajeno, por poder afirmar que este hombre y esa mujer “tienen mirada de gente buena” o que aquel que se acerca, por la manera en que ve del suelo al frente y del frente al suelo, “está a punto de escupir mentiras”.

Puede que no ocurra mucho y que el mal pase de cerca sin que apenas arañe. Entonces nuestras bocas egocéntricas no tardarían en escapar de la celosa salvaguarda del nasobuco y volverían a la carga en busca del protagonismo usurpado. Los ojos, a su vez, regresarían a sus rutinas fundacionales y todos nos olvidaríamos pronto de que, en cierto momento, fueron todo lo que tuvimos.

Pero, quizás, esto se antoje solo como el comienzo y en poco tiempo no alcancemos siquiera a chocarnos los codos. Tal vez los ojos lleguen al punto de vindicar las metáforas manidas de los poetas de quinta… y termine siendo verdad, a golpe de necesidades, aquello de que con la mirada sí es posible lanzar una caricia.

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