Enmienda Platt: tiro de gracia a la independencia de Cuba

Enmienda Platt: tiro de gracia a la independencia de Cuba

La intervención militar norteamericana en la guerra que libraba Cuba contra España y la posterior firma del Tratado de París pusieron en vilo la Independencia de la Isla, pero realmente fue la Enmienda Platt, quien dio el tiro de gracia al esfuerzo de 30 años de lucha contra el coloniaje, y como consecuencia trajo el nacimiento de una República neocolonial y mediatizada.

Una frase célebre se le atribuye al general José Lacret Morlot, cuando el 12 de junio de 1901 —hace ahora 119 años— la Asamblea Constituyente aprobó, por 16 votos contra 11, la humillante y lesiva Enmienda Platt: “Nos hemos esclavizado para siempre con férreas y gruesas cadenas”.

Otros patriotas también se le opusieron, a sabiendas de lo que representaría para el futuro de Cuba. Juan Gualberto Gómez, el amigo de José Martí, en notoria ponencia expresaba que aceptarla equivalía “a entregarles la llave de nuestra casa para que puedan entrar en ella a todas horas, cuando les venga el deseo, de día o de noche, con propósitos buenos o malos”.

En tanto, Salvador Cisneros Betancourt señalaba: “Que con las dichosas relaciones propuestas a Cuba no tendrá su independencia absoluta (…) porque al aceptarlas, ni tendrá soberanía, ni independencia absoluta, ni será república”.

Todos tenían entera razón, pues el articulado de la Enmienda Platt, apellido del ilustre senador que la presentara al Congreso de los Estados Unidos, no daba ninguna opción a Cuba para ser libre e independiente; al contrario; desde el artículo I hasta el VIII delineaba con claridad las verdaderas aspiraciones del gobierno norteamericano hacia la Isla, que no eran otras que asegurar sus intereses geopolíticos y dejarle las manos libres al capital monopolista yanqui.

La susodicha enmienda les daba el derecho de intervenir en Cuba cuando lo considerasen necesario y estuvieran en peligro sus bienes y posesiones; al tiempo que excluía a la Isla de Pinos de los límites territoriales de la nación cubana. Todo ello sometido a un futuro tratado de relaciones que ratificara ese andamiaje jurídico y evitara su posterior eliminación por sucesivos gobiernos cubanos.

Fue un momento triste en la historia de Cuba. Al olvido quedaban los ideales independentistas y antiimperialistas de Carlos Manuel de Céspedes, José Martí y Antonio Maceo; los cubanos más preclaros. También sepultados en la oscuridad de lo incierto quedaron los miles de compatriotas caídos a lo largo de más de tres décadas de fiera lucha contra la monarquía española.

El escepticismo predominó entre los constituyentes y se impuso la soberbia yanqui. Leonardo Wood dejó bien claro el significado de la ley Platt: “Por supuesto, que a Cuba se le ha dejado poca o ninguna independencia con la Enmienda Platt y lo único indicado ahora es buscar la anexión. (…) La isla se norteamericanizará gradualmente y, a su debido tiempo, contaremos con una de las más ricas y deseables posesiones que haya en el mundo”.

A partir de entonces nacería una caricatura de República y se iniciaba la lucha tenaz del pueblo por su derogación, que sucedería en 1934 con la firma de un nuevo Tratado de Relaciones Permanentes con Estados Unidos, pero que dejaría intacto, hasta los días de hoy, el estigma de la Base Naval de Guantánamo, nacida al calor del artículo VII de dicha enmienda.

Decía así dicho artículo: “Que para poner en condiciones a los Estados Unidos de mantener la Independencia de Cuba y proteger al pueblo de la misma, así como para su propia defensa, el Gobierno de Cuba venderá o arrendará a los Estados Unidos las tierras necesarias para carboneras o estaciones navales en ciertos puntos determinados que se convendrán con el Presidente de los Estados Unidos”.

Hoy, pasados casi 120 años de aquel infausto día en que atenazamos nuestra independencia con gruesas cadenas, como afirmara el general Lacret, el pensamiento plattista no ha dejado de existir entre algunos cubanos, esos sietemesinos, calificados por Martí, quienes atraídos por el perfume que exhala la dependencia hacia Estados Unidos añoran y desean el regreso a aquellos tiempos de Orville Platt, Teodoro Roosevelt y Leonardo Wood.

Contra ese pensamiento culturalmente anticubano y anexionista se opone todo un pueblo que, dispuesto a mantener la independencia lograda con tanto sacrificio, prefiere la estrella que ilumina y mata al yugo del opresor imperialista.

Lamentablemente, el fantasma de Platt, como el de Monroe, nos sigue rondando, por lo que debemos permanecer alertas y atentos y no dejarnos engatusar con cantos de sirenas.

Conviene recordar una estrofa de una décima de aquellos años infaustos en que luchábamos contra la imposición de la enmienda: “Que acabe la intervención/ es lo que quiere el cubano,/ que para aliado y hermano,/ ya son las pruebas bastante/ que si Goliat fue un gigante/ era David un enano!”.

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