Las relaciones #Cuba – #EEUU… El largo y tortuoso camino. #CubaUs

Por Pedro Antonio García Fernández -Cubahora-

Las relaciones entre los círculos de poder en Norteamérica y nuestro pueblo han sido complejas a lo largo de la historia. Cuando los cubanos no eran mayoría en la Isla y no existían los Estados Unidos, sino las 13 colonias inglesas, ya hubo manifestaciones de apetencia expansionista por parte de estas.

Benjamín Franklin ya proclamaba en la segunda mitad del siglo XVIII la necesidad para sus coterráneos de apoderarse de la llamada “Isla del azúcar”. Pero es Thomas Jefferson quien, cuando era presidente de su país, valoró la posibilidad de una guerra con España, ya que Cuba podía ser capturada sin mucha dificultad.

Su sucesor en la presidencia, James Madison, más realista, trazó la estrategia de mantenerla como colonia de una España débil y no permitir que ningún país la ocupara. A partir de él la política estadounidense en el siglo XIX con respecto a Cuba fue apoyar la soberanía española mientras no pudiera ser norteamericana.

Estados Unidos continuó durante todo el siglo XIX con esa política de “Cuba española, mientras no pueda pertenecernos, pero nunca para los cubanos” y obstaculizaba cualquier sublevación o expedición insurreccional, incluso aunque fuera encabezada por cubanos anexionistas.

A la vez, no cejaba en sus propuestas de comprarle la Isla a España, como hicieron los presidentes Polk (1848), Pierce (1853) y Buchanan (1857) cuyas ofertas a Madrid carecieron de éxito.

El alzamiento del 68 gozó de la admiración del pueblo no así de los más influyentes sectores de poder de la nación norteña. Tanto el presidente Ulysses Grant como su canciller Hamilton Fish se negaron a reconocerle beligerancia a los mambises. En cambio entregó a Madrid 30 cañoneras para reforzar su flota, que trataba de impedir la llegada de expediciones independentistas a la Isla.

El estadounidense Thomás Grant, quien alcanzó el grado de mayor general mambí, denunció el fariseísmo del gobierno de su país: “Los españoles están peleando con armas compradas en Marden Lane, en casa de Shirley, Harley & Graham y a nosotros (los mambises) no nos ha permitido comprar nada”.

Como en el 68, en el 95 Washington intentó frenar el movimiento independentista cubano. El presidente Grover Cleveland prohibió a los ciudadanos del país apoyar a la Revolución cubana. En tanto España compraba libremente en las fábricas norteamericanas todas las armas que necesitaba para aplastar la insurrección.

En 1898 cuando el poderío militar español comenzaba a desmoronarse ante las acciones mambisas, EE.UU. intervino militarmente en la Isla. Solo accedió a concederle la independencia, cuatro años más tarde, con la imposición de la Enmienda Platt que limitaba en grado sumo la soberanía cubana.

Amparado en la oprobiosa enmienda, Estados Unidos se inmiscuyó groseramente en los asuntos internos de la Isla. Uno de sus embajadores, mister William González, durante la insurrección liberal de 1917, amenazó a los sublevados con la intervención militar si no deponían las armas.

A la vez, aconsejaba y dirigía al gobierno en la represión, sin dejar de emitir constantes y nada veladas amenazas de desembarco de tropas yanquis. Otro diplomático del imperio, Enoch Crowder, en la presidencia de Alfredo Zayas (1921-1925), devino máxima autoridad del país, por encima del mandatario.

Crowder designaba y sustituía ministros, promulgaba y derogaba leyes, enviaba comunicaciones a los periódicos y le daba órdenes incluso a Zayas.

En el ocaso de la tiranía machadista, su colega Benjamín Sumner Welles reunió al gobierno y a la oposición burguesa en la búsqueda de una solución política que impidiera el probable triunfo de las fuerzas revolucionarias.

Cuando estas llegaron al poder con el Gobierno de los 100 días, el sucesor de Welles, Jefferson Caffery, conspiró junto con el sargento devenido coronel Fulgencio Batista y ambos organizaron un golpe de Estado. Al gobierno constituido tras la asonada se le conoce como el régimen Caffery-Batista.

Agudización de las contradicciones

El triunfo revolucionario de 1959 produjo una agudización del diferendo Cuba-EE.UU. Tras la promulgación de la Ley de Reforma Agraria, los servicios de inteligencia estadounidenses comenzaron a prohijar a todos los desafectos y estimularon la organización de grupos terroristas.

En marzo de 1960 ya el entonces presidente Eisenhower valoraba una agresión militar directa a la Isla. Las compañías petroleras provocaron el desabastecimiento del crudo en la Isla y cuando el Gobierno revolucionario compró petróleo en otros mercados,se negaron a refinarlo.

Cuba intervino esas compañías, de acuerdo con las leyes cubanas vigentes. Estados Unidos tomó represalias al reducir la cuota cubana de azúcar en su mercado interno, a lo que la Isla replicó con la nacionalización de todas las empresas norteñas en su territorio.

Poco a poco se llegó a las leyes del bloqueo, la ruptura de relaciones en enero de 1961 y a la desafortunada invasión de Bahía de Cochinos, derrotada por los milicianos cubanos en 66 horas.

Durante décadas los servicios de inteligencia estadounidenses prepararon a grupos terroristas quienes perpetraron asesinatos de diplomáticos cubanos en el exterior, sabotajes como la voladura del avión de Barbados, planes para atentar contra la vida de dirigentes revolucionarios en eventos internacionales.

Cuba necesitaba defenderse y envió agentes suyos a infiltrarse en los grupos terroristas para de esta forma poder neutralizar sus acciones. Algunos perdieron la vida en más de medio siglo de lucha anónima y silenciosa, como Tony Santiago. Cinco sufrieron largas penas de cárcel hasta fecha muy reciente.

Ahora, con la reapertura de las embajadas en Washington y La Habana, se abre una nueva etapa en las relaciones Cuba-EE.UU. Muchas son las interrogantes sobre el futuro. Círculos de poder en la nación norteña todavía persisten en sus planes de derrocar la Revolución. Solo que pretender hacerlo con otros métodos.

Las fuerzas revolucionarias cubanas se hallan ante un nuevo reto. La guerra ahora es a pensamiento, como avizoraba Martí hace años. Contienda más sutil que el enfrentamiento armado, pero contienda al fin y al cabo. Que hay que librarla, principalmente, a pensamiento.

 

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