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En la actual legislatura de la Asamblea Nacional del Poder Popular, las mujeres son el 53,22% de los diputados. Foto: Ismael Francisco / Cubadebate

Teresita, Beatríz y Yoseili, Yanet, Yelenys y Yunia… Por la cantidad de Y que se repiten en esos nombres, podría pensarse que se trata de un aula escolar cubana de fines del siglo XX o inicios del XXI.  Nada más lejos. Son apenas 6 de las 16 mujeres, que junto a 14 de sus congéneres, conducen hoy los destinos de las provincias cubanas en funciones de gobernadoras o vicegobernadoras.

Hace exactamente veinte años, mientras aprendía periodismo en la revista Bohemia, me asomé por primera vez a los nudos enredados en el acceso de las mujeres al poder público. Entonces, por cada tres dirigentes en Cuba, una era de sexo femenino y representaban apenas el 32 por ciento en los diferentes cargos del país. Hoy superan el 48. Como el célebre dilema del vaso a la mitad, siempre habrá quienes interpreten que no se ha producido un salto definitivo y, en el otro extremo, quienes aseveren que ya todo está hecho.

Fiel a las lecciones de habilidad con las estadísticas, y en días en que hasta las curvas gaussianas han tomado protagonismo, mirar los números en secuencia puede ser un buen ejercicio. Si la Asamblea Nacional del Poder Popular de 1997, por ejemplo, tenía un 22,8 por ciento de diputadas; en 2003 esa proporción ya llegaba al 36 por ciento; en 2011, al 45,2 y, ahora mismo, ya alcanza el 53,22 por ciento. A nivel mundial, Cuba ocupa el segundo lugar en participación femenina en los parlamentos. La línea, claramente, se ha mantenido en ascenso. Igual tendencia confirma la distribución de funciones al frente de los organismos de la Administración Central del Estrado. Y ni hablar de universidades o centros de ciencia.

Durante aquellas indagaciones de hace dos décadas, más de una vez saltaron a la vista noticias y reflexiones, que sobre todo desde la vieja Europa, contaban del uso de cuotas mínimas de mujeres y hombres en las listas electorales o de cupos obligatorios por sexo para las elecciones parlamentarias. ¿Y por qué no?, me preguntaba.

En entrevista con Vilma Espín, la presidenta de la Federación de Mujeres Cubanas reflexionó que las cuotas mínimas acordadas en otros países le parecían acciones afirmativas, que en muchos lugares habían dado resultados y que sus propósitos podían constituir elementos de presión utilizados por las mujeres y las organizaciones de otros países para exigir, sensibilizar a la opinión pública y a los gobiernos sobre esa legítima aspiración.

Pero nuestros referentes son otros, precisó: Son “los logros de las mujeres, sus niveles cultural, técnico y científico; su experiencia, sus probadas capacidades intelectuales y políticas, la sociedad de justicia, de igualdad y verdadera democracia que estamos construyendo y el derecho de mujeres y hombres a conducir sus destinos”.

Como pieza de rompecabezas, la idea de Vilma encajó en el contexto cubano cuando los años y las lecturas ayudaron a diversificar miradas. Ni llegar a una cifra obligada, ni levantar un listón sin consenso social, entrenamiento y cimientos sembrados, hubiera dado iguales resultados en Cuba. Ellas han tomado la delantera entre las personas altamente calificadas, al punto de copar más del 67 por ciento de los puestos técnicos y profesionales. En estos días de noticias, terapias y vacunas han sido femeninos, no por casualidad, muchos de los rostros que han pasado por nuestras pantallas de televisión.

Las cubanas son más de la mitad de quienes trabajan en la economía estatal civil, muchas entre las líderes comunitarias, las agricultoras, las académicas, las maestras y quienes responden con creatividad casi milagrosa ante las vicisitudes de la vida cotidiana.

Especialistas en temas de género en el mundo enumeran tres premisas primordiales para el acceso de las mujeres a los puestos de toma de decisiones: oportunidad de empleo, posibilidades de superación y atención a su salud reproductiva. Mirando solo las cifras podríamos preguntarnos dónde está la pata coja en Cuba. Tampoco quedarían muchas dudas acerca de sus posibilidades en materia de salud sexual y reproductiva, si sumamos el derecho conquistado a decidir sobre el número y el momento de tener bebés, el acceso a la anticoncepción o al aborto legal y gratuito.

¿Es suficiente? Obviamente, no. Detrás de los números asoman vallas, invisibles a veces, que hay que saltar. El camino hacia la igualdad es escabroso.

Estudios académicos y de la Federación de Mujeres Cubanas (FMC) enfocan las miradas, una y otra vez, hacia la desigual distribución de las cargas hogareñas. Suele ser el primer punto en cualquier argumentación sobre los escollos que enfrentan las mujeres cuando deciden ocupar posiciones de poder o incorporarse plenamente al empleo remunerado. Se le suman las tareas de cuidado infantil y de personas mayores, crecientes en una sociedad con un altísimo nivel de envejecimiento demográfico.

Investigaciones diversas acerca del uso del tiempo suscriben esos resultados: el mayor peso de las cargas domésticas continúa recayendo sobre las mujeres.

Según la Encuesta Nacional de Igualdad de Género (ENIG), realizada en 2016,  las mujeres dedican como promedio semanal 14 horas más que los hombres a las labores domésticas, aunque el tiempo dedicado al trabajo remunerado resulta bastante similar.

Ese estudio identifica la planificación y la preparación de comida, junto con la limpieza e higiene de casa, entre las actividades que más tiempo les consume a las mujeres. Lavar ropa y la casi siempre odiada plancha son otras. Los hombres dedican más tiempo a las compras para el hogar –en la calle-, la crianza de animales, los cultivos y las reparaciones caseras.

Las brechas de género se amplían cuando se trata de cuidar niños, personas mayores o incapacitadas. En esos frentes, la participación femenina es de 25,78 por ciento mientras, la masculina, apenas del 12,26 por ciento.

La población cubana no reconoce, según esta Encuesta, la sobrecarga doméstica como un problema para los hombres, una señal de la naturalización de la división sexista del trabajo. También confirma que, a nivel de subjetividades y herencias culturales, sobreviven muchos estereotipos que ponen zancadillas a las mujeres a la hora de llegar al poder, o de ejercerlo. Un 53,6 por ciento de los hombres sigue pensando que “ellos son mejores para negociar”, mientras un 45 por ciento considera que están mejor capacitados “para tomar decisiones”.

Mientras, Teresita, Beatríz y Yoseili, Yanet, Yelenys, Yunia y otras muchas, son más que un rostro de las estadísticas. Entre los calores de agosto, batallan con la COVID-19, las colas, el delito, la necesidad urgente de aprovechar cada centavo del hogar y de la economía y los preparativos para iniciar un curso escolar retador y diferente. Con edades, profesiones y procedencias diversas, comparten una característica común: se lanzaron desde hace años a una carrera con vallas.

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