El «diálogo», el chantaje, el plan

La soberanía nacional no es moneda de cambio.

La base de un diálogo fructífero es el respeto. La voluntad de encontrar cauces para un debate con argumentos. La responsabilidad y el sentido del momento. La vocación ética.

Para sostener un diálogo de significativas implicaciones intelectuales hace falta altura conceptual, dominio de los temas, sentido de la justicia.

No se debería pedir un diálogo desde la presión, el chantaje, la burda provocación. Violentar la ley escudándose en el legítimo derecho de disentir no es admisible.

Hay garantías para el debate serio y responsable de cualquier tema relacionado con la política cultural de la Revolución; es cínico dinamitarlas para acusar de intolerantes a los que por principios no aceptan la imposición de condiciones insultantes.

A los que se manifestaron recientemente frente al Ministerio de Cultura no les interesaba dialogar, y por eso no atendieron las invitaciones a resolver civilizadamente el diferendo. No quisieron escuchar propuestas, desafiaron la ley con una terquedad que a todas luces obedecía a un montaje.

No les interesaba el diálogo; querían armar un show mediático (y ahí estaban los medios «alternativos» e «independientes» para propiciarlo). Querían imponer la narrativa que les conviene a ciertos sectores empeñados en un cambio de régimen en Cuba: la de un arte divorciado de las instituciones.

No es el interés por las artes lo que mueve a esos sectores: el arte es el pretexto. Los artistas (y los «artistas») son en todo caso instrumentos en un plan desestabilizador. Un guion que ha funcionado en muchos lugares.

Un plan al que se suman (conscientemente unos, frívolamente otros) los que protagonizaron la «protesta pacífica» frente al Ministerio.

Subestiman el vínculo estrecho de las instituciones con los creadores en Cuba. Pretenden ignorar la esencia de una Revolución que asume el pleno acceso a la cultura como derecho inalienable de la ciudadanía. Y que apoya y promueve el ejercicio creativo con políticas públicas coherentes y sometidas a escrutinio permanente.

Pero no es precisamente un debate estético el que se plantea: aquí se discute ahora un proyecto de país, con claras proyecciones en la política, la sociedad y la economía. El arte tiene mucho que aportar, por eso está en la agenda de la subversión.

Son momentos particularmente difíciles para la nación, que enfrenta el desafío de una pandemia en un complejo escenario económico, agudizado por las políticas agresivas de los Estados Unidos.

No parece fortuito que desde una perspectiva «artística» se pretenda erosionar el entramado institucional del país.

El Ministerio de Cultura ha reafirmado su disposición al diálogo y la discusión con creadores honestos, sobre cualquier aspecto de la creación y sus implicaciones políticas. Pero jamás cederá ante manipulaciones, provocaciones y chantajes.

La soberanía nacional no es moneda de cambio. Es garantía de supervivencia. En ese sentido, el arte es un baluarte de primera línea. La guerra que se le hace a Cuba es también una guerra cultural.

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