Las lanzas de un caballero #FidelPorSiempre #Cuba

De todo lo que he leído sobre Fidel, pondría eternamente en mi cabecera las palabras escritas por Eduardo Galeano (1940-2015), quien en su hermosa poética de Espejos dibujó al líder con luces y sombras, como son los verdaderos seres humanos.

En ese retrato dejado por el ilustre uruguayo no aparece el argumento repetido de un ser «invencible», pero sí el de un caballero que se batió por los humildes y ayudó a hacer de «esta isla porfiadamente alegre» la sociedad «menos injusta» del continente.

Me encanta el texto de Galeano porque habla del hombre que no posó para la historia cuando arriesgó su vida incontables veces en eventos cruciales que sobrepasaron las fronteras nacionales. Me gusta porque lo presenta con su energía arrolladora y el magma emanado del ejemplo, dos factores que, cristalizados en el pueblo, contribuyeron a convertir «una colonia en patria».

En las letras del brillante escritor hay, además, referencias a la burocracia, las imperfecciones, los yerros y problemas nuestros. Esos lunares, añadidos a las feroces agresiones externas, hicieron de la Revolución Cubana —que Fidel encabezó durante tanto tiempo— un proceso demasiado particular, sujeto a la mejora constante.

Fue él probablemente quien más ejercitó la autocrítica cuando algo salió mal o a destiempo, cuando una zafra estratégica se quedó corta, cuando diversas tendencias negativas amenazaron con fermentarse en el accionar institucional, cuando algunos sueños hermosos no aterrizaron en la vida práctica de los ciudadanos.

Fue él quien más remarcó que sistemas como el nuestro podían autodestruirse si el vicio comienza a ganarle a la virtud, la vacilación a la entrega, la complacencia al reconocimiento de la pifia.

Acaso por tales verdades, a cuatro años de una partida física que sacudió al mundo, sigamos viendo el índice señalador del Comandante como si nos repitiera que no podemos desandar el mundo con orejeras y que necesitamos una mirada crítica de nosotros mismos, sin darnos lija en el ombligo.

Debe ser también por eso que continuemos tratando de zafarnos de viejos esquemas, los cuales no encajan con el «sentido del momento histórico» ni con el «cambio de mentalidad» que a veces se nos ha convertido en frase hueca.

«Cuando los que fueron de los primeros, los veteranos, vayan desapareciendo y dando lugar a nuevas generaciones de líderes, ¿qué hacer y cómo hacerlo? Si nosotros, al fin y al cabo, hemos sido testigos de muchos errores, y ni cuenta nos dimos», decía el aventajado discípulo de Martí en el famoso discurso del Aula Magna de la Universidad de La Habana, del cual se cumplieron ya 15 años.

Esa frase conserva absoluta vigencia y subraya cuán difícil es la construcción de una sociedad distinta, cuyo «pecado original» fue haber nacido a pocos kilómetros del águila, ansiosa por tragársela.

«Uno de nuestros mayores errores al principio, y muchas veces a lo largo de la Revolución, fue creer que alguien sabía cómo se construía el socialismo», enfatizaba en ese mismo discurso.

Por eso es que el retrato de Galeano sobre el Comandante —acaso chocante para los acostumbrados a la loa desmedida— ayuda a entender al Fidel de carne y hueso, al del error y la rectificación consiguiente, al que no andaba trepado en cometas lejanos, al que salía más fuerte y más consciente después de cada tropiezo, al estadista enorme y al soldado simple.

De él deberíamos aprender en todo tiempo, no solo en las palabras. Las lanzas de ese caballero de «tozuda voluntad» y viejo sentido del deber, como diría el periodista uruguayo, nos están invitando a la corrección cuando haga falta, a cargar contra molinos de antes y de ahora, como hizo «aquel famoso colega suyo de los campos de Castilla».

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