Aborto en EE.UU.: ¿Los dinosaurios andan sueltos?

Aun cuando pareciera que los encargados de dictar leyes y prohibiciones en EE.UU. fueron abducidos al pasado, y de ahí la reciente prohibición al aborto, una parte de la ciudadanía de ese país ha decidido no conformarse y poner los calendarios en su lugar.

Sucede que luego de la decisión de la Corte Suprema de Justicia de eliminar el pasado 24 de junio ese derecho de las mujeres, conquistado desde 1973, no se han hecho esperar las batallas legales y protestas de muy diversa índole.

Como resultado, al momento de redactar estas líneas, ya en cuatro estados habían conseguido bloquear la puesta en práctica de ese inhumano veto: Luisiana, Texas, Utah y Kentucky.

En once estados han acudido a los tribunales con el fin de derogar la decisión de la máxima instancia judicial, pero es un hecho que el aborto ya no es posible, o no puede accederse a esta alternativa con facilidad en unos doce de los 50 estados, y es probable que la cifra aumente en lo venidero.

Al dejar el fallo del Supremo la potestad a cada estado de la unión de decidir si el aborto es legal o no dentro de su demarcación, el país ha quedado dividido por una imaginaria y arcaica frontera: los estados a favor de la interrupción voluntaria del embarazo y los que están en contra. 

El presidente Biden lo veía venir cuando aseguró que la decisión de la Corte Suprema era «un error trágico».

En un mundo donde la inteligencia artificial parece haber alcanzado la creación de máquinas con aparente vida propia, se explora Marte y la biotecnología ha permitido, en buena parte del planeta, ganarle la batalla a una inédita y mortal pandemia, pareciera un absoluto sinsentido que se ande discutiendo lo que hace casi un siglo la sensatez había zanjado.

Pero es que resulta igual de insensato el debate que hoy libran allí en torno a portar armas de fuego —armas que han asesinado a cientos de inocentes—, y entonces vale preguntarse con preocupación y alarma: ¿qué sucede con el sentido común en esa poderosa nación?

Casi cabría dudar si con tanto viaje al pasado, los dinosaurios han regresado al imperio del norte y andan devorándose la cordura.

Pero es demasiado seria la situación para siquiera permitir el asomo de una sonrisa porque, justo en este instante, en cerca de 13 estados de la Unión más de 36 millones de mujeres en edad reproductiva serán privadas del derecho al aborto, con todo lo negativo que ello puede significar.

Considerando la posibilidad de que, finalmente, en 26 de los 50 estados prohíban o restrinjan fuertemente el aborto, según estimaciones de entendidos, el 41% de las mujeres norteamericanas en edad fértil serían las directamente afectadas por esta nueva prohibición, que implicará el cierre de las clínicas donde practican el aborto.

Con ello, quienes decidan la Interrupción Voluntaria del Embarazo tendrían que desplazarse un promedio de 450 km para acceder a ese servicio, en comparación con el promedio de 56 km que en la actualidad deben recorrer, según Catalina Martínez Coral, directora regional senior del Centro de Derechos Reproductivos para América Latina y el Caribe.

Una vez más, la cadena partirá por el eslabón más débil, que en este caso son, sobre todo, las mujeres residentes en áreas rurales, así como las que son parte de minorías —migrantes, negras…— con bajos recursos económicos y poco o ningún apoyo gubernamental. Serán ellas las precisadas a recurrir a abortos clandestinos o a seguir adelante con el embarazo derivado de una violación.

Noam Chomsky lo decía: «EE.UU. es un país muy extraño». Así comentaba en una entrevista, y abundaba en las «muertes por desesperación» (suicidio, sobredosis de drogas, etc.) que tenían lugar precisamente en el país más rico del mudo y donde se suponía que la desesperación tuviera muchísimos paliativos.

Pero, por paradójico que parezca, ese es el único país del mundo desarrollado donde la esperanza de vida disminuye y va en aumento la tasa de mortalidad —COVID-19 aparte— a partir de los años 90. Así lo constataron los economistas Anne Case y Angus Deaton, quienes detectaron que todo un segmento de la población norteamericana, hombres y mujeres de raza blanca, de mediana edad, estaban muriendo más a menudo debido a consumo de drogas, alcohol o suicidio.

A la vez, las encuestas ratificaban que precisamente ese grupo sufría un significativo incremento de problemas de salud mental, dolores crónicos, depresión e incapacidad para ir al trabajo. Fueron ambos investigadores quienes acuñaron el término citado por Chomsky.

Ahora, ¿cuántos más dígitos podrían sumarse a esas «muertes por desesperación», a raíz de que en ese país «muy extraño» se impida el derecho de abortar a mujeres que no pueden o no quieren llevar a término un embarazo?

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