Que el egoísmo no nos domine

Yo tenía 23 años y me acababa de graduar cuando el huracán Michelle arrasó una parte de Matanzas. Arrasó. No hay otra palabra. Estaba en Colón, en mi casa. Por allí pasó fuerte, fuerte.

Mi casa se inundó. A duras penas pudimos, entre mi hermano y yo subir algunas cosas para que no se nos echaran a perder los equipos. Por suerte el agua no subió más de 80 centímetros, sino… no sé.

Fue una noche terrible. Parecía que el mundo se acababa allá afuera. Y eso que nos habíamos preparado y teníamos un radio de pilas. Eran otros tiempos.

El viento fue tan fuerte que abolló el tanque elevado de mi casa, un tanque de acero inoxidable. Como estaba bien asegurado no lo pudo levantar, pero después de aquello no sirvió para más nada. No me quejo. La casa que levantaron con sus manos y tremendo esfuerzo mis padres, ambos profesionales, es una buena casa. Y ahí está.

Pero Michelle tumbó muchas viviendas, dejó a otras sin techo y apenas si quedaron en pie algunos postes de electricidad o telefónicos en la provincia.

Tumbó también las torres de Radio y Televisión.

En Colón estuvimos quince días sin electricidad. En algunos lugares demoró más. En el parque de Colón no dejó árbol en pie. Eran árboles centenarios. Pero eso no era nada. En la Ciénaga de Zapata, que fue por donde entró, no dejó títere con cabeza. Hasta los cocodrilos se escaparon del Criadero de Boca de Guamá.

En esos días me inicié como periodista en el periódico Girón. Aunque había estado en África solo unos meses antes, dando cobertura a la labor de los médicos allá, se puede decir que mi bautizo de fuego ya graduada fue con el huracán Michelle.

Cuando llegué a Girón estaban editando un boletín diario, gracias al cual se mantenía informada a la población.

La radio y la TV, sin electricidad y con las torres caídas, no servían de nada. La Internet era un sueño aún para la mayor parte de la población cubana. No hay quien me haga cuentos del Michelle, lo sufrí y después pude recorrer la provincia y darle seguimiento a los daños y a la recuperación.

Cuba acaba de sufrir un huracán muy parecido al Michelle, que arrasó esta vez a Pinar del Río.
Arrasó. No hay otra palabra.

El hecho de que aún no lo hayan podido ver todo por la televisión no quiere decir que no pasó. Quien no haya vivido un huracán categoría 3 o 4 no sabe de lo que hablo. En estos días hemos vivido jornadas duras en el país. Cuba entera se quedó sin electricidad por fallas en el sistema electroenergético, provocado, indirectamente, por el propio huracán Ian. Un país sin electricidad puede venirse abajo.

Pero no han sido solo los últimos días, acumulamos meses muy duros, con largos apagones y otras carencias. La pandemia, el reordenamiento, el bloqueo y nuestras propias ineficiencias nos han colocado en esta situación. Llegamos a Ian y a este corte nacional de electricidad cansados, agobiados.

No salimos de una para entrar en otra. Aquí en Matanzas no hace dos meses andábamos tratando de que no se nos quemara una ciudad y eso costó la vida de 16 hermanos.

No es fácil. Cuesta ver la luz al final del túnel. Mucha gente se cansa y opta por emigrar. Mucha gente. Tanta que duele. Algunos ponen en riesgo sus vidas para irse. Incluso gente que nunca pensó irse de Cuba.

Han sido años y meses muy duros. Pero estos últimos parece que ponen a prueba la poca paciencia que nos queda. Entiendo y respeto a quienes protestan, a quienes se quejan. Es su derecho.

Lo que no entiendo es que se quejen quienes menos sufren, gente que no perdieron sus casas, sus pertenencias. Gente que no lleva meses sufriendo 14 horas diarias de apagón.

Por lógica deberían quejarse quienes peor están. Pero quienes somos padres sabemos que los más quejones son los hijos que más malcriamos.

Es cierto, cada cual cree que su problema es el más grande. Pero duele en estos días el egoísmo, el creerse el ombligo del mundo. Y molestan los ataques a nuestros dirigentes, que no son perfectos, pero yo no los he visto cruzarse de brazos. Están ahí, dándole el pecho a la situación, con un país cuya economía no puede estar peor.

Y laceran quienes en vez de ayudar, piden; quienes lejos de contribuir a la tranquilidad que necesita #Cuba hoy, arman, alientan, apuestan o se alegran con cualquier jaleo.

Noto que hay gente en lugares donde los estragos no fueron tan grandes, esperando, incluso que vengan a limpiarle, no ya la cuadra, sino hasta el patio.

¿En serio?

Quienes me conocen saben que puedo ser muy criticona.

Pero en estos días a mi me da vergüenza quejarme de nada.

¡Cómo quejarme cuando hay tanta gente que lo perdió todo!

Es tan grande el desastre que pasarán días para que se sepa la magnitud real de las pérdidas.

¿Cómo quejarme por estar tres o cuatro días sin electricidad cuando hay gente que estarán tal vez quince días o hasta un mes sin ella?

Quien lo haga está en su derecho, pero yo no puedo.

Y no es porque parte de mi familia sea de Pinar del Río, porque a mi prima Anaiti, Ian le llevara el techo del cuarto y se le mojaran el colchón de su cama y el de la cuna del niño o porque a esta altura no sabemos nada de mi tía Sonia y su familia que viven en Viñales.

No puedo porque este es mi país y cada cubano es mi hermano. Los cubanos somos mejor que eso. Son tiempos de unirnos, de ser solidarios. Hay una provincia y parte de otras tres y un municipio especial por levantar. Quien no vaya a trabajar para ello, debería al menos tener la decencia de no molestar. Yo solo pido que no nos gane el egoísmo. Que la solidaridad sea candil en nuestra Cuba.

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