Carlos Juan Finlay Barrés. Breve historia de una usurpación

Carlos J. Finlay

Carlos J. Finlay, como transcendió en la historia, realmente fue bautizado como Juan Carlos, nació en Puerto Príncipe el 3 de diciembre de 1833, y se hizo acreedor de la gratitud universal, no sólo por su trabajo en relación con la fiebre amarilla, sino porque también descubrió y solucionó el terrible problema del tétanos infantil. Su nombre de pila era Juan Carlos, pero firmaba «Carlos J.». Su padre fue el doctor Edward Finlay y Wilson, médico inglés, natural de la Ciudad de Hull, condado de Yorkshire y su madre, Marie de Barrés de Molard Tardy de Montravel, de origen Francés, natural de la isla de Trinidad.

Sus trabajos sobre la fiebre amarilla constituyen en su conjunto la base de su gran descubrimiento científico y son una muestra evidente de la evolución de su pensamiento como investigador.

Hay que destacar que el azote amarillo representó una enfermedad endémica en nuestro continente en el siglo XIX, pues sólo en la Cuba colonial murieron 103 976 personas víctimas del fatídico y popularmente denominado “Vómito negro”. Tan impresionante cifra para un pequeño país de población naciente, constituye una muestra de su aterradora virulencia. Y si la mortalidad en Cuba no fue mayor se debió a cierto grado de inmunidad natural de la población autóctona. De ahí que el morbo amarillo se cebara implacable en la sangre foránea de los colonizadores e inmigrantes.

Las medidas sanitarias recomendadas por Finlay hicieron posible librar al continente de uno de sus tenebrosos enemigos. Su ingeniosa hipótesis fue enunciada públicamente en 1881 y sólo veinte años después la Comisión Medica Norteamericana (en 1901) se decidió a verificarla. A partir de esa fecha se logra el control de la enfermedad y su total erradicación en todo el territorio cubano. Posteriormente, y sobre la base de las experiencias de las campañas de La Habana, el mayor Gorgas inicia el saneamiento del Istmo de Panamá con el propósito de crear condiciones favorables para ejecutar las obras de apertura del Canal, en lo que habían fracasado con anterioridad los constructores franceses, debido principalmente a las devastadoras epidemias de fiebre amarilla. La erradicación de esta enfermedad del hemisferio occidental y del mundo fue de trascendental importancia a los fines de favorecer el desarrollo social de las naciones americanas, en un momento dado de su evolución histórica.

Sin embargo, esta clara y lúcida contribución científica de Finlay no estuvo exenta de controversias estériles y de interesados propósitos de negarle la exclusividad de su original concepción, pretendiendo reducirla, cuando más, a una sutil intuición. Esta labor la emprendió, y aún persiste en ella oficialmente, por medio de sus voceros, el gobierno de los Estados Unidos. Así, recién finalizados los trabajos de la denominada Comisión Médica Norteamericana, presidida por Walter Reed, que había reconocido inicialmente que debía a Finlay la teoría y el método experimental para comprobarla, fue obligada a desdecirse en interés de contar el gobierno norteamericano con un apoyo valedero para llevar a cabo su campaña de descrédito, tanto interna como en el extranjero, presentando a los cubanos como incapaces de enfrentar y resolver sus propios problemas. El imperialismo requería para su acción en esa etapa, no sólo invertir su capital financiero, sino ganar prestigio para encubrir mejor su verdadero objetivo de sojuzgar la economía de otros países. Debía aparecer como interesado en el progreso humano, realizador de obras benéficas, propenso a auspiciar mejores condiciones de vida y salud. El triunfo sobre la fiebre amarilla podía ser una buena coyuntura para estos fines, y así, a despecho de las más serias y responsables opiniones científicas de Europa y de América, se adjudicó y usurpó, por sí y ante sí, este gran descubrimiento. La influencia creciente de los Estados Unidos a partir de esta fecha permitió consolidar esta usurpación, como también lo logró en otros problemas políticos.

Hoy, los conceptos de Finlay constituyen una riqueza teórica para la ciencia médica y fueron expresados en un lenguaje apropiado para el nivel científico de su época.

Sin duda alguna que el origen de las vicisitudes de esta doctrina está implícitamente contenido en su propia significación y trascendencia en la historia biológica, pues no en balde muchos han pretendido apropiarse de este descubrimiento, no haciendo con ello sino confirmar lo que ya había previsto, como un postulado ético, el Apóstol cubano José Martí, al afirmar que: “Al que da con lo nuevo le disputan los émulos la invención”.

El mérito indiscutible de Finlay fue elaborar teóricamente un nuevo concepto del contagio, capaz de explicar la transmisión de numerosas enfermedades, en las cuales éste no tenía lugar por el contacto directo o indirecto, ni tampoco como resultado de las malas condiciones higiénicas y menos aún por emanaciones o efluvios telúricos, ni por pecado o castigo de los dioses.

Las consecuencias de su genial concepción teórica permitieron descubrir el medio de transmisión de la fiebre amarilla y su erradicación; crear un nuevo método experimental directo en el ser humano; adelantar algunas ideas respecto de la inmunidad adquirida; sustituir el concepto miasmático de las enfermedades por el concepto biológico, e iniciar una nueva rama de las ciencias naturales: la entomología médica. Esto es, sin dudas, parte del legado histórico que este insigne científico les ha dejado a nuestros actuales científicos. Esto es palpable en el actual enfrentamiento a la COVID-19. Finlay falleció en La Habana el 19 de agosto de 1915.

Autor: Israel Valdés Rodríguez

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