¿Se acerca el fin de la OEA?

¿Se acerca el fin de la OEA?

La Organización de Estados Americanos (OEA), siempre al servicio de Washington, su principal accionista, puede tener los días contactos a partir de la próxima cumbre de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac), que se celebrará el próximo día 18 en México.

La Celac es una organización regional, sin la presencia de Estados Unidos (EE. UU.), fundada en 2010 bajo la premisa de un espacio político inclusivo y respetuoso a la diversidad de cada país.

Es precisamente el presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, ahora al frente del mandato temporal de esa agrupación, quien propuso el reemplazo de la OEA por un organismo “que no sea lacayo de nadie”, en alusión a la dependencia de ese bloque a los designios estadounidenses.

Antes lo había solicitado el expresidente de Ecuador, Rafael Correa, quien durante su mandato más de una vez propuso una OEA sin EE. UU. Acabó el gobierno de Correa, sobrevino la traición de su sucesor, Lenin Moreno, y la idea de una entidad política diferenciada de Washington quedó en nada.

Pero en julio pasado, el tema volvió a relucir. En una reunión de cancilleres de la Celac, López Obrador destacó la necesidad de replantear la OEA para dejar de ser “un organismo al servicio de intereses ajenos a América Latina y El Caribe”. Claridad absoluta en la exigencia.

El mandatario propuso la creación de una entidad “que integre a todos los países de la región, al estilo de la Unión Europea, pero apegado a nuestra historia, nuestra realidad y a nuestras identidades”.

La intervención del mandatario, en coincidencia con la conmemoración del 238 aniversario del natalicio del Libertador de América, Simón Bolívar, constituyó, según analistas, un homenaje al espíritu libertario del prócer nacido en Venezuela, quien luchó por la independencia y la unidad regional. “En ese espíritu —advirtió— no debe descartarse la sustitución de la OEA por un organismo verdaderamente autónomo, no lacayo de nadie, sino mediador a petición y aceptación de las partes en conflicto en asuntos de derechos humanos y de democracia”.

Tuvo palabras críticas sobre el bloque fundado en 1948 a solicitud de EE. UU., cuando comenzaba la llamada guerra fría, y que, hasta ahora, constituye un brazo político de las administraciones norteamericanas, catalogadas por el líder mexicano como “hiperpotencia”.

La necesidad de sustituir a la OEA por una entidad de nuevo tipo, que incluso puede ser la Celac, recorre pueblos y gobiernos de América Latina y el Caribe, en la que actúa más como verdugo que como elemento conciliador.

Desde el 2015, bajo el mando del uruguayo Luis Almagro, considerado un traidor a lo que supuestamente eran sus ideales izquierdistas cuando era canciller del dignatario José Pepe Mujica, esa estructura de 35 miembros es el operador empleado por la Casa Blanca para desestabilizar gobiernos, propiciar invasiones militares, derrumbar gobiernos y presidentes y fomentar el odio entre naciones. Ejemplos sobran, pero Haití es uno de sus coronarios.

La historia de la OEA es la de la sumisión absoluta a los designios de Washington que, sin pudor, consideró a América Latina su patio trasero, una región de su propiedad, a pesar de los esfuerzos de liberación nacional de los pueblos tras independizarse de sus colonias europeas.

Luego del triunfo de la Revolución Cubana bajo el liderazgo del abogado Fidel Castro Ruz en 1959, EE.UU. encontró la piedra en su zapato, pues el ejemplo de la pequeña isla caribeña es seguido hasta hoy, respetando distintas formas de hacer, por importantes países a quienes les unen raíces históricas y culturales.

Cuba, con sus razones y sus verdades, no encajaba en las pretensiones de esclavitud forzada a que EE. UU. acostumbraba manejar a las restantes naciones. Por su dignidad, por sus criterios diferentes a los de una entonces mayoría sumisa a la Casa Blanca, y por presiones de esta, fue expulsada del llamado “ministerio de colonias” según el entonces canciller cubano Raúl Roa García.

Venezuela fue la otra clarinada, dada esta vez por el rebelde oficial Hugo Rafael Chávez Frías, quien ganó las elecciones de 1998 e implantó la Revolución Bolivariana, acosada por la OEA, que ha fracasado en sus intentos de intervención armada en una nación soberana. Caracas pidió su salida de la OEA, ahora en tramitación.

Pero triunfaron también países progresistas en Bolivia, Argentina, Ecuador, Paraguay, Uruguay… Y la OEA empezó a perder fuerzas. La propuesta que hizo Mujica para que Almagro, un supuesto revolucionario, liderara la OEA, trajo un aire de esperanzas de transformación para ese ente. La alegría duró poco, pues el dinero vale mucho para un hombre sin principios como demostró ser. Cuánto le pagaron es todavía un secreto.

Desde su podio presentó las peores campañas y planes contra Venezuela y Cuba, siempre fracasadas por mayoría, más aún por la fuerza de los países del Caribe, unidos no solo por el mar sino por idiosincrasia e historia.

