EE.UU.: SuCIA cortina de humo a la corruptela

Mientras en su política externa Joe Biden lleva incomprensiblemente a una cada vez más posible agresión a Rusia, que abocaría al mundo a la Tercera Guerra Mundial, su quehacer interno de combate al nuevo coronavirus y sus variantes, así como reconocidos esfuerzos para lograr mejoras sociales a la población —boicoteados por elementos de su propio partido—, chocan con una corruptela que se mantiene al por mayor en la sociedad norteamericana, principalmente en las finanzas, mientras se siguen disparando —vale la palabra— los asesinatos, la venta de armas y el desprestigio de la Agencia Central de Inteligencia (CIA).

Quizás Biden trate de dar un viso de mayor honestidad a su gobernanza, pero no puede con la llamada «cultura de Wall Street», que emite intermitentes cortinas de humo para desviar la atención de los constantes escándalos financieros.

En Estados Unidos se ha dejado tranquilamente que esperanzados millones de trabajadores, y hasta amas de casa, hayan invertido en bonos de corporaciones que engañaron a una nación donde más del 50% de la población lo hace.

Y ello sucede a pesar de lo ocurrido a principios de este siglo, cuando colapsó Enron, y luego fueron descubiertos fraudes en WorldCom, Xerox, Kmart, Global Crossing y Tyco, acusadas de defraudar a los bancos, las personas, y al gobierno a una escala nunca conocida antes.

No se cumplió la promesa del entonces presidente George W. Bush de que los culpables serían condenados a 10 años de prisión. El propio mandatario y su vicepresidente Cheney han estado envueltos en casos de fraude, nunca esclarecidos.

Quizás alguien se pregunte por qué no se conoció a tiempo el fraude. Y es que ningún «experto» capitalista está autorizado para admitir el fracaso de la política económica neoliberal.

Y todo esto acontece cuando se han reportado más de 400 asesinatos en los primeros cuatro días de este año, y el número actual, que se desconoce, podría constituir una sangrienta marca en la historia de la violenta sociedad norteamericana.

Mientras más asesinatos, robos y abusos de todo tipo, más armas se venden, incluidas las llamadas prohibidas.

Recordemos que cuando Joe Biden asumió la presidencia de Estados Unidos, muchos pensaron que enseguida comenzaría a enfilar los cañones contra la Asociación Nacional del Rifle y su enorme venta de armas, pero, en realidad, sus tímidos empujes no pudieron anular la ley propugnada por el anterior presidente, Donald Trump, de levantar la prohibición de la venta de armas a personas con desórdenes mentales, lograda por Obama, de quien el actual mandatario era su vicepresidente.

Ombligo sucio

Entre muchos ejemplos, señalemos uno de los más sintomáticos de una sociedad que se cree que es el ombligo del mundo, que, además de sucio, proyecta cada vez hechos deleznables como el acaecido en Las Vegas, fácil de recordar, difícil de olvidar:

Stephen Paddock, de 64 años, disparó con un arma automática desde el piso 32 del hotel casino Mandalay Bar contra más de 20 000 personas que presenciaban un concierto al aire libre frente a la instalación, dejando un saldo de 58 muertos y 515 heridos. Según la policía del estado de Nevada, después de la masacre, Paddock se suicidó.

Un año antes, Obama dictó medidas para controlar la venta de armas, pero sucedió al revés, cuando más y más personas requirieron del armamento y comenzó a llegar a manos de norteamericanos de diferentes edades uno sofisticado que era comúnmente manejado por elementos de la mafia, como el fusil AR-15 utilizado por Paddock, que hace 600 disparos por minuto y tiene un alcance efectivo de 550 metros.

El actual programa de Biden contempla un aparente choque con la Asociación Nacional del Rifle, pero no ha prosperado, por lo cual Estados Unidos seguirá regido por la violencia, que se mantiene en toda esta etapa de la peligrosa pandemia del nuevo coronavirus.

Más armas que habitantes

En EE.UU. hay más armas que habitantes, por lo cual no extraña que unos 21 millones de estadounidenses son víctimas anualmente de algún tipo de crimen. Los delitos más comunes son asesinatos, abuso infantil, violencia doméstica, delitos por la Internet y fraudes, violaciones de derechos civiles, secuestros y robos, entre otros.