DESPRESTIGIO EN BOLIVIA

Almagro y la OEA desconocen el significado de la palabra solidaridad, pero manejan a la perfección el de injerencia. Hicieron lo imposible por penetrar en Venezuela, dieron su apoyo al autoproclamado presidente interino Juan Guaidó y desde sus salones en Washington trataron de aplicar en el país su nombrada Carta Democrática. Todos los tiros salieron por la culata del títere.

Sin embargo, trabajó arduamente el excanciller —Pepe Mujica ha dicho que el peor error de su vida fue proponerlo para el cargo— para derrocar el gobierno de Evo Morales en Bolivia, y lo logró, gracias a un plan urdido por la Casa Blanca y organizado en su embajada en La Paz. El peón fue el uruguayo y su delegación observadora en los comicios de octubre de 2019. Gran error de Evo Morales al invitar a la OEA a verificar los comicios en que resultó reelecto por mayoría.

Aún sin darse a conocer los resultados oficiales, sino los conocidos a boca de urna que certificaban la victoria del mandatario indígena, la OEA declaró que había irregularidades —léase fraude— en el conteo de los votos. La declaración de esa institución fue la partida del golpe de Estado que ya había preparado la oposición junto con las Fuerzas Armadas. El caos se desató en el país del altiplano y los militares le pidieron al presidente que renunciara. Y lo hizo, dejando al país huérfano, las fuerzas revolucionarias dispersadas y sin tiempo siquiera para una reacción colectiva. Era el 10 de noviembre de 2019.

De inmediato buscaron una figura opositora, la senadora Jeanine Áñez, ahora detenida por ordenar dos masacres de indígenas en Senkata y Sacaba y otros delitos, quien juró como presidenta de facto bajo el amparo de la Iglesia Católica y los militares.

La pesadilla de persecución y muerte duró 11 meses en Bolivia, pues en los comicios, realizados por la presión del pueblo y el Movimiento al Socialismo (MAS) ganó Luis Arce, el exministro de Economía de Morales.

Investigaciones realizadas por organismos internacionales demostraron que la OEA mintió de manera consciente y descarada sobre el supuesto fraude cometido por el gobierno socialista, bajo la orden de Almagro y de sus jefes de Washington. Si ya estaba desprestigiada, la conspiración de la entidad contra un presidente legítimo puso a la OEA en una situación más que embarazosa, al extremo de que México pidiera su sustitución en el menor tiempo posible.

Hace unos días, en concordancia con los ataques de EE. UU. contra Cuba —que muchos consideran una obsesión enfermiza de las administraciones norteñas—, el régimen de Joseph Biden intentó que la OEA emitiera una declaración contra la isla, la cual también fracasó… Una vez más.

El ministro de Relaciones Exteriores de Cuba, Bruno Rodríguez, denunció las presiones ejercidas por el Departamento de Estado sobre un grupo de Estados de la OEA, forzándolos a sumarse a esa declaración o emitir una similar. El canciller cubano solicitó a las autoridades estadounidenses a reconocer o desmentir el texto. “Emplazo al secretario de Estado, Antony Blinken —precisó el diplomático— a que reconozca o desmienta la autenticidad de este texto redactado en el Departamento de Estado”.

El burdo informe —que ni llegó a discutirse porque los Estados miembros se negaron— condenaba las supuestas “masivas” detenciones ocurridas en Cuba luego de los disturbios del pasado 11 de julio, en el que participaron elementos de baja calaña, comprobadamente pagados por EE. UU., según arrojaron las investigaciones, quienes atacaron e hirieron a civiles identificados con el proceso revolucionario.

Igual quiso intervenir en Nicaragua para implantar allí su Carta Democrática, pero una vez más no obtuvo los votos suficientes.

La actitud injerencista de Almagro es bien conocida. Y también su silencio ante las intervenciones de EE. UU. en distintos países, como Haití, Guatemala, República Dominicana, entre otros. Notable su silencio también ante el caos que supone en la región la dispersión de la COVID-19 y los miles de muertes que deja a su paso por el mal tratamiento de gobiernos neoliberales. Sobre eso no se habla.

Es en este contexto que López Obrador sugirió el reemplazo de la OEA y de su secretario general, a quien criticó duramente por su gestión, la que consideró “una de las peores”, en la historia de la organización.

También el canciller mexicano, Marcelo Ebrard, afirmó que Almagro “ha actuado de manera reiterada sin consultar a los Estados miembros, actúa como si fuese autónomo, independiente”. Ebrard añadió: “Si no estamos unidos, no existimos, no le importa a nadie, no tenemos la fuerza suficiente cada quien, aislado”, manifestó, mientras desde Bolivia se unía el presidente Arce.

La próxima cumbre de jefes de Estado y de Gobierno de la CELAC será definitoria para el destino de la OEA y de Almagro, quien recibe cada mes un cheque por 15 000 dólares (aunque algunos dicen es una cifra mayor), más los viáticos, vive en una residencia pagada por EE. UU. para su familia y otra para su servidumbre en Washington, donde reside a un solo timbrazo de su jefe.

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