Muchos delitos se entrelazan y crean un nuevo modelo del llamado crimen organizado, como lo es el tráfico de armas y drogas con el humano, los secuestros y el lavado de dinero.

Es importante considerar que las víctimas no siempre reportan los delitos por miedo, desconfianza, o porque ignoran sus derechos.

Cada año, cerca de seis millones de niños son víctimas de maltrato en Estados Unidos, así como una de cada seis mujeres y uno de cada 19 hombres han sido objetos de acoso en algún momento de su vida, y como resultado de ello, sintieron temor, o creyeron que ellos o alguna persona allegada sufrirían daños o perderían la vida.

Una de cada cuatro personas ha pagado un soborno a un organismo o funcionario público, según el estudio anual de Transparencia Internacional, en tanto los crímenes cibernéticos cuestan a la economía norteamericana unos 100 000 millones de dólares por año.

En una cifra muy conservadora, 22,5 millones de personas mayores de 12 años usaron alguna droga ilícita o abusaron de medicamentos psicoterapéuticos (como analgésicos, estimulantes o tranquilizantes).

Cada año, unas 700 000 personas son víctimas de algún tipo de fraude. Un reciente estudio federal señala que el robo de identidad es uno de los delitos de más rápido crecimiento en Estados Unidos.

Las personas entre 10 y 24 años representan aproximadamente un tercio de las víctimas de homicidios. Cifras recientes revelan que a lo largo y ancho de Estados Unidos habría al menos 20 000 pandillas con cerca de un millón de miembros. Ello no incluye a organizaciones racistas de supremacistas blancos, como el Ku Klux Klan.

Asimismo, un niño se pierde cada 40 segundos, más de 2 100 por día y 800 000 cada año. Más de 58 000 infantes fueron secuestrados por un desconocido y unos 300 000 son víctimas del mercado sexual en EE.UU.

Cerca de 30 000 personas mueren por suicidio cada año en Estados Unidos. Es la tercera causa de muerte entre los jóvenes de 14 a 25 años, y la cuarta entre niños de 10 a 15. Los intentos de suicidio son cada vez más comunes.

Una de cada cuatro mujeres ha experimentado algún tipo de violencia doméstica. Cada año se reportan cerca de cinco millones de incidentes. Cada nueve segundos una mujer es abusada o golpeada por su pareja.

También la sucia CIA

Todo lo anterior, aún incompleto, son, subrayo, cifras conservadoras de una nación cuyos gobernantes consideran que es el ejemplo a seguir —aunque sea por la fuerza— y el ombligo del mundo, pero este, como se puede apreciar, está muy sucio como la sucia CIA, que sigue «dejando hacer» en la producción, contrabando y venta de drogas.

Así, sacrificó a antiguos socios como el mexicano «Chapo» Guzmán y algunos colombianos que, de una manera u otra, bajo el pretexto de combate al narcotráfico, contribuyeron al establecimiento de siete bases militares del Imperio en Colombia, donde se asesina a troche y moche y se realizan agresiones mercenarias contra Venezuela.

También otras entidades oficiales estadounidenses han estado involucradas en la protección al lucrativo negocio, pero nada es comparable con lo que la CIA ha hecho durante todos estos años, en los cuales apenas han quedado rincones de la Tierra que no hayan conocido de su nefasta presencia.

La Agencia sigue contribuyendo a la campaña de desprestigio contra figuras revolucionarias nicaragüenses, con el fin de hacer desaparecer el esfuerzo para mejorar la calidad de vida de la población.

Ello toma total vigencia a 18 años del asesinato del periodista norteamericano Gary Webb, punto de mira de la CIA desde que demostró en 1996 sus vínculos con los contras que trataban de derrocar al gobierno revolucionario de Nicaragua, para lo cual introdujeron cocaína en Estados Unidos, principalmente en Los Ángeles, con lo cual aumentaron sus ingresos para la compra de armas, también en territorio norteamericano, siempre bajo la protección de sus benefactores.

Por otra parte, los artículos de Webb fueron fuertemente atacados por muchos medios de comunicación que cuestionaron la validez de sus afirmaciones. Webb recopiló los artículos en un libro titulado Dark Alliance: The CIA, the Contras and the Crack Cocaine Explosion. En el 2004, Webb se «suicidó» de DOS BALAZOS en la cabeza.

